viernes, 24 de marzo de 2017

Ganando manantiales al tumulto







Amigo Seféris:

                               Hablar es difícil
cuando restallan las palabras lejos
del taller avezado; nos caemos
a cada paso de cabeza
por querer escaldar la lengua franca.

Y es particularmente difícil
hablar de Grecia hoy,
desposeídos como nos sabemos,
cetrinos como vamos
en la tosca llanura del oprobio.
Ya no duerme Proteo debajo de las rocas
ni glosa la sirena consabida
la clara fatiga del caminante.

¡Qué lento, qué difícil todo,
                                                        amigo Seféris!
Y este dolor de Grecia
¡qué tozudo! Diríase
una proclama secular de duelo
por nuestra desmesura cotidiana.
Es fácil en cambio
dejarnos aturdir sin miramientos,
encoger los hombros
y guardarnos el ímpetu dentro de los bolsillos.
Nada tan inocente.
                                       ¿O nada tan culpable?
Porque bien sopesadas estas cosas
andamos en apuros los unos y los otros;
caiga quien caiga de cualquier manera
nadie puede lavarse
las manos en el mar Egeo.

He pensado mucho
                                      durante los últimos meses
en el sol trasvenado de Beocia,
en los asfódelos del Laurio
salpicados de plata por la brisa
y en los trabajos y los días
más frutales cuanto más amorosos
a lo largo y lo ancho de la Hélade,

pero también recuerdo la cerrazón vacía
que llegó profanando moradas y vendimias,
la turbia marcha sobre los almácigos.

¡Oh dioses idos! ¿Cómo silenciarla?
        Dormíamos; los gritos a granel
nos despertaron confundiéndose
con un ripio de sueños azarosos
y luego regresaron a la calle.

Amigo Seféris:
                              ya nunca sabré
dónde terminó la pesadilla, dónde
comenzó lo demás; aun ahora
descabezan mi noche mortecinos clamores,
historias turbulentas de reinados efímeros
y el asalto difuso de los bárbaros
prontos a sofocar
la madrugada con sus propios puños,
con el propio sudor de sus afrentas.

He pensado mucho
en los ritos más pálidos del hombre:
ese llamar a puertas evasivas
buscando soluciones al infierno,
ese nombrar la vida
con el mismo tonillo deslustrado,
ese dejar al prójimo que cargue media cruz
prometiéndole sólo completarla,
pero también hago recuento
de viejas esperanzas, treguas, naves
encaminadas a mejores días.
Tras el duelo vendrá

la hora de la luz;
                                   entonces
habrá pupilas para ver un mundo
sin ídolos de viento, sin tapujos
de sangre reseca, glorificado
por súbitos milenios de gracia general:
                                                                               Será la luz helena
que cosechamos una primavera
entre cantos homéricos
y meditaciones contemporáneas
al pie de los olivos;
                                        una luz
cuyo reflejo danza filtrando las memorias,
ganando manantiales al tumulto
mientras el orbe sigue su patética vía.
         Chispearán los afectos
   y vencerá la voz humana:
entonces nos diremos lo debido.


Jaime García Terrés

miércoles, 22 de marzo de 2017

Primavera provisional






Deja fluir mis huesos entre las hojas
entre las hojas nacidas de haberte conocido
un día de lluvia
cuando los barquichuelos de tus orejas
cortaban las flores ocultas bajo los nombres de mis calles


Juan Larrea

martes, 21 de marzo de 2017

Las reglas del juego











Cada uno debe entrar en su propio degüello, cada uno retocando su respiración, cultivando sus excepciones a la regla, sus moluscos solares, 
haciendo sus abstinencias más inclementes y más diáfanas 
porque la luz debe romperse allí, la eternidad debe dejar caer un guijarro en ese gemido. 

Recuerden la niñez de vuestra madre, la niñez de vuestra muerte; 
solitarios del mundo y de todos los deseos, 
inoculados por el lagarto y el pájaro que se enfrentan en todas las intenciones de la sangre. 
Ustedes han sentido la máscara y la falsificación de la máscara: el rostro 
en los invernaderos de las pequeñas, inútiles ceremonias que todavía nos conmueven. 

Bajo la luz de una luna parecida a la desnudez de las antiguas palabras, 
escuchen este ritmo, esta vacilación de las aguas, 
la noche está moviendo sus ruedas oscuras, estas palabras llevan ese significado, 
y yo me dejo arrastrar por aquello que quiero decir: aquello que ignoro, 
y he aquí que la frase delibera su propio silencio. 

Oh noche casual de estas palabras, 
oh azar donde la frase regresa a su silencio y el silencio retorna a la primera frase, 
en el lenguaje aparecen de nuevo los primeros caracoles, las primeras estrellas de mar, 
y las bestias de la niebla ponen su vaho en los nuevos espejos. 

Aquel que diga la primera palabra dejará caer el primer vaso, 
aquel que golpee su asombro con violencia verá aparecer el fuego en sus cabellos, 
aquel que ría en voz alta será el primero en guardar silencio, 
aquel que despierte antes de tiempo sorprenderá a su esqueleto haciéndole señas extrañas a los árboles; 
y el mar, como un síntoma interrumpido, vuelve de nuevo a oírse a los lejos 
y en su respiración otra vez escuchamos el ruido de esa puerta 
que bate azotada por el viento del infinito. 

Nace la luna sobre el mar como una antigua mirada del hombre. 

En el puerto se van encendiendo las primeras luces.

José Carlos Becerra

sábado, 18 de marzo de 2017

De los primeros pasos





Para tomarme vacaciones de mí misma lo primero que tenía que hacer era cambiar de librero. No se trataba de buscar otro librero, sino de encontrarlo. Tardó en aparecer, se llama Gregorio, no sustituye a Pepito: quién va a sustituir a ese, se le suma, y ahora leo a Herbert, Chimial y Ortuño comentados por un chavito mucho más joven que ellos que los conoce al palmo.  

En todas las ciudades se libra un combate  entre el asfalto y lo vegetal, aun sé notarlo, aunque en los países ricos esté decidida esa batalla. En Puebla encuentras una munición de raíces allá donde mires: en el piso, en las ventanas de viejos palacios o asomando por los tejados. Tenía que cambiar de aceras, aprender a mirar más al suelo, conseguir no caerme, ¡yo, que tropiezo en una raya de lapicero! 

También tenía que encontrar un hilo rojo para hacer el trabajo de lo serio que me toca. Eso fue mucho más fácil, ¡me encontré a un periódico entero haciendo platillos en la cocina! Mamá Mely y nosotras, sus polluelos. Allí me enseñaron a comer, como si fuera chiquita de nuevo. Para el segundo desayuno Ernesto me trajo Huitlacoches. Una semana después ya le estaba contando a Mely millones de ánimos y que aún dormía con la chaqueta que me hizo mi madre.

-Pues deja la chaqueta que está empezando a hacer calor y te va a dar un sarpullido.

Me dijo. Lo mismo que me hubiera dicho la Arse. ¡A ver quién se sale de debajo de esa ala! Menudo caserón nuevo el Lado B

Eso me da ocasión para comentar una de esas jugarretas del azar:Siempre relleno de agua las botellas de alcohol de más de setenta grados. Produce cierto escándalo, infundado, mi mesilla. Las botellas son la del recibimiento y la de la despedida. Y todo el relato, bastante más acuífero de lo que parece, fluye entre ellas.


jueves, 16 de marzo de 2017

El año pasado a estas horas.



¡Todavía era una ignorantona!

Esa es la frase que me gustaría repetir el año que viene, el próximo y hasta que me dure esta capacidad de tontería. Porque no conozco una impresión que refresque tanto como la de seguir aprendiendo cosas que dislocan todo lo demás. Lo mejor para aliviar el cansancio de uno mismo, para irse de vacaciones de veras, es agregarse a territorios que ni siquiera imaginabas.

Ganas me entran de redactar unos cuantos consejos de belleza relacionados con esa idea.

Me fui cuando logré entender, mucho después de formulada, la pregunta pertinente. Siempre hacen falta la pregunta central y las palabras exactas:

-¿Te vas a quedar aquí viendo crecer los árbolitos?

Me dijo delante de la chimenea la niña Blanch el día que planté dos granados, un peral, dos melocotoneros, una higuera, tres jazmines, un zapote, un níspero, dos limoneros, una papaya, dos matas de maracuya y un cerezo.

jueves, 9 de marzo de 2017

Y las neurosis son vegetales


.

Como yo. Todo lo que pillo lo meto en agua para mirar cómo se hincha. Cómo crece en dos direcciones sin contradecirse. 

viernes, 3 de marzo de 2017

Primavera.








Ahora, que ya sé que sé elegir las neurosis, empieza, todavía más en serio, el placer de ser neurótica.







Con la melodía me ha despertado don Pepe Maiques.
Está chido mi fb con frecuencia.

viernes, 24 de febrero de 2017

llarga és la història i no s'ha acabat




El miércoles vi desde allá arriba el atardecer y a Javier enteros, y mientras él lo describía y escuchábamos su último disco, creo que también vi entero a Jaume Sisa.



miércoles, 22 de febrero de 2017

El pez



Volver a las palabras
Creer en ellas. Poco. Sólo
un poco. Lo bastante
como para salir a flote y coger aire
y así poder aguantar, luego,
en el fondo

Volver a las palabras. Con
voluntad de sentido
Boqueando. Pez en la orilla
común de los creyentes.

Volver. Decir superficie. Escribirla.



No, lector, no deslices
tan rápido tus ojos por la página,
nada te obliga a terminar
de leer este texto. Puedes
dejarlo. Muchos lo habrán hecho
antes de haber llegado a estas líneas.
He dicho superficie. Vuelve atrás.
Detente. Piénsalo. Piénsatelo. He
escrito la palabra palabra y
estoy tratando de decirte algo
que no acierta a decirse. Entonces
digo impotencia. Tú sabes lo que es
la impotencia, a buen seguro
alguna vez la habrás sentido. Ahora
te pido que despojes la impotencia
de la palabra que la nombra
y te quedes sintiéndola tan sólo.
¿Lo consigues?
Tal vez no sea para ti,
ahora, tiempo de impotencia.

Se deslizan tus ojos por
los caracteres impresos y sientes
cierto placer en esta redundancia
de lo escrito. Los óvalos te tientan.
Apróximate, lector, mira por
ese pequeño orificio. Adéntrate.
Hay abismo-¿abismo?-hay vértigo

Repite, entonces, conmigo Infinito.
Di Infinito. Repítelo. No dejes
de decirlo, hasta que pierda sentido
la palabra infitito y te encuentres en el vértigo
desprovisto de pértiga.

Entonces di Infinito. Pronúncialo.

Pronúncialo de nuevo,
despacio, con voluntad de sentido.
Como al principio del mundo o
del poema.
Para volver. En superficie.
por un tiempo.
Para hacer el tiempo.

Chantal Maillard

domingo, 12 de febrero de 2017

Hasta siempre, camarada.







Ya hace un buen rato que lo sé . Sé  que se ha muerto Vicente.  Pero hago como que  no se ha muerto.  Hay gente con la que has hablado tanto y tan bien. Entonces  se produce el intercambio  molecular irreversible.

A mitad de cena ha llegado un mensaje de voz, uno de esos cálidos batiburrillos con los que me abraza Inés desde lugares próximos y remotos. Me contaba que se había muerto el padre de un gran amigo suyo: Darío.

Entonces sí me he visto quitarme el delantal ceremoniosamente. Y he recordado a Darío pequeño, y he visto a mi madre y a Vicente dale que te pego en el bar. Solucionando el mundo.  Y he reconocido poco a poco ese montón de moléculas dispersas que me habitan y son de Vicente Ferrer, y que aquí se quedan de momento. Dando toda la guerra que sepan.