Con el montón de gente, vida, frases, ideas, confesiones, confusiones, carcajadas, juegos, complicidades, planes, sobrentendidos, reencuentros, abrazos, verbalizaciones, impresiones y aguaceros que se han sucedido sin tregua, y yo he venido todo el viaje pensando en el gato de Gonzalo y Paloma, que es asmático y dormía estos días a los píes de mi cama.
Tenía un par de ataques durante la noche, entonces daba la impresión de que llevaba a varias personas dentro. Cuando se ahogaba arañaba las sábanas, un poco, pero no pidiendo atención, ni compulsivamente. Sin molestar. Lo tenía que esquivar porque me daba calor en los píes, pero me agradaba que estuviera, me fascinaba ese modo de estar; tan discreto y autónomo cuando sufría como cuando se aliviaba.
Parece que los dos nos habíamos reunido allí para que el gato me recordara aquello, imprescindible, que decía Lezama:
"Si llegáramos a un planeta desconocido, comprobaríamos el sortilegio de la respiración, cada espiración una interrogación que no concluye, cada aspiración o inspiración un oscuro que nos aclara y que nos es necesario"
Convocado y presente el jurado del XVIII Premio Internacional de Relato Hiperbreve Círculo Cultural Faroni en Casa León de Madrid, después de tres cambios de mesas y ante un concurrido comedor de consumidores de yoga y relax a grito en himno, esta solemne Cátedra se reunió para dar a conocer al mundo y a sus alrededores que la brisa mágia de un ideal de oro y Faroni son inmortales. Efimeros cansinos por pertuarse en el panorama de los premios literarios escasamente dotados.
Asi y despues de las bebidas deliberaciones el jurado otorgó el primer premio 2010 al relato:
"Toda la casa de borrachera" de Ester Berdor Corrales – Zaragoza (España)
Para una noche que llego sobrio a casa, ¡Y menuda curda llevaba la banqueta! Me intenté sentar en ella para quitarme los zapatos y no había manera porque estaba venga a menearse. La mesilla también se había unido a la fiesta, quería dejar mi medallita de oro en el cajón, pero se me iba de aquí para allá. ¡Yo todo era intentar cogerla, y ella, todo querer escaparse! El perchero, ciego como un piojo, lanzaba la gabardina y el sombrero contra la cama, que tenía las sábanas arremolinadas y muertas de risa. Al final me fui hacia el mueble-bar, a ver si también yo me ponía a tono.
Nunca la menciono, pero procede contar que me esconde tabaco, mecheros, papelillos, y ahora también libros. Para cuando los necesite, dice. Al principio no me pareció una buena idea, pero cuando me contó que ya se lo hacía a mi bisabuelo Alejandro y a mi abuelo Matías, decidí repensarlo y estoy contentísima de haber accedido al juego. Ayer encontré los dos volúmenes de Apuntes de Elías Canetti; los había camuflado en la última balda, con la filosofía y la baraja de Rico. Me entusiasmé tanto que casi me curo de la biblioclastía, pero quedan síntomas.
Lo contrarío de ampliar una biblioteca es, también, copiarla. Tienen a su favor los copistas que leen y escriben al mismo tiempo. Cometen una redundancia consciente y explícita, pero se salvan de incurrir en la más habitual: repetir inconscientemente convencidos de queestán creando.
A veces busco frases, ideas que creo que he leído, y después de mucho insistir empiezo a sospechar que las he pensado yo. Canetti habla de la felicidad de esas frases, de esas ideas que se independizan de nosotros.
Últimamente, incluso para copiar, utilizo un tamaño de letra más pequeño, va a ser verdad que estoy adelgazando al estilo Kafkiano: en todos los sentidos
Un ruido largo sale por el techo golondrinas siempre blancas agua que salta, agua que brilla el grano salta, el agua muele y el recinto donde el amor se arriesga centellea y marca el paso.
Versión de Jorge Teiller
El refugio maltratado
Siempre me ha gustado la proximidad, sobre un camino de tierra, de un hilillo de agua caída del cielo que viene y va persiguiéndose a sí mismo, y la tierna torpeza de la hierba mediana a la que una carga de piedras detiene -igual que un revés oscuro pone fin al pensamiento.
Veníamos de comer y Javier se equivocó de rotonda, yo me bajé allí mismo, no me iba a venir mal el paseo, que además, inevitablemente, me hacía pasar por La Ponderosa. No mentiré diciendo que no lo pensé dos veces, ni una lo pensé, es un lugar abandonado, salté. Para lo que significaba colarse en el lugar con el que más sueñas el esfuerzo no fue grande, después de un par de intentos fallidos cedieron la malla y el seto y ya estaba dentro. Me dio tiempo para ver que se había muerto la palmera y habían cortado los frutales, había basura y ya no estaban las cabañas de cañas con las que separaba el tío José María la verdura de invierno de la de verano, todo estaba yermo y, sin los laberintos de judías, zanahorias y acelgas, el lugar parecía mucho más pequeño. Acababa de descubrir lo pequeño que era en realidad el escenario de casi toda mi vida cuando empezaron a ladrarme dos enormes perros blancos y me subí a la terraza, más enfadada que asustada, ajolotada, sería un término exacto. En los momentos de confusión y adrenalina me visita la ejecutiva que me habita, me cae gorda, aunque luego le esté siempre agradecida. Desde la terraza llamé a Miguel, que había comido con nosotros y estaba en un funeral, para pedirle instrucciones y también para que alguien me tuviera localizada, no fuera a terminar en unas fauces ¡nadie me buscaría allí! Hace poco Miguel me contó que se había encontrado en las vacaciones, en Palmira, con un japonés al borde del ataque cardiaco porque lo perseguían dos perros, y tan efectiva fue la reacción de aquellos tipos de campo, que los pararon en seco, que el japonés pasó días haciéndose fotos con sus benefactores. Ahora me arrepiento de no haberme fumado un cigarro tranquilamente allá arriba, que era el motivo, pero no era cuestión de tener al otro al teléfono en medio de una misa: no les hagas ni caso, me iba diciendo, y no cedas ni un centímetro, que ni se te ocurra la posibilidad de que te pueden atacar, nada de dar ideas. Así lo hice y casi salgo con bien, pero elegí el camino equivocado. Cuando tenía trece años parecía una broma saltar aquella verja coronada de pinchos, pero desde que leímos en una revista de la tía Carmen, allí mismo, que el hijo de alguna actriz había muerto ensartado en una de esas, ocurrió lo inevitable, les pillamos miedo, subíamos hasta los pinchos y dábamos marcha atrás.Así que cuando vi aquellos clavos afilados en mi culo retrocedí; me rasgue el pantalón, perdí un pendiente y se me fue a tomar viento la patilla de la gafa, todo en un movimiento. Además ya no tenía a Miguel al teléfono y la Ponderosa es un chorizo, me quedaban otros mil metros, exactamente, cuesta arriba, y aquellos dos cada vez ladraban más. A veces da gusto ser géminis, sobre todo si acude a tiempo la que es muy segura, al final retrocedíeron ellos. Volví a salir por dónde había entrado. Salté desde la mesa en la que comíamos. Desde luego dormí muy mal y aún no he hecho balance más que de los rasguños.
Cuando era joven, y las bibliotecas tenían una lámpara en cada mesa, era excitante salir de allí después de muchas horas y desembarcar en el planeta tierra transportada por el vehículo más veloz de todos los conocidos: el cono de luz sobre un libro. A la salida me extrañaba, primero, que la nave me hubiese dejado otra vez en el mismo sitio, enfrente de aquel bingo, y en el mismo tiempo. Luego ya me extrañaba todo, hasta que fuera invierno o verano.
Todos sabemos que no se lee sólo con los ojos, que se lee con todo el cuerpo, y no sólo eso, que se lee incorporando el espacio que nos rodea mientras leemos, como si al escatimarle la atención el lugar nos impregnara con sus detalles en otro registro.
Mi biblioteca platónica es la José Sinués. No era una biblioteca de incunables y madera, no tenía el tufo de sarcófago sagrado que tienen las grandes bibliotecas, las que salen en las películas, pero contaba con alguien que compensaba todas las deficiencias iconográficas; aquella bibliotecaria, vestida con una bata blanca, que era una experta enfermera de lectores: encontraba lo que le pedías, bajaba las persianas, encendía las lámparas y supervisaba el silencio.
No sabía describir qué me ocurría en las modernas bibliotecas, ignoraba por qué nunca he conseguido permanecer sentada en alguna de las muchas tumbonas maravillosas que arriman a un ventanal más de cinco minutos, pero después de leer Biblioclasmo de Fernando R. de la Flor, he dejado de sentir esa inquietud como una deficiencia; algo produce escalofríos eléctricos en estas bibliotecas de ahora, todos lo sabemos, ya no son un espacio sagrado o un túnel del tiempo, se parecen a todos los edificios civiles, estaciones, centros de salud y aeropuertos, y provocan prisa.
Hay que tener cuidado al elegir dónde leemos: la memoria de los libros suele llegar acompañada por la luz del lugar en el que los leímos.
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