sábado, 20 de octubre de 2007
Te vi
¡Estoy melómana!
El otro día se preguntaban los Marlango qué canciones les emocionaban siempre.
Me parece una buena pregunta así que me la hice
Ayer encontré en el periódico a Caetano que se ha transformado en rokero, con su armonía se puede transformar en lo que quiera, me seguira embriagando. Y me acordé del emcionante y lejano concierto al que pertenece esta canción
viernes, 19 de octubre de 2007
¿Dos anécdotas?

1
No sé si era ansiedad, pero a media mañana no podía soportar el hambre y ya me había comido mi almuerzo, a veces, después de reunir mucho valor, abría un poquito el papel y me comía un cachito diminuto del bocadillo de alguien. La trasgresión ya me colmaba, soy de transgresiones pequeñas, unas cuantas todos los días, pero diminutas. Teníamos quince años ¿quién no iba a saber de mis maniobras?. Aunque lo recuerdo milimétricamente todo no me recuerdo apenas a mi misma, solo sé que la chaqueta era muy gorda, y gris, y que se me caía de los hombros, me recuerdo como una silueta desordenada que leía Rayuela y a José Donoso tirada en el porche siempre muerta de hambre, y nada más.
Sospecho que nadie me creerá si describo una sala de estudios de entonces. ¡La que pueden montar cincuenta adolescentes fumando al mismo tiempo!. Siempre envidie esa maestría con que Lezama hace crecer una raya de tiza, yo nunca sabré hacer nada con aquel montón de humo.
Entre la humareda aparecieron con un croissant caliente y me dijeron:
-Toma, para ti.
Y después de que lo engulliera con auténtica gula, no tanto de dulce como de aquella amabilidad tan extraña, nueva, deliciosa, dijeron a carcajadas:
-Estaba en un radiador, todo el mundo que pasaba escupía encima.
2
Creo que las clases acababan a las cinco, pero entonces salía el autobús del otro pueblo, nosotros nos quedábamos con el bedel, nos dejaban abierta una sala y allí nos sentábamos, en el suelo, en fila, a esperar 45 minutos. Nunca entendimos porque los traían más tarde y los devolvían antes, pero nadie se quejó.
El bedel era un despistado y yo sabía que el cliche del examen de francés estaba en el cesto. Me colé en la oficina mientras él iba a buscar algo, en los pocos minutos que dejó la puerta abierta me escondí debajo de aquella chaqueta enorme un buen puñado de cliches entre los que estaba, sin duda, el examen del día siguiente.
El pacto fue:
-Tu consigues el cliche y nosotras rellenamos las respuestas y te pasamos la copia, a las ocho, en el Ayuntamiento
Al día siguiente copie las respuestas, aunque había cosas que me sonaron raras. Saqué un cero, ellas un diez cada una. Como colmo me dijeron que no sabía ni copiar.
3
Cambié de instituto al curso siguiente, me fui a estudiar a Zaragoza. Y todavía ahora, casi treinta años después, sigue pareciéndome extraño que esas dos historias me impulsaran de un modo tan claro : fue la primera vez que me fui. Entonces tampoco sabía que me seguirían inquietando siempre.
Ellas son ahora profesoras de instituto, y supongo que serán buenas profesoras, aterrorizadas por la violencia escolar.
martes, 16 de octubre de 2007
Escaneando cerebros enamorados
Siempre me ha interesado, con motivos, la química del cerebro, pero además me divierto mucho con esta batería de sustancias explicativas y su montaje visual: los libros que se caen al principio, la dopamina como el quinto de caballería, el zoom, pasarse del pop a Mozart, el escaner de los cerebros enamorados. ¡Esa retórica!; "poco podemos hacer": ¿no es literaria?.
Salgo mal parada, creo me desaconsejan el colocón del amante porque tengo baja la serotonina, es crónico y hereditario, pero saberlo me da ventaja contra las neurosis y no suelo bajar la guardia. Eso si, a partir de ahora voy a desterrar el lenguaje amoroso de mi vida. Nada de veleidades poéticas, me preguntaré cuando proceda: ¿es la dopamina y la norepirefrina cabalgando sobre mi hipotálamo?¿me ha anegado un coctel químico y no es gin-tonic?
Ya en serio: esto termina con una pregunta que me apetece lanzar al aire. Ahí va.
jueves, 11 de octubre de 2007
Otro otoño
Otoño Antonio Gómez
En fiestas del Pilar llaman amigos que no han llamado en mucho tiempo. Como si estuvieran utilizando agendas viejas. O tuvieran el collar de los días trucado y les hubiese salido una cuenta que pertenece a otra vuelta. Como si quisieran hacer con cada día un espejo de otro y eligieran días remotos, difíciles ya de reflejar. Al final lo consiguen, me apunto a las regresiones; y sigue y sigue cambiando lo mismo.
Donde más otoño he visto en mi vida es en La selva de Iratí, se congrega tanto otoño allí que me prometí volver todos los años, todavía no lo cumplo a raja tabla, pero este año iré. Iba a decir que es el lugar en el que más colores he visto, y no es cierto, pero casi.
miércoles, 10 de octubre de 2007
Remedio contra la angoise para Sonia: Mon Oncle
Sonia esta canción es una receta infalible que he heredado de mi padre, oír esto de una a tres veces cuando la angustia aprieta es efectivísimo.
- Ya no tienes otro trabajo en todo el día que quitarte el sonsonete de la cabeza, pero la angustia se va.
Dice Matías.
Si no te vale con una dosis administrate la pelicula de Tati entera, merece la pena volver a verla en estos tiempos nuestros, de tantas y tantas tecnologías.
martes, 9 de octubre de 2007
Avizorar el rostro de los otros enmascarados
"Necesitaba una tradición para mi deseo, no quería afrontar esa especie de extravagancia del ser, que me hubiera puesto en la obligación de fundar un partido con los retiramientos del crepúsculo y los gritos del pescador. Necesitaba avizorar el rostro de los otros enmascarados".
lunes, 8 de octubre de 2007
La sarna, los piojos y la pobreza

A pesar de que vivo en un ambiente con pocos tabues, siempre hay cosas que ¡no se pueden contar! Mi madre me ha prohibido terminantemente contar que he tenido la sarna. Las pocas veces que ha salido el tema se pone detrás del interlocutor y me grita con gestos que no siga, y es que mi madre nació en el 36 y recuerda muy bien la mala fama de la sarna que siempre se consideró, erróneamente, producto de la poca higiene, como los piojos.
Aprovecharé para contarlo ahora que no me oye.
El ácaro de la sarna primero se acomoda entre el índice y el pulgar, ahí solo, en la mollita entre los dos dedos. Empieza con un picor que parece inofensivo pero que es muy persistente. Yo recuerdo que lo noté en casa de Nora. Ella dijo: va a ser sarna. Y todo cambió. Cambió porque desde aquel momento empecé a imaginar a los bichitos que me recorrían ya la mano entera, y entendía perfectamente que les estaba abriendo el camino si me rascaba, pero no podía dejar de hacerlo. Fui tomada por los ácaros en pocas horas y no sólo me tomaron a mí; aquella misma noche empezamos todos a rascarnos: José, Fran, Blanca, Marian, vaya que tomaron la casa entera. Parecía que teníamos el baile de San Vito, dejamos de ser gente normal, con obligaciones, para dedicarnos a las contorsiones continuadas. La pila no daba abasto, cada tantos minutos alguien desesperado se echaba por encima un jarro de agua. El baño, que estaba en el patio, tenía un techo de uralita desde el que se veía ahí nomasito el volcán, nos subíamos para esperar turno mientras los otros se aliviaban y hubo paroxismos de picor que por poco nos tiran del tejado. Subíamos por una escalera de palo que tenía debajo un hormiguero gigante, aquellas hormigas eran tan grandes que casi les dabas los buenos días, y les cogimos manía hasta a las hormigas. Acabábamos de descubrir el poder del microcosmos, millones de bichos se movían lejos de nuestro control.
Nos costó terminar con la plaga: tuvimos que comprar un bidón en la gasolinera y hervir toda la ropa. Ahora, cuando le pregunto a José si me seco con su toalla me dice.
-Pues claro Martita, no preguntes pendejadas, que nosotros hemos compartido la sarna.
Si algo entendí cuando viajé en el tiempo fue gracias a mi madre. Ella me había contado mil detalles que luego no pasaron desapercibidos porque podía comprenderlos con sus palabras. Por ejemplo, cuando ella era pequeña pusieron aquí al lado una base militar americana, me ha contado mil veces la perplejidad que sentía cuando miraba, escondida detrás de un matojo, a aquellas mujeres con pantalones cortos que jugaban al tenis. Cuando vivíamos en San Salvador, no recuerdo cómo, llego a casa una mesa de ping-pong que colocamos en un corredor que daba a la calle: los niños miraban a través de la celosía y yo reconocía a mi madre y me veía a mí misma, trastornando el tiempo con una raqueta y unos pantalones cortos. Una tarde, en Chalatenango, hubo una sublevación de niños hambrientos a la que me sumé; decidimos comernos las piñas que estaban a medio crecer, y aquellas piñas a medio crecer eran como el pedazo de pan negro que mi madre escondía detrás de un espejo que estaba lleno de telarañas, y por supuesto la Arse se podía haber llamado Antoñita.
Hay una pobreza que es aliada a muerte de la limpieza, ¡que despropósito estigmatizarla con la sarna y los piojos!, ¡cualquiera los disimulaba! Me conmueve mucho que mi madre me haya prohibido contar que tuve la sarna.
domingo, 7 de octubre de 2007
Juventud, aquiescencia y melomanía
viernes, 5 de octubre de 2007
Marlango
Hay días que se salvan por la música y yo he tenido hoy un estupendo día con ánimo Marlango.
(sobre todo un día The Electrical Morning, pero no he encontrado la canción para subirla aquí)

