martes, 15 de septiembre de 2015

Fragmentos a su imán.




La tormenta del lunes pasado fue casi tan fuerte como la gran tormenta. Luego supe que en los aledaños mató a tres personas. Me despertó a las seis de la mañana, parecía una llamada de atención cada trueno.

-Mira que excesos me acontecen cuando no estás.

Decía el molino.

Cerré la ventana y conseguí tener uno de esos sueños que tengo últimamente, transparencias sobre transparencias. No presté atención hasta las ocho por lo menos.

Ha llegado mucho antes el otoño, lo contaba ayer Emma, que inspecciona el comportamiento de las sargantanas y el color de los geranios todos los días. Se adelantaron los limoneros una cosecha (y no me quedé a recibir la siguiente).

Escuché aquella lluvia furiosa hasta casi las doce. No me asustaba seguir aislada ni que no hubiera amanecido apenas. Hasta recogí los esquejes y me duché en la calle cuando amainó el agua y siguió una lluvia de hojas de parra, ya rojizas.


Lo de traer esquejes de amaranto, jazmines varios, hipomea, glicina, salvia, floripundio e hibisco era importantísimo. Matías me esperaba con un laboratorio: hormonas enraizadoras, cuchillos desinfectados, bandejas y tierra de semillero, había hecho un master de reproducción con tallos leñosos la última semana. Ahora me toca fluctuar de la fe a la esperanza, mirar buscando señales de vida y regar.

martes, 8 de septiembre de 2015

Tan pronto aquí como allá




decía mi abuela siempre que bajaba de un coche, extrañada. Le había tocado ir a buscar a su suegra, mi bisabuela Lamberta, durante muchos años al apeadero para acarrear los recados tres kilómetros, y ese fue siempre su mojón para calcular distancias. Ya he contado por aquí que mi bisabuela era transportista, con carro y burro la mayor parte del año y en tren cuando nevaba. Como recompensa por la ayuda le regalaba a la nuera un delantal al año, no era cicatera, pero no había para más. Cuando empezó a tener dinero la abuela Raimunda se convirtió en una fábrica textil especializada en delantales de cuadritos, todas tenemos delantales suyos aún.

Yo también rezo “tan pronto aquí como allá” cuando bajo del coche, extrañada, aunque mucho menos que ella.



sábado, 5 de septiembre de 2015

Madurar hacia la infancia.





Uno de los mayores enigmas de mi infancia eran los “ejercicios espirituales”. ¿Qué era eso invisible que ponían a hacer gimnasia? ¿por qué se hacían en lugares muy lejanos y en silencio? Por lógica, pensaba, el espíritu se entrena hablando. Cuando era un poco mayor imaginé el asunto de un modo más concreto y totalmente arbitrario; en esos ejercicios espirituales se produce un desdoblamiento, estar mucho tiempo solo y en otro lugar debe hacer que te encuentres con alguien que también eres tú. El extrañamiento hace milagros. Después, cuando leí a Micea Eliade contando ritos de iniciación: “se utilizan bramaderas para asustar al iniciado” , también lo relacioné vagamente con lo mismo.

Ayer fuí feliz como una perdíz todo el día gracias a un bote de pintura de pizarra. Como si me hubiera encontrado con otra que soy yo a los diez años. Todos deberíamos tener dos edades. He llenado la casa de superficies escribibles. Pero, Oh castigo!!!! Hay que esperar una semana para poder pintar encima. Como dentro de una semana no estaré he elegido tres palabras definitivas para la pizarra de la cocina.


No sé si fue la de diez años o la de cincuenta la que me dijo; mira Martita, esto son ejercicios espirituales.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Elogiemos ahora a hombres famosos


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Walter Evans.
Aquí debo decir, someramente, por lo menos, lo que no puedo dejar fuera del informe: que una casa de gente sencilla que está vacía y silenciosa en la vasta mañana soleada del sur rural, y todo lo que contiene por casualidad esta mañana en el espacio eterno, abandonada así, abierta e indefensa a un espía reverente, frío en su trabajo, irradia quedamente tal grandeza, tan triste santidad en sus exactitudes en la existencia, que ninguna conciencia humana podrá percibirla nunca correctamente ni mucho menos comunicarla a otro; que puede haber más belleza y más profunda maravilla en las posiciones e intervalos de muebles mudos sobre el suelo vacío entre los límites cuadrados de las paredes que en cualquier música jamás creada; que esta casa cuadrada, tal como se levanta en la tierra sin sombra entre los años sinuosos del cielo, es, no para mí, sino por sí misma, una de las bellezas serenas, definitivas e inasequibles de la existencia; que esta belleza se ha hecho entre la naturaleza herida pero invencible y las crueldades y necesidades más simples de la existencia en este tiempo sin cuidados y está inextricablemente unida a ellas y es imposible sin ellas como un santo nacido en el paraíso.
James Agee

Si las mesas hablaran, lo que te contarían.



Mientras me fabricaba "mi mesa", la definitiva, algo que casi todos hacen en esta casa cuando pasan de los cincuenta, me imaginaba un festín; que las mesas se volvían charlatanas.



Saben muchísimo sobre nosotros las mesas, y la que más la mesa de la cocina, que es primero el apeadero de la nevera, luego el lugar de la transformación y, con suerte, si ha alcanzado la altura correcta, el sitio dónde acodarse para charlar.   Por eso la restauramos con tantas ganas estos días.



Otra bien informada es la mesa de la comida, la nuestra la hizo Carlos en un pispas una noche buena que no teníamos donde cenar, cojea, pero es insustituible, ha recibido a tanta gente que ya se nos volvió sabia.



martes, 1 de septiembre de 2015

Vivimos en el centro de un polvorín




Esa frase se decía tanto que ya no significaba nada, sólo servía para comenzar una de esas conversaciones que se rezaban a la fresca cuando ya no había de qué hablar.

-La pirotécnica, el butano, la campsa, la base militar americana y los militares en el castellar: nada si se enzarzan a explotar en cadena.

Decía uno

-Pero la gasolina arde, no explota

Replicaba otro. Para tranquilizar.

Mi madre contaba como una gran peripecia de su infancia que los desalojaron porque se había escapado un misil de la base américana, los mandaron a dormir al río y pasó la noche jugando al escondite. Mi primera experiencia directa con explosivos fue a los nueve años, también por la pirotécnia, todavía veo moverse la lámpara y las paredes de la habitación de la abuela, luego, a los trece, estalló el butano, que puso la cocina naranja y mató a mucha gente conocida, y a los veinte o por ahí la petroquímica de Tarragona, donde estaba de visita. En aquella ocasión me sentía una experta, las calles estaban abarrotadas, todo el mundo corría, pero yo tenía la tonta certeza de que la cosa no iba a pasar a mayores, convencí a los que me acompañaban y nos sentamos en un bordillo a mirar aquel río de gente asustada. Menos mal que atiné.

En ese trocito de la ribera, en los pueblos que rodean al mío, tenemos acostumbrada la oreja a las bombas ; El Castellar es un campo de maniobras militares y allí todos los días juegan nuestros soldaditos a la guerra. Hace muchos años un amigo que estaba fuera compró por la mañana El País y encontró en la portada un obús entrando por la ventana de su habitación. Menos mal que se cruzó ese edificio en la trayectoria, si no lo hubiera parado el misil hubiera llegado hasta la piscina en hora punta.

Algo me sorprendió ayer cuando me enteré de la noticia de esta última explosión, cada periódico atribuía un término municipal a la pirotécnica al principio, y es que las ondas expansivas no admiten linderos, da igual que esté en Casetas, en Garrapinillos, en Utebo o en Pinseque. 

Volveremos a olvidar el riesgo, es la única manera de vivir en medio de un polvorín.


Mis condolencias a las familias.

domingo, 30 de agosto de 2015

La cena con Miss Amelia.







Todos los años viene a despedirse Miss Amelia, me doy cuenta de que ha llegado cuando busco las cerillas en un mono que no llevo, al apilar la leña para asar un filete sangriento, el premio de la jornada. Con semejante invitada la cena será larga, no hay que escatimar velas, manteles ni vajillas. Siempre me habla de lo mismo Miss Amelia: me recomienda tener el almacen ordenado para que pueda mullir el caos si llega hasta allí, también dice  mucho sobre la cara ocula de la soledad; una fortaleza que sigue excavando a mano, tantos años después. Anoche debió sentirse más en casa, se ha instalado por aquí un ambiente de crónica sureña, en la cocina está Steinbeck con Los vagabundos de la cosecha y rondan por todos los rincones Agee y Ewans con sus algodoneros. 
...
"Siempre había un montón de gente esperando junto a un molino; pero en las casas no tenían casi nunca carne suficiente, ni vestidos, ni tocino. La vida llegaba a convertirse en una larga y turbia rebatiña, sólo para conseguir lo necesario para mantenerse vivos. Lo más desconcertante es que todas las cosas útiles tienen un precio y se compran sólo con dinero, y que así es como está organizado el mundo. Sin tener que pararse a pensar, ya sabe uno cuál es el precio de una bala de algodón o de un cuartillo de melaza. Pero a la vida de un hombre no se le ha puesto precio: nos la dan de balde y nos la quitan sin pagárnosla. ¿Qué valor puede tener? Si se pone uno a considerar, hay momentos en que parece que la vida tiene muy poco valor, o que no tiene ninguno. Cuántas veces, después de haber estado uno sudando, y esforzándose, y las cosas no se le arreglan, se le mete a uno en el fondo del alma el sentimiento de que no vale gran cosa."
  
 Después cambia de tema, la viejita no pierde la ocasión, en cuanto la dejo vuelve a hablarme de su primo Lymon, que la amó hasta el punto de regalarle las piedras de su cálculo.

"Existe un tipo de personas que tienen algo que las distingue de los mortales corrientes; son personas que poseen ese instinto que solamente suele darse en los niños muy pequeños: el instinto de establecer un contacto inmediato y vital entre ellos y el resto del mundo. El jorobado era, sin duda alguna, de este tipo de seres."


Por la mañana ya no estaba y he seguido con las tareas. Estos días hemos restaurado muchos muebles, encontramos tres latas de pintura roja. Si quiero encontrar alguna respuesta para la pregunta en piedra tendré que bajar a la playa a por más, me faltan vocales.

Las citas son de La balada del Café triste, de Carson McCullers

viernes, 28 de agosto de 2015

Se hizo nervada y colorida la luz

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-Y tú qué haces.
-Molinear: bancos, gomas, goteros, veneno para las ratas, sindicato de riegos, pintura. Pero he tenido un ataque consumista, he ido a los chinos y me he comprado una tulipa para la lámpara de la mesilla por dos euros.
-Te tengo dicho que no hagas grandes inversiones sin contar con mi permiso.

Bromea mi padre.

Por la tarde consigo el primer trabajo manual bien terminado de mi vida, ya lo tenía todo pensado y las hojas secas.  Espero no quedarme hipnotizada  en lugar de leer.

Esmeradamente camuflada o de cuando imposto invisibilidad.



Basta fingir que no estoy para que los que se esconden aparezcan: en el aguacatero más cercano a mi habitación vive un buho, lo vi anoche. Supongo que está esperando a Manuelle, la mujer de los autillos.
Ya sé interpretar casi todos los gestos del molino y deducir a quienes invoca.

jueves, 27 de agosto de 2015

También en mi cabeza hay silencio.



Han vuelto los pájaros a la portá, las sábanas al tendedero, las almohadas a sus cajas y los manteles y las bajeras al baúl. Sólo se oyen los escalofríos de la nevera, la neurosis de la lavadora y a cigarras, pájaros y moscas, no las había oido tanto en todo el verano, empezaron a gritarme ayer.