jueves, 26 de abril de 2018

También de pequeños estuvimos en peligro o epidemia de cólera.







Sigo disfrutando mucho de la teoría de las tres edades. Estoy cada vez más convencida, con Musil, de que tiene que haber más permutaciones, para todo. 

La teoría de las tres edades se la debo a una de esas noches llenas de comer. Juan Cruz Móctezuma siempre decía que yo tengo 6, 30 y 110.

He estado hablando con mi absoluto coetáneo, Bernal, de lo que nos ocurrió en el año 71, a los seis años, hemos reconstruido lo mejor posible, hasta destilar una imagen: la del terrón de azúcar que nos dieron después de vacunarnos porque había una epidemia de cólera.

Vivir una epidemia a los seis años deja secuelas hipernemotécnicas, fijo que sí.

Porque hay que dispersarse, que sino, nos escribimos una novela esta noche sobre ese año. ¡La cara  de Javi en la bici lo dice todo! ¡Epidemia! David y yo mirando a la derecha, como si de allí manaran los virus.

Como dice el interlocutor coetáneo, siempre exacto:

-¡Qué miedo! Pero ahora, entonces aún no teníamos miedo



viernes, 20 de abril de 2018

El tiempo y los premios.


Como aún no es replicante, no ha puesto la posibilidad de replicar su entrada, pero como es un oráculo yo me tomo la libertad de cortar y pegar, allá va Silvia Alfayé, la lucidez reconfortante de la Silvi, con una foto de cuando era humana que le birlo por el morro de su muro.
Ay L´amour.
Nos habían hablado durante años a la una de la otra pero no nos queríamos conocer:
-Menudo huevo si después de tanta publi nos caíamos mal-dice sensatamente.
Ya mi tío Teódoro comentaba:
-He visto a la mozica de Paco el del cine mirando correr el agua sentada en el escorredero. Sabes qué, esa chica piensa, es muy especial la chica del Alfayé. Da gusto hablar con ella.
Que hable pues:
"Auténticas replicantes"
Ahora que está tan de moda entre quienes practican la autenticidad y la alternatividad, he decidido que yo también quiero molar y ser una de esas nuevas mujeres humanas trascendentes y superlativas. Así que voy a hacerme ecobruja postmoderna, viajera y mochilera cósmica, meditadora libre, amiga de niños y animales -a ser posible no europeos, que quedan más exóticos-, artista poética de la pista, y oenegeista. Ponerme un piercing falso ha sido solo el primer paso.
Para eso, y después de unos cuantos cursillos amables sobre la trascendencia y el infinito -la terapia de verdad no da caché en las redes sociales-, y de varios viajes a otros continentes bien rentabilizados fotográficamente, voy a dar paseos conscientes por la naturaleza -vamos, como he hecho toda mi vida sin enterarme-, voy a celebrar alegremente mi menstruación, voy a adoptar un chucho o un gato -lo de correr con lobos está demodé-, voy a petarlo con el mindfulness y el wellness, y voy a compartir con vosotros mi sensibilidad y mi sabiduría condensándola en frases filosóficas súper sofisticadas -"yo soy yo"-, acordes con la tipa alternativa y profunda en la que me habré convertido.
El siguiente paso va a ser mostrar mi renovado ser a todo el mundo -ese que no me importa nada porque YO ya me he liberado de mi ego-, poniendo fotos mías muy glam en blanco y negro como perfil de Fb, con parte del pelo tapándome la cara y mirada intensa, y quizás un hombro o una espalda desnuda e insinuante -pero solo lo justo-, como si todo fuera muy casual después de 200 tomas. Y no es porque me sienta tan auténtica e interesantona que ya solo quiera follarme tántricamente a mi misma, sino por una mera y desinteresada función didáctica y social: mis imágenes os van a educar y os van a mostrar el camino a seguir, y yo lo haré por vosotros, y para cambiar y salvar el mundo. Porque soy así de generosa, así de original y de genial. Imaginad lo que puedo hacer con vuestras fantasías anti-sistema. Eso sí, no me busquéis más por nombre y apellido del DNI, que es muy mainstream y no es de guapas; a partir de ahora, llamadme Nuwanda Yo te Cielo.
Y, si me queréis, no me digáis nunca que soy una replicante, no sea que despierte de mi autocomplaciente ensoñación.

miércoles, 11 de abril de 2018

Llueve








Hay veces que imagino que se ha puesto a llover en todo el planeta. Estoy descubriendo a qué se refería mi madre cuando decía "dolor de huesos", y, trozo que me duele, trozo que me envuelvo. Soy un desastre con las vendas, parezco una momia desordenada.


Primavera Provisional

Deja fluir mis huesos entre las hojas
entre las hojas nacidas de haberte conocido
un día de lluvia
cuando los barquichuelos de tus orejas
cortaban las flores ocultas bajo los nombres de mis calles.

De Ailleurs Juan Larrea

jueves, 1 de marzo de 2018

Pero también hay que hacer huelga por los hombres








Por la mayoría de los hombres. Ellos también padecen “el mandato masculino”(1) y, generación tras generación, están condenados por unas censuras sociales, impuestas por los propios hombres y por las mujeres feminizadas, que les dificultan desarrollar capacidades como cuidar o verbalizar los sentimientos.

Hay que hacer huelga contra la feminización y la masculinización, esos son los auténticos enemigos de los hombres y las mujeres.

Después de mucho reflexionar y de hablar con mucha gente he llegado a la conclusión de que la masculinización (madre del machismo) y  la feminización (hija del mercado) son el problema: imponen un ritmo a las mujeres y otro a los hombres. Eso genera una perturbación en sus relaciones, una disrritmia, difícil de solucionar. Esa disrritmia no existiría si pudiésemos desarrollar nuestras capacidades sin la castración que significa para ambos géneros tener que elegir entre dos modelos, dos únicas tonadas, siguiendo con la metáfora musical, que suenan una contra otra.


  1. Siempre aparece alguien capaz de explicar su época, eso alivia mucho, creo que es imprescindible para entender la nuestra leer a Rita Segato, pocos logran recolocar tantos conceptos y nombrar con tanta exactitud. Por ejemplo el concepto de “mandato masculino” que es el más esclarecedor que he encontrado en mucho tiempo.
  2.  https://www.traficantes.net/sites/default/files/pdfs/map45_segato_web.pdf


domingo, 25 de febrero de 2018

El roce hace el cariño





Por eso acaba uno tan autoreferencial.

miércoles, 21 de febrero de 2018

La palabra lilas casi tan alta como ancha

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Germaine Roussel, 52 años, nacida en Amiens, obrera en una fábrica metalúrgica de la región parisina, vive en Romainville desde hace once años. No sabe leer, ni escribir. Se educó en La Asistencia pública, luego se colocó en casa de unos granjeros de Somme, y terminó obrera en una fábrica, madre de dos niños y sola para criarlos. Nunca tuvo «ocio» para recuperar el tiempo perdido. Hemos intentado vencer nuestra timidez ante Germaine Roussel para lograr que nos describa su universo o, si se quiere, como ella misma lo llama, su enfermedad.
-¿Hay palabras que usted reconoce sin saberlas leer?
-Hay tres. Las palabras de las estaciones de metro que tomo todos
los días: Lilas y Chátelet, y mi nombre de soltera: Roussel.
-¿Las reconocería usted entre muchas otras?
-Entre una veintena, creo que las reconocería.
-¿Cómo las ve usted, como dibujos?
-Digamos que sí, como dibujos. La palabra Lilas, es tan alta casi
como ancha, es bonita. La palabra Chátelet, es demasiado alargada,
me parece menos bonita. Es muy diferente a la vista de la palabra
Lilas.
-Cuando se ha encontrado usted intentando aprender a leer, ¿le
ha parecido difícil?
-No puede usted hacerse una idea. Es algo terrible.
-¿Por qué principalmente?
-No lo sé muy bien. Quizá porque es tan… pequeño. Perdóneme
usted, es natural, tampoco sé expresarme.
-Le resulta muy difícil vivir en París, ¿verdad? ¿Desplazarse?
-Cuando se tiene lengua, se puede ir a Roma.
-¿Cómo se las arregla?
-Hay que preguntar mucho, y pensar. Pero, sabe usted, reconocemos
muy deprisa, más deprisa que los demás. Somos como los ciegos,
vaya, tenemos rincones donde nos orientamos. Luego se pregunta.
-¿Mucho?
-Diez veces más o menos para hacer un viaje a París, cuando dejo
Romainville. Están los nombres de los metros, y uno se equivoca,
hay que volver atrás, volver a preguntar, luego el nombre de las calles,
de las tiendas, los números.
-¿Los números?
-Sí, yo no sé leerlos. Los sé contar muy bien en mi cabeza para mi
paga y mis compras, pero no los sé leer.
-¿Nunca dice usted que no sabe leer?
-Nunca. Siempre digo lo mismo, que he olvidado las gafas.
-¿Alguna vez se ve obligada a decirlo?
-Alguna vez sí, para las firmas, en la fábrica, en el Ayuntamiento.
Pero fíjese usted, siempre me pongo colorada, cuando tengo que
decirlo. Si usted estuviera en mi caso como otros, lo comprendería.
-¿Y para su trabajo?
-En el contrato, no lo digo. Cada vez pruebo suerte. En general
funciona, excepto cuando hay las fichas de horas que hay que rellenar
todas las tardes. Aparte de eso, finjo.
-¿En todas partes?
-En todas partes, en el trabajo, en las tiendas, finjo mirar las básculas,
las etiquetas. También tengo miedo de que me roben, de que
me engañen, desconfío siempre.
-¿Le crea dificultades incluso en su trabajo?
-No, trabajo bien. Me veo obligada a prestar atención más que los
demás. Reflexiono, presto mucha atención. Va bien.
-¿Para las compras de su casa?
-Sé todos los colores de todas las marcas de productos que utilizo. Cuando quiero cambiar de marca, una compañera me acompaña.
Luego, me acuerdo de los colores de la nueva marca. Tenemos
mucha memoria, nosotros.
-¿Cuáles son sus distracciones, el cine?
-No. El cine, no lo comprendo. Va demasiado deprisa, no comprendo
cómo hablan. Y, sobre todo, hay demasiadas escrituras que
bajan. La gente lee letras. Luego, ya están emocionados o contentos,
mientras que yo no entiendo nada. Voy al teatro.
-¿Por qué al teatro?
-Da tiempo a escuchar. Las personas dicen todo lo que hacen. No
hay nada escrito. Hablan lentamente. Comprendo un poco.
-¿A parte de esto?
-Me gusta el campo, los deportes para ver. No soy más tonta que
otra, pero al no saber leer, se es como un niño.
-¿Le molesta la gente que habla por la radio, por ejemplo?
-Sí, lo mismo que en el cine. La gente utiliza palabras que están
en los libros. Si no estoy acostumbrada a esta gente ni a estas palabras,
luego hay que explicarme lo que dicen con mis palabras.
-¿Olvida usted alguna vez que no sabe leer?
-No, pienso en ello siempre tan pronto como estoy fuera. Es cansado,
hacer perder tiempo. Con tal de que no se note, esto es lo que
uno piensa todo el tiempo. Se tiene miedo siempre.
-¿Cómo?
-No sabría cómo contárselo. Me parece que esto debe verse, no
es posible.
Marguerite Duras
France-Observateur 1957

martes, 6 de febrero de 2018

Ya era tarde y he decidido volver a las clases de Margaritte Duras.




"—Le he dicho que era preciso verlo.
Que hacia el mediodía el silencio que hay en Atenas es tal… con el calor aumentando…
La ciudad se vacía a la hora de la siesta, cerrada como la noche…
… que había que asistir al crecimiento del silencio…
Me acuerdo, le dije: poco a poco uno se pregunta lo que ocurre, esa desaparición del sonido con la subida del sol…
Entonces llega el miedo. No a la noche, sino como un miedo a la noche en la claridad. El silencio de la noche a pleno sol. El sol en el cenit y el silencio de la noche. El silencio en el centro del cielo y el silencio de la noche.
Cuando los demás llegaron, casi a las dos de la tarde, volvimos a bajar hacia la ciudad, Atenas, y luego nada más pasó.
Nada.
Nada más que siempre, en todas partes, esa carencia de amar.
—En el Museo cívico de Atenas, la tarde del día siguiente…
—Ah, sí… es cierto… lo había olvidado… mire lo que son las cosas…
… y luego le había hablado de la otra historia, de las otras personas…
—Es sábado. A la noche. En primavera.
Es casi el comienzo del verano. En el mes de junio.
El hombre de la historia trabaja.
Cubre el horario nocturno de un centro de telecomunicaciones.
Se aburre.
París vacía. La primavera. Un sábado. Tiene veinticinco años. Solo.
Tiene algunos números de conexión con el abismo telefónico. Los marca. Dos números. Tres números.
—Y luego ya está.
Aquí está ella.

Estamos en 1973.
En aquella época de su vida llevaba un diario y dice que anotó muchas cosas. Pero que después no. Dejó de hacerlo. Dejó de hacerlo poco después de que ella comenzara la historia, la historia de amor.
Historia sin imágenes.
Historia de imágenes negras.
Entonces, empieza ella.

Ella le habla por teléfono al mismo tiempo que él en el espacio y en el tiempo.
Se hablan.
Hablan.
—Se describen. Ella dice que es una joven de pelo negro. Largo.
—Él dice que también es joven, rubio, con ojos muy azules, alto, casi delgado, hermoso.
—Ella le cuenta lo que hace. Primero le dice que trabaja en una fábrica. Otra vez le dice que regresa de China. Le cuenta un viaje a China.
—Y en otra ocasión le dice que estudia medicina, con el propósito de incorporarse a los Médicos sin Fronteras.
—Pareciera que ella se atuvo en adelante a esta versión. Que ya no cambió nada. Que nunca hubiese dicho otra cosa que esto: que terminaba su carrera de medicina, que era residente de un hospital de París.
—Él dice que ella habla muy bien. Con facilidad. Que no es posible evitar escucharla.
Creerla."

sábado, 3 de febrero de 2018

Entre sonidos.





Chilla la madre china en el piso de arriba. Está bien preguntarse qué puñetas dice, pero los ha hecho llorar. Vivo escoltada por niños diversos, los tres de la habitación de arriba cantan en chino y los tres de abajo cantan jotas. Si lo piensas no es una tontería dormir en medio de dos ritmos tan diferentes. Aunque la cosa es que canten, porque se había quedado triste el edificio desde que se fue Marcia llevándose los olores y los sonidos de República Dominicana.

Mientras oigo todo eso amueblo mi sedentarismo. Me estoy inventando un ecosistema acuático en la galería de la cocina. Contaba Octavio Paz que después de un terremoto, por la rajadura, creció una hiedra en su habitación, y esa imagen me obsesiona.  Estoy inaugurando un género en mi life: el de los espacios definitivos y reposados. Hasta los libros se han puesto rectos. La casa es el segundo cuerpo, y el edificio lo que lo rodea. Voy a seguir atenta a lo que suena arriba y abajo.


lunes, 29 de enero de 2018

Los lunes tautológicos







Me sigue re-sorprendiendo y gratificando la ribera, -Vuelven Bernal, el Iguarbe y la Sanuy, qué logia desde los catorce años-


Están bien idiorritmicos (palabro que acabo de aprender y me seduce mucho) los ribereños. ¡Pero Puchica! me lanzo con el terremoto  y no dejo hablar a nadie, ayer les di la turra a Miguel y a David. Silvia y el otro Miguel también se llevaron lo suyo cuando llegué. Temo que voy a salir del terruño en algún momento y  someteré a la misma tortura a los foráneos, o por teléfono, da igual, ¡no bajéis la guardia! 

Me tengo que controlar. Y para no volver a contar el terremoto lo mejor es volver a contar el terremoto. (los terremotos). Todavía creo que se mueve la cama cuando me muevo, y se me ha quedado la costumbre de comprobar la inmovilidad de las lámparas. Luego me vienen a la memoria unas hermosísimas lagrimitas de mi Quetzalita sin Apellido. En fin, que un terremoto remueve mucho, y mucho tiempo después. ¡Toda la vida leyendo "esto no lo cambia ni un terremoto"! Y de pronto dos: ¡da mucho que pensar!

Así que dejo esto aquí otra vez. Quien no lo lea corre el riesgo de que se lo cuente. El que avisa.





¿Qué mueve un terremoto?




Escribí todo esto las semanas siguientes al terremoto, el único acierto es haberlo dejado abierto. Habrá que seguir averiguando y contando qué ocurre en México, cuánto lo  movió el terremoto. Me lo irán narrando entre otras Cristina y Paola, nosotras sí que nos conocimos gracias a un movimiento telúrico, sin metáforas.



Una semana después

Desde el martes 19 de septiembre miramos continuamente a nuestro alrededor para ver si algo se mueve, nos miramos a los ojos por la calle, vigilamos las cornisas, nos preguntamos por los familiares y, algunos, comprobamos cada tanto la actividad de los sismos con la esperanza de que bajen de cuatro puntos y la lista se ponga verde, no hace falta estar cerca para imaginarse los días que están pasando los que ven como sigue desmoronándose lo que queda, los que duermen hacinados en habitaciones rajadas que se cimbrean mientras no para de temblar y no deja de llover. Yo también checo con frecuencia la alerta dos naranja del Popocatepetl, “esa alerta ha estado igual desde que nací, me dijo ayer una amiga de treinta, si revienta don Goyo nos vamos a morir en décimas de segundo, no te preocupes, no es probable”.

Desde el martes este país se parece más a sí mismo, desborda potencialidad. Los mexicanos están reuniendo ideas para la reconstruirse, fuerza, bases de datos, agua, cemento. El terremoto los ha convencido de sus capacidades y, aún con el ánimo mohíno, los unos creen en los otros porque piensan y hacen juntos, no esperan que el gobierno los ayude, pero ahora no parece abstracta ni remota la palabra confianza. La sacudida telúrica convirtió en políticos, ciudadanos comprometidos con la polis, a la mayoría. La oxitocina, la hormona del apego, casi se puede oler en la ciudad.

La cercanía de los hechos impide dimensionarlos, pensarlos. El patio de la casa se convirtió en un seno materno seguro, enseguida nos contaron que había muertos en Condesa, en La Roma y en una fábrica textil entre Chimalpopoca y Bolívar, aquellos nombres no me sonaban de nada por próximos que estuviesen, pero el barrio de la textil colapsada se llama “La Obrera”, y eso tenía potencia simbólica. Yo era una recién llegada a CDMX, cuando salí a la calle todos seguíamos temiendo que volviera a temblar, nunca había oído una ciudad tan silenciosa. El parque se fue llenado y se empezó a repetir una cifra, el 85. ¡Cómo pudo ser el terremoto el mismo día, justo después del simulacro! Sabíamos que necesitábamos abrazos y nos abrazábamos, los que tenían línea en el teléfono lo prestaban. Sólo la radio de una verdulería daba noticias, allí me enteré de que el epicentro estaba en Puebla, lugar en el que vivo y viven mis amigos. 

Cuando tiembla la tierra el tiempo se trastorna. Todavía no había vuelto a su duración normal después del sismo del día 7 y los 59 segundos del martes volvieron a hacernos imaginar la eternidad. Uno nunca sabe cuándo ha terminado un terremoto o si va a empezar otro. En esa situación todavía impresiona más ver a toda la ciudad movilizada para ayudar asumiendo el riesgo. Un organismo de veinte millones de habitantes es difícil de organizar y pronto empezaron a sobrar comida y manos. Uno por uno nos dimos cuenta de lo importante y difícil que era hacer algo práctico: amigos, familias, compañeros de trabajo, crearon grupos con las personas en las que confiaban y luego los grupos se hicieron más grandes. Esa noche tan larga fueron llegando a nuestra casa y la de los vecinos aquellos a los que se les había caído la suya. Las necesidades iban cambiando, urgían equipos de iluminación silenciosos para poder oír a las personas enterradas, y herramientas, picos, palas, guantes y también compañía y abrazos para el estado colectivo de shock. Las redes sociales ardían y los rumores parecían verosímiles e inverosímiles simultáneamente.

 Contarnos es decisivo para intentar entender lo que ocurre y los impactos colectivos desatan tormentas narrativas. Desde ese día decimos, a modo de saludo, donde estábamos, hacia donde íbamos y qué pensamos.Es mejor oír a la señora que nos da de comer en el mercado hablar del terremoto que a muchos poetas de alto vuelo hablar de sus temblores. Hasta los pasos de cebra se han convertido en un espacio para contarse: nuestros relatos tienen la misma importancia. Los que estaban en la calle miraron hacia arriba: Ale descubrió que apenas quedaba cielo sin tachonar de cables, Ely vio llover piedras en el centro Histórico de Puebla, otros no pudieron ver nada porque el polvo de un edificio recién hundido los dejó en el centro de una nube de yeso. Los relatos en este caso dependen únicamente del espacio, estamos los que pudieron mirar al cielo y los que sólo pudimos ver la casa, el nido protector, convertida en una feroz amenaza. “Entonces fue allí donde me agarró el temblor ese que les digo y cuando la tierra se pandeaba todita como si por dentro la estuvieran rebullendo” Escribió Juan Rulfo unos terremotos antes.

Por cierto, que yo estaba poniéndome una bota aquel martes, me iba hacia el centro cuando empezó a moverse el salón: por segunda vez en quince días esa inexplicable maleabilidad de las paredes, de las ventanas, el mundo concentrado en una cerraja que no se abría. Llegaban los gritos desde el patio, sobre todo los Cristina, la madre de Paola, una nicaragüense de Managua que sabía de temblores. Mientras intentaba abrir la puerta recordé que escaleras no y que entre el frigorífico y la pared, pero no quedaba hueco. Me dio por hablarle bajito al terremoto: ¡venga! ¡ya estuvo suave!¡tranquilo, ya! le decía, y repitiendo ese mantra alcancé la calle, donde por fin había brazos humanos dispuestos.

El primer auxilio son los brazos, salí a buscar Internet y todo el barrio se abrazaba, ya lo dije, eso lo repetimos mucho estos días. Nada sorprende más que los abrazos entre desconocidos cuando los necesitas, pero espero no volver a dar un paseo tan escalofriante como ese nunca. Íbamos buscando el cielo abierto y casi no había,  nos mirábamos a los ojos para sostenernos mientras llegaba el próximo temblor y no cabía más miedo ni más tristeza. Cuando oí que el epicentro estaba en Puebla me convertí en una niña que no quería ir de entierro, volví al patio con los vecinos mirando esas aceras resquebrajadas, leyendo por primera vez las cicatrices que dejan escritas en las banquetas los terremotos. Luego, luego, en el patio, ya sabían que mis amigas estaban bien y me buscaban y entraron dos mensajes milagrosos al FB gracias a la conexión que me prestaron, volaban las claves aquel día: mis poblanos también estaban bien.
  
Se prolongó la reunión hasta después de la cena y  nombraron la misma convicción de mil modos los variopintos vecinos: nos urge ser ciudadanos, cambiar este gobierno y este orden tan viejo y tan injusto de las cosas, decían, y se fue extendiendo la esperanza, el mandato de aprovechar el terremoto para recobrar las riendas, y esa noche hubo un pacto firme entre los mexicanos dentro y fuera de nuestro seno materno: unirse. Puestos a morir en un megasismo lo que nos sobra son ganas de resucitar. Decían aquella noche. Y el abuelo miró a su nieto Jero y le dijo: mira bien,  está sucediendo otra vez lo que te conté, esta cercanía con los demás también la vivimos en el 85. Había empezado algo más que la reconstrucción o la campaña electoral: de tanto susto el terremoto podía ser la terapia que quitara el miedo. “Democracia puede ser también, la importancia súbita de cada persona” decía Monsivais, y ese día cada persona, cada vida fue importante, por fin.  El aprendizaje se produce fácilmente en situaciones colectivas, el vehículo más rápido para llegar al aprendizaje es la emoción. Pensar es dimensionar, pensar es dimensionar, pensar es dimensionar: ese es el mantra que sustituyó a mi diálogo con la tierra cuando le pedía que se calmara. Luego pensé en una pregunta terminal para este mundo tan terminal: ¿Qué le ocurre a los humanos cuando tienen más miedo a otros humanos que a cualquier catástrofe: un terremoto, un ciclón o un tsunami?

El miércoles no nos vimos los del pasaje, cada cual andaba en lo suyo, en lo de todos, arrimando el hombro, intentándolo, porque, ya lo dije, son 20 millones y no es así nomasito organizarse. El gobierno se negaba a dar los nombres de las fábricas hundidas. Los dueños identificados de las fábricas hundidas también se negaban a dar los nombres de los trabajadores que estaban en el edificio de Chimalpopoca, en la Obrera. Todavía no sabemos el número de los muertos, lo poco que se conoce es por unos papeles sueltos vomitados por el sismo. Ni siquiera se sabía cuántas fábricas tenían sus cuevas de esclavas allí. Sólo era miércoles, el día siguiente, y ya se empezó a rumorear que el gobierno quería meter máquinas pesadas sin esperar a las 72 horas, sin respetar las labores de rescate, la gente se fue poniendo nerviosa en la fila de voluntarios. El asesinato por falta de medidas de seguridad en maquilas es un clásico, se repite mucho, en el terremoto del 85 también se hundió una allí cerca. Las más débiles: trabajadoras indocumentadas, inmigrantes ilegales, mexicanas pobres, son una y otra vez las víctimas.

Fueron afectados por la sacudida, además de un colegio,44 edificios, algunos nuevos, que carecían de medidas de seguridad. El desastre dejó a la vista, por si no nos habíamos dado cuenta, que la corrupción es el virus más mortal y que pocas cosas han cambiado desde el 85. El colapso de la fábrica textil no fue la única coincidencia, este terremoto ha sido un espejo del otro: resulta didáctico releer “No sin nosotros” la crónica que escribió Carlos Monsivais sobre aquel  septiembre, para comprobar cuántos problemas no se resolvieron, cómo volvió a fallar la racionalidad urbana, cuántas personas viven en edificios inseguros y que la colaboración de los voluntarios volvió a estar bajo sospecha y vigilada por policías armados, por citar los más evidentes.“Esto pasó en septiembre”, comienza diciendo Juan Rulfo en “El día del derrumbe”,  y nos cuenta la esperpéntica visita de un gobernador a la zona devastada. No sabemos a qué gobernador ni a qué terremoto se refiere, no menciona el año y de los derrumbes sísmicos que conoció ninguno sucedió en septiembre, ¡Rulfo siempre borrando pistas!  Es sustancioso releer ese cuento ahora, por aquí perduran los anacronismos, existen personajes tan siniestros como el que él describe y están haciendo visitas igual de breves a los que se han quedado sin nada. En México también se puede viajar del siglo XIX al XXI en muy poquitos kilómetros: los tiempos conviven tranquilamente. Pero en las grandes urbes y en las aldeas la  desconfianza del pueblo hacia quienes detentan el poder es más que desconfianza, es la certeza de que su afán de lucro y su desinterés por la ciudadanía son infinitos y nadie escapa de sus garras. Nos sorprendía, pero no leímos ninguna cifra, ni aproximada, de desaparecidos en el terremoto, la cifra de desaparecidos políticos en este país es dos al día, la de asesinados 73. ¿Quién iba a esperar una sensibilidad distinta a la habitual en este caso? ¿Qué probabilidades tienes de que tú o tu cadáver seáis rescatados si eres una persona “ilegal”?

Chimalpopoca se fue convirtiendo con los días en una gran ceremonia de la desinformación, en una post-verdad confeccionada por guionistas sin experiencia. –Aquí no van a entrar ni grabadoras ni cámaras, que los periodistas tergiversan- Dijo una supuesta voluntaria convertida en dirigente en pocas horas. –Que entre uno a ver y luego se lo cuente a los demás, tú mismo-Dijo la misma ciudadana gritona. Ante las quejas de la gente salió un Topo que nos aseguró que todo estaba bien, que no iba a entrar maquinaria pesada que no fuese necesaria. A esas horas del jueves se sospechaba la existencia un sótano convertido en comedor y lleno de gente al que ya nunca se accederá. La existencia de ese sótano estaba guindada del testimonio de un señor: había hablado con su mujer minutos antes del sismo y ella le dijo que bajaba a comer al sótano. El topo nos describió un plano que nos dejó igual de ignorantes, mucho. Enseguida apareció otro voluntario con experiencia y autoridad que dijo algo sencillo: quienes quieran ayudar que se vayan a Puebla o a Morellos.

Esos días impresionaban aún más las armas, los granaderos amedrentando: ¿para qué hacen falta armas en un rescate? Había mucha gente: ríos de gente que, cómo un día normal en cualquier lugar del planeta, quieren hacer algo por sí mismos y por sus hermanos bípedos que sufren injustamente: pero no saben qué. Nos reunimos muchos periodistas al día siguiente, cada uno había hecho lo mejor que sabía su trabajo: buscar la verdad. No había protagonismos esa noche en el gremio, verdad posible tampoco, sólo relatos que se restaban, anécdotas contradictorias: hay verdades diametralmente opuestas que suceden simultáneamente a pocos metros de distancia. Simultáneamente se inventaba a una niña innecesaria en Televisa y Ale y sus compañeros decidían ir casa por casa para repartir el acopio de alimentos en los pueblitos de Atilixco, no se fiaban de las mujeres de los alcaldes que querían organizar la ayuda desde sus almacenes, y además querían dar algo más que comida o ropa. Así, casa por casa, conoció a dos viejitos que vivían en una escuela que se iba a hundir, y vivían con ese miedo desde mucho antes del terremoto, no logró que aceptaran más que lo justo: tenían una decencia sin límites, más de ochenta años y ganas de terminar con aquella vida de hambre y sustos, le dijeron. En otra casa le contaron que no querían más sardinas, que lo que querían era poder arreglar el horno para hacer tortillas. En otra le quedaron grandes los zapatos a una niña y se los tuvo que amarrar bien, pero le prometió que le llevaría otros y lo hará. Simultáneamente una señora rica se gastaba mil dólares en medicamentos y unos rateros aprovechaban para robar a los damnificados. También tuve noticias de delincuentes convertidos en samaritanos y de receptores de alimentos convertidos en una suerte de delincuentes porque venden las latas de sardinas a diez pesos. Nunca será lo mismo el crimen del amo que el crimen del esclavo. También al mismo tiempo el gobierno comenzó a re-etiquetar la ayuda como suya y grupos de arquitectos, periodistas y abogados se organizaron para documentar el estado de los edificios y buscar a los culpables. Y seguro que hay policías y militares que han trabajado mucho y otros que han entorpecido el rescate. Probablemente habrá mucha gente que haya visto por primera vez la pobreza real de este país tan rico y esté asombrada, pero también hay muchos empresarios que se frotan las manos calculando sus beneficios con la reconstrucción: algunos días parece que el terremoto lo encargaron ellos.

Tres semanas después

59 segundos han provocado relatos, cambios profundos e interesantes reflexiones. Estoy segura de que los que estuvimos aquí aprendimos mucho estas semanas. Este terremoto ha sido un master práctico en el que hemos descubierto  que pensando entre todos tenemos muchas posibilidades. Buena parte de la juventud mexicana está muy formada, aquí el orgullo de un padre no es que el hijo tenga un coche sino una carrera, y los que no accedieron al conocimiento oficial tienen otros y además se respetan. Internet, con sus pros y sus contras, es útil en los momentos de urgencia, y después. Organización ha sido la palabra clave y hubo otra que se resignificó: Logística.  Todos repiten: zapatero a tus zapatos, y se preguntan qué pueden aportar desde su conocimiento. Y eso es un buen comienzo. No quieren volver a tapar lo que dejo al descubierto el terremoto.

Pero los obstáculos son muchos. Hay que seguir comiendo y los salarios son tan bajos que obligan a tener dos y hasta tres empleos para mal vivir. No creo que haya bajado la oxitocina y se hayan olvidado de lo que vieron. No creo que se haya desinflado el afán de ayudar, y de ayudarse, y que volver a la normalidad  signifique volver a la indiferencia hacia el prójimo. Estoy segura de que el terremoto del día 19 provocó otro sismo, el de la conciencia colectiva, y en pocos días este país ha conseguido crear más tejido social del que imaginamos. Quiero creer que los que trabajaron por lo mismo desde la abogacía, la medicina, la educación, la cocina, el periodismo, la arquitectura, la informática, la albañilería y el pico y la pala han podido calcular en montos vitales mucho más importantes que el dinero lo rentable que es estar unidos.

Seguirá...