viernes, 14 de octubre de 2011
miércoles, 12 de octubre de 2011
Recuperar la configuración anterior

Van unos diez años conviviendo con ese animal diminuto y su baño matinal es un importante rito diario para mí, además sabe protestar y pedir agua o música, o me lo imagino. Pero sobre todo es el único ser vivo que me contesta siempre que le hablo.
Vaya, un golpe, pero esa optimista insensata que me habita se puso a elucubrar: mejor que se haya escapado a que se hubiera muerto. ¡Cómo si no fuera lo mismo! ¡el Pichi no aguantaría en la calle vivo ni dos horas!
Recogí la jaula y me pareció enorme la ventana, estuve mirando al tendido sin esperanza de verlo porque es diminuto, pero oí a montones de pájaros.
Después, cuando puse en marcha el ordenador, me avisó de un virus. Primero intenté matarlo a mano, pero bajé otro antivirus y se clavó. Entonces recordé la frase que me ha colonizado durante toda la semana “recuperar la configuración anterior”. Me costó dos horas recuperar la configuración anterior del ordenador y las aproveché para preguntarme si sería posible recuperar alguna de mis anteriores configuraciones, aunque fuera la del día anterior con pájaro.
Cuando, por fin, el ordenador se puso en marcha, el Pichi salió de encima de un armario y se me posó en el hombro.
Vaya, una mañana de reflexión y aventuras.
lunes, 10 de octubre de 2011
María Salgado

L'heure bleue
[poema visual que no suena]
Una alimaña de aire
(no) ha hecho presa en ti
para soplar su espiga
por tu espina.
Pareces mentira cuando
(no) bailas
porque (no) tienes copa
(n)i ramas siendo un animal
dentro del tubo de otro, algo
como una campana.
Si (no) bailas, detengo
los pulmones hondamente
en busca de la (des)aparición azul
de un nido.
En el arbor de tu
brazada muda, de tu
cuerno invertido
me quedo (sin) la boca y
talo mi salud un poco más.
Luego es ya la hora que NO tiene sonido,
estoy perdiendo aire,
así el deseo*
*verso de Claudio Rodríguez
Dos infartos

La muerte me noquea y no me deja otra alternativa que consignarla, si no lo escribo es como si me hubiera saltado un capítulo importante.
Marqués
Íbamos a cenar todos juntos unos días después y nada más saberlo pensé que me intentaría sentar con Marqués y con Liset.
Nos reunimos antes de lo previsto, en el tanatorio, yo creo que no había llorado desde hace años con tanto berrinche como cuando habló Liset en el funeral. Andrés Marqués tenía una empresa que mandaba las remesas de los inmigrantes a sus familias, como fue la antípoda de la usura lo lloramos juntos gentes de muchos países y muchas razas. Cuando miré alrededor vi que todos estaban llorando como yo, era un lloro infantil, primario, lleno de rabia. Creo que Marqués era tan adulto que todos nos sentíamos muy niños allí.
Al final, para consolarnos como hubiera preferido consolarnos él, un saxo tocó una samba
Félix
Actualizo el país mecánicamente, con frecuencia lo actualizo y ni lo miro, pero saltó de la pantalla la foto de Félix Romeo y la noticia de su muerte que me jalaron hacia un agujero en el tiempo; de pronto él tenia veinte y yo veintitrés y estábamos en Las Fuentes. Fui rodando de imagen en imagen y caí en la cuenta de que de Félix había bastantes en mi vida. No fuimos amigos, pero con los años empezaba a aparecer algo tierno en nuestra enemistad. A los dos nos gustaba polemizar hasta el paroxismo, y las enganchadas nos devolvían furos y tímidos a toriles. Luego, cuando nos encontrábamos en los eventos literarios, nos meneábamos la cabeza y si se terciaba pasar cerca nos chinchábamos un poco. A nadie dejaba indiferente, se le extrañará.
martes, 4 de octubre de 2011
A vueltas con la peculiar ortodoxia de Chesterton

lunes, 3 de octubre de 2011
De otros recursos y otros árboles

El sábado mi cuerpo y yo necesitábamos hacer reposo en un jardín de otoño y el de M Jesús es precioso y enorme, ella lo intuía y me llamó temprano. Creo que “le bon vivre” tiene que ver con trazar rutas, con tener lugares a los volver, esos de los que, aunque pasen los años, nunca te vas del todo
Para reposar, para dejar de tener prisa por completo, para recolocar, es recomendable sentarse en un sitio desde el que se otee el tiempo desde lejos, por eso empezamos hablando de la edad de chopos, lilos, romeros, pinos, acacias, casi todo aquí tiene treinta años, y recordamos cuando empezó a crecer, y hasta quién plantó cada cosa.
La dama del pelo blanco cree que el jardín la ha vencido, sin embargo a mi me gusta esa locura de los dondiegos de colores creciendo entre las baldosas, los laureles rodeados de hijos, las cañas invadiendo el cajero de la acequia y la hierba con caracolas ribeteando una mesa. El jardín es adulto y no se deja ver de una ojeada, todo es robusto y ha conquistado su lugar, y es el campo, campo, pero de pronto aparece un banco debajo de un pino que nos traslada a una postal de película inglesa.
Pasamos casi toda la tarde hablando de plantas y María Jesús, que conoce bien mi jardín, me adelanta buenas nuevas, como siempre, esta vez solamente tiene que señalar un círculo de margaritas de tres metros de diámetro, empezaron siendo tres bulbos que le dio su madre, para que se vuelva a desplegar el muestrario de momentos gozosos que solamente serán posibles en la siguiente etapa.
viernes, 30 de septiembre de 2011
Y es que algunos días da gusto no querer ser escritora.

La primera ginecóloga que me ha visto ha puesto cara de susto, no me encontraba el cuello del útero, ha buscado refuerzos y han llegado cinco más. Entre todos lo han encontrado ¡Por fin! Un alivio. Poco después, tras mirarse mucho rato como si estuviesen ante un animal recién descubierto, después de mucho hurgarme mientras me paseaban un ratón por la tripa, después de que hayan puesto el monitor con colores fluorescentes para que viésemos los chorritos eléctricos que soltaba el ser, ha exclamado el más apuesto:
-¡Es un mioma parido!
Y se han relajado los seis.
Cuando mi ginecólogo me diagnosticó una menopausia y me trató con hormonas sobrealimentó al monstruo. Eso durante un año, ¡además me costaban un pastón! Y claro, tanto creció que quería salir, entonces pasó del útero a la vagina y ahora lo estoy pariendo, a trozos y mal. Nada dramático:
-Si los análisis salen bajos te ingresamos y te operamos mañana. Si estás bien hacemos un preoperatorio normal.
Para apuntar en el rabillo del ojo.
Este verano me dí cuenta de que ninguna de las mujeres a las que he leído hablaba sobre la menstruación. Me dí cuenta gracias a Chantal Maillard, que sí habla. Inevitablemente me puse a calcular los ríos de tinta que hubieran corrido si los hombres tuviesen la regla, pero no pasé de ahí. Bueno sí, lo comenté en clase, donde todas éramos chicas aquél día, y no le dimos mucha bola.
Ayer, por casualidad, dí con un comentario sobre El laberinto de la soledad de O. Paz y me reencontré, otra vez, con esa idea atroz de “La rajada” que me sentó como una descarga eléctrica.
Hoy, cuando volvía a casa ¡qué bien se piensa sola y conduciendo! me preguntaba si las mujeres mataremos menos porque tenemos mucha, demasiada, relación con la sangre.
Otros
No sé si tengo algo contra mi ginecólogo, que atiende todos los días a otras cien y me parece un buen hombre que se equivocó. Desde luego los seis que me han encontrado el útero han puesto tanto interés en las pesquisas como yo misma. ¡Qué paciencia para hacerte partícipe de tu cuerpo algunos médicos!
Aunque por aquí nadie se imagina todavía un país sin Seguridad Social ¡Existen! Y los problemas más menudos para la mayoría son atroces.
Que cuente esto puede parecer el acto exhibicionista de una hipocondríaca. Lo es sin duda. Un atentado contra el poco erotismo que me queda. Desde luego. Hasta un síntoma de tacañería; así lo cuento solo una vez: por aquí pasan los amigos y mi médico, y sé que estaban preocupados.
miércoles, 28 de septiembre de 2011
Reencuentro literal

Íbamos paseando por el camino de la fundición, yo tenía unos 17 años y creo que había hecho pirola, a la altura del puente verde José Mari me dijo:
-Y ya verás como podremos conectarnos a la biblioteca nacional y leer lo que queramos.
Se me caía la baba, pero no creí ni una palabra de sus premoniciones. Desde aquí le pido disculpas, casi treinta años después, por el ignorante escepticismo, y le doy las gracias por lo esclarecedor que me resultó luego su vaticinio.
Hace dos semanas vi un documental sobre la maleabilidad del cerebro y me regalaron un libro electrónico. No sé qué fue antes pero los dos descubrimientos se relacionaron íntimamente, y empecé a cambiar mis costumbres por si estaba a tiempo de conquistar un trozo más de sinapsis.
Con los libros electrónicos había hecho lo mismo que con los higos chumbos, calculé sus virtudes pero con displicencia, y decidí que llegarían solos. ¡Para qué quería yo mil doscientos libros en el bolso si lo que me pasa es que, cada vez más, leo los mismos muchas veces! Además había que disciplinarse, manejar el asunto con lucidez, porque la informática y sus posibilidades acumulativas ni son del todo inocentes ni nos dejan inmunes.
Cuando llego el aparatito a mis manos imaginé a la criada de Kien, el protagonista de Auto de fe, también en el paro, y recordé una frase de Borges que parecía una exigencia clave para manejar bien el invento: Ordenar bibliotecas es ejercer de un modo silencioso el arte de la crítica. Pero sobre todo empecé a acordarme de los títulos de todos los libros que he ido perdiendo con la certeza de que los recuperaría.
Y estoy pletórica.
Ahí estaban.
Y por eso no escribo. Porque estoy leyendo.
Imagen Ansel Kiefer
