martes, 18 de septiembre de 2007

Habemus conexión



Asi que como soy una precipitada pego, tal cual, lo que había anotado. Sin ordenes ni sentidos.


10/Septiembre/2007

Quedan trozos de noche, pienso siempre cuando llego al molino, y soy tan afortunada que estoy sentada en uno de ellos. Espero a que se vayan todos a dormir para que no haya ni una luz.

El infierno, al revés de lo que se cree, es un lugar ininterrumpidamente iluminado. En los lugares donde habitamos se llama oscuridad a la penumbra, pero la oscuridad de verdad sucede muy pocas veces y muy lejos de lo cotidiano.

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Mañana viene Rene, hace un año que no nos vemos. Pasará de ser lejanísimo a íntimo en cinco minutos. Pero esos cinco minutos son importantes. Nos permiten percibir mucho mejor que los días posteriores todo lo que hemos cambiado.

Las primeras preguntas y respuestas, su entonación, contienen todas las claves. No volveremos a mencionar los temas centrales, pero sabremos como irlos matizando. Sabremos influirnos, con qué bromear y en qué cuidarnos.

¡Ojala fuésemos capaces de acercarnos y alejarnos de los que nos importan más veces!.

Para desaprenderlos y desaprendernos, dirá Merche.
Para deconstruirlos y desconstruirnos dirá Rene.

aunque no es exactamente lo mismo.

Pero eso lo dirán después, dentro de unas cuantas cenas.

11/Septiembre/2007

Hay que, hay que, hay que. Tornillos, pintura, cristales, correo, periódicos, tabacos, llamadas, bancos. Hay que bajar a Almuñecar. El molino abduce y siempre es una mala noticia tener que bajar a Almuñecar. Pero Blanca sabe como estimular y recuerda las primeras navidades, cuando aquí no había nada más que sacos de cemento y una enorme chimenea donde terminábamos apiñados y dice:

- ¡Vamonos guajirita que nos estamos apropiando del espacio, no podemos parar!.

Y la verdad es que ¡cómo nos hemos civilizado!. Apropiarse del espacio es degustar todas estas fases como si fueran eternas. Sin aquellos lodos esto no tendría tanta importancia. Y ahora es un gran placer poder celebrar la llegada con todo recogidísimo y una nevera auxiliar repleta de bebidas frías.

La conquista del nuevo espacio prosigue, hay que pintar la habitación. Siento que esta es mi primera habitación propia (que nadie piense que esto es un guiño y que idolatro a la Wolf , solo me parece un modo exacto de nombrarlo), la cosa tiene otra miga que tengo que comentar con la psicóloga (de bolsillo le decimos y se dice), Merche, que ahora lee en el porche. Para empezar la habitación tiene dos paredes de cien años, una tiene la marca del pesebre, y otras dos paredes de tres años o por ahí. Por cierto que chupan tanta pintura las paredes muy viejas como las muy jóvenes.


12/Septiembre/2007


La Blanch se va a Madrid, no puede escaquearse, están grabando, en la recta final.
Sucede.

Extraño trío Merche, Rene y yo.

Conversación anual, terapia Roemesma para alejarse del propio ombligo y recoger las armas y actuar. Las grandes responsabilidades, lo importante, las tareas. El “para qué”.

Con Merche, conversaciones esclarecedoras también, atentas.


15/Septiembre/2007



Blanca ha venido el fin de semana. Hemos ido a las Alpujarras pero no nos hemos sentido muy impresionados, sigue siendo su mejor tirón la sonoridad de su nombre.

A la vuelta hemos pasado otra vez por el mar de plásticos. No hay nada peor que desear una sequía para que esta mierda se acabe. Creo que uno de los lugares que me ha dado más asco en el mundo es El Ejido, con sus ricos nuevos, analfabetos y esclavistas. Todo esta bien tapado, aunque se vea desde el espacio, los plásticos disimulan bien a los inmigrantes que trabajan y sobreviven ahí debajo, cocidos en sustancias tóxicas.

Luego, en las conversaciones de salón nos rasgamos las vestiduras: ¿Cómo pudieron convivir los centroeuropeos con los campos de concentración en la orilla de sus ciudades?, decimos, mientras saboreamos un inocuo tomate.

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Durante la cena Rene nos ha estado hablando de los Mai-Mai, tribu guerrera congoleña en la que existe la inmortalidad aunque exista la muerte. Solamente se muere en la batalla si se transgrede la ética de la guerra: si se roba a los vencidos o se viola a sus mujeres. Dicen los que quedan vivos.

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He rematado el día sentada dónde se intuye el mar, donde la montaña se hace noche, tomandome un gin-tonic a la orilla del rio seco, cuanto todos se habían ido a dormir y no quedaban luces. Y he notado que la imaginación y el tiempo son largos cuando te espera una habitación tan jóven y tan vieja y tan blanca.

jueves, 6 de septiembre de 2007

Nostalgia de ciclos y armonías.



Me cuesta soportar que me empiecen a hablar de las vacaciones de verano en marzo y que me intenten vender la lotería de navidad desde julio. Odio que me hagan pensar en las fiestas del Pilar en agosto.

Ese adelanto de fechas me recuerda lo que le pasaba al motor del dos caballos, aquella correa seguía girando, hasta iba más deprisa, pero patinaba, no podía agarrarse a los piñones.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

Suicidios evitados




Otra cosa buena de los blogs son las ganas de copiar aquí las cosas que voy leyendo. Aunque me reprimo.
Acabo de leer "Álbum de Radiografías secretas" de Sender y, entre otras muchas historias sabrosas, cuenta esta que ocurrió a dos amigos suyos:

"Hallándose los dos en Málaga en una casa de campo durante la guerra civil española (...) se vieron un día rodeados y amenazados por los fascistas y sus vanguardias marroquíes y decidieron suicidarse. Entre los sabios las fronteras de la vida y la muerte son más fluidas que entre nosotros. Decidieron matarse de la manera menos dolorosa posible. Una inyección de cianuro de mercurio. Y Peter Chalmers la preparó y ofreció la jeringuilla a Jeans quien advirtió inocentemente:

-No, hombre, primero hay que hervir el agua.

La reacción de Jeans era producto del automatismo defensivo. Peter Chalmers rió a gusto y dándose cuenta Jeans, los dos celebraron aquel gracioso absurdo. Aplazaron el suicidio.

Afortunadamente no tuvieron que suicidarse porque un barco inglés fue a Málaga a recogerlos y a llevarlos a Londres"

domingo, 2 de septiembre de 2007

David




¡De los intentos de permanecer quieto!, decía, y he terminado comiendo con Carlos, me lo he encontrado "en la otra casa", había venido a ver a mi madre. Hemos comido en un restaurante colombiano tan bien ambientado que a ninguno de los dos nos hubiera extrañado salir a la calle y estar en la Zacamil. Ha sido una comida productiva, hemos estado hablando de David. Desde que me enteré de la muerte de David, el pequeño comandante, he tomado más conciencia de que él es lo más cercano a un mito con dos piernas que voy a conocer en mi vida, es una sensación de privilegio extraña, difícil, noto que debo hablar de David, ¿retratar a David?.
Ya empecé, a mi modo, de soslayo, poco antes de enterarme hace quince días por Marisa de que había muerto, en la cama, de un cáncer raro.

-Marisa dice que David era un guru. ¡Qué extraño decir era!. Yo estoy de acuerdo pero además me parecía un chaman y un místico. Todos los que lo conocimos sabemos que David no era de este mundo Marta.

Me dice Carlos y se ríe.

-Palabra de Indio

-Pero tampoco nos impresionaba que no fuera de este mundo, no nos impresionaba nada. Una vez baile con David, luego siempre le di calabazas, aún recuerdo como me recorrían extrañas ondas magnéticas.

-Además de David tu sabes más cosas, siempre he pensado que a ti te dejó conocerle, puedes empezar por hacer memoria con nosotros. ¿Tendríais problemas concretos?. ¡Hablasteis durante casi tres años ininterrumpidamente!. Si hasta notas tendrás. Haz memoria. Nosotros te podemos dar información muy concreta, de la guerra, antes de que lo conocieras, él era el responsable de las FAL, una escuela militar del Frente en Chalate, y Chalate era la zona más dura, ser místico, guru y chaman no estaba reñido con ser estratega militar entonces.

-Y cura

-Eso y cura.

Tuvimos problemas concretos, muchos, ¡como no los vas a conocer!, el que más recuerdo era con un chaval de dieciséis años que había violado a las hijas de su compañera, que tenían trece y catorce.David me pidió consejo pero tenía su decisión tomada. No lo iban a denunciar, había que hablar con él, y con las chavas, había que averiguar si eran o no violaciones primero, era normal que hubiese habido connivencia por parte de las chicas, al final el padrastro era casi de la misma edad, y era posible que ellas lo hubieran contado porque en aquella casa lo que había era una disputa, o simplemente un juego que a veces se desequilibraba.

-Y cuando sepamos realmente que pasa, entonces podremos actuar, usted con sus armas y yo con las mías Marta - me decía el comandante. No dude que las tenemos.

Cuando me decía aquello todavía me sentía más inerme, recuerdo que aquella noche miraba el caño desnudo de la única tubería que soltaba cuatro gotas, acababa de lavarme las manos con un jabón que había traído Mariantonia de un hotel de cinco estrellas. Me olía las manos, miraba el caño y aun entendía menos. No era solo entender que el sexo era otra cosa allí, y era otra cosa la muerte, y era otra cosa reproducirse; las fronteras estan menos definidas-como en la chabola de
Tiempo de Silencio- pensé , y me di cuenta de que no había entendido nada.

-Aquí las cosas son bastante terribles, pero fuera de aquí son peor, aquí podemos hablar con él, no es mal chamaco, si va a la cárcel desaparece, nos lo cargamos, y destruir una vida con una decisión luego pesa.

Estábamos sentados en el porche de la casa comunal que era mi casa. Y oíamos las carcajadas en la champa de al lado, en la que se desarrollaba el embrollo.

-Oiga Marta, y no me juzgue. Esos no suenan mal. Se ríen. Tienen tortillas y frijoles y se ríen, la madre anda panzona, y los chicos juegan, y juegan. El padrastro es otro chico.Lo tiene en clase y lo sabe. Aquí el sexo es animal, sin dramatismo, sin consecuencias, sin Freud, sin Shakespeare. Ahora bien, tiene razón: surgió un problema, tendremos que resolverlo porque es social, y este desvergue de que todo el mundo vaya regando hijos, sin tener siquiera que salir de la casa, es grave, sobre todo para las mujeres, y si no se cuenta con ellas ya no hay nada que contar, y una cosa le voy a decir, aquí esto hay que hablarlo con Albertina y que convoque una reunión con las mujeres. Y usted sabe que hay que pensar a corto, medio y largo plazo. Y no hay que pensar en lo que el problema tiene de uno, sino en lo que esconde de todos.

Me dijo, y yo no dije nada..

-¿Y de qué más hablabais?

-De filosofía, a mi me quería en realidad para hablar de filosofía. Wintgesnstein lo llevaba de culo. Recuerdo noches y noches cenando en ranchones de vuelta a San Salvador desde Chalate. Mezclaba con todo su obsesión por Wintgenstein aquella temporada, pero siempre tenía sentido oírlo pensar en voz alta, otro sentido, nunca podré reproducirlo. Tambien me hablaba mucho de su estancia en Rusia, y en Vietnam. Una de aquellas noches la PNC nos registro a ver si llevábamos armas. Yo creía que no, claro, pero El Petit empezo a desmantelar el coche y había de todo, largas, cortas, en fin, estaba sentada encima de un arsenal, legal, eso si.

-Si podrás. A Marisa casi la volvió loca, estaban los dos en la mesa de los acuerdos de paz, y David seguía en su nube, tranquilito, poniéndolos nerviosos a todos. Yo creo que con nosotros descansaba por lo que dices, porque sabía que no lo reverenciabamos, que nos reíamos de él y con él, el petit, sonrisa plateada, le decíamos de todo. ¿Te acuerdas que peleas con su busca cuando tenía que venir a pagarnos?, y luego nos quedabamos sin agua y aparecía el comandante con el picap lleno de guacales. Lo dicho, era un estratega.

-Era pragmático y era utópico, estaba convencido de haber encontrado la intersección entre las dos cosas. Y a veces tenía razón. Sigo creyendo que iba bien. La cooperativa funcionaba, la gente vivía un poco mejor en Las Minas, unian fuerzas, otro día te cuento el robo del ganado.

-Claro, pero sobre todo lo que tenía David era gente. David tenía una base social. Y tu sabes porque tenía a tanta gente de su parte, entre otras cosas porque los conocía, o todos se sentían conocidos, únicos, atendidos por él.

Bueno, por hoy vale de David, que me voy a leer los periódicos, aún me están esperando en la terraza.

sábado, 1 de septiembre de 2007

De la quietud y los sábados.




Hay muchísimas cosas que no me gustan nada de mí misma, pero creo que la que menos es esta tendencia a que todo me resulte un poco indiferente. Retraso las vacaciones y no pasa nada. Al balcón a leer el periódico tan contenta con mi palmera de fondo. Además los espacios se convierten en otros cuando se supone que ya no deberías estar allí, que deberías haberlos abandonado hace rato y con prisa.

Ya en la terraza, y aunque no tengo ni una cerveza para tomar vermouth, tengo una imagen placida del mundo: me imagino que en este momento hay un montón de amigos haciendo lo mismo que hago yo, buscar un rincón solitario con sol para leer los periódicos, seguramente los mismo periódicos, c´est veut dire, los sábados El País y el ABC. Me gustan las sincronías aunque sean vulgarzotas, y es una coartada para recordar unas cuantas caras agradables, incluidas algunas que hace años que no veo, un modo sencillo de sentirme muy acompañada.


Como telón de fondo sigo pensando que debería hacer una lista de las cosas que no me gustan de mi misma. Pero enseguida me paro en el título de un libro de Jenny Diski, a quién no conozco de nada: “de los intentos de permanecer quieto”. Ese tema me interesa, pero la verdad es que estar de vacaciones y no tomarte siquiera un vermouth me parece fatal, leer eso, precisamente ahora, se carga mis intenciones de permanecer quieta. Ahora vuelvo

jueves, 30 de agosto de 2007



Me pregunto que repercusión tendrá sobre la salud esperar horas en esas salas repletas de ánimos alterados y de camillas.

Anoche primero me fijé en los que iban solos. Los que aparentemente estan sanos son los más enigmáticos en una sala de urgencias. Había dos chicas de muy pocos años entre los solitarios. Una era africana y algunos pacientes comentaron una y otra vez lo evidente, que estaba sola, se notaba simpatía, todos hubieran querido que se sintiera acompañada, pero aquí se habla mucho al aire y en tercera persona, si no conoces los códigos ni sospechas que se están dirigiendo a ti, así que la africana no respondió. En la camilla contigua había otra chica joven, extremadamente delgada, que leía un libro y movía ininterrumpidamente las piernas, desde la cintura hasta la cabeza estaba muy tranquila, aquellas piernas delgadísimas y su danza parecían pertenecer a otra persona. Luego llegaron sus parientes, su hermano y una cuñada, era rara y nadie la miraba ni le hablo al aire cuando estaba sola. Acerté, la chica padecía un extraño semi-budismo. Como si solo hubiera conseguido ser budista hasta la cintura y las piernas se rebelaran con los ayunos. ¡Cualquiera diagnostica esto!, pensé, yo creo que ni Italo Calvino podría resolver el enigma.

Yo iba con mi madre y mi tía, que estaban macabras e insoportables, ambas se sienten culpabilísimas por fumar, Emma además de ser hipocondríaca está especializada en el cáncer de pulmón. Total que mi madre tenía fiebre y no se sabía de donde provenía, hasta ahí gripe, pero bastaron cinco minutos de contacto con su hermana para auto diagnosticarse un cáncer de pulmón judeocristiano. Me vino bien el chiste que me había contado Sonia por la mañana para neutralizar a Emma, es una conversación entre un optimista y un pesimista, el pesimista dice

-esto no puede ir peor

Y el optimista le contesta

-claro que si, claro que puede ir peor.

El viejito de la silla de al lado nos miro mal porque nos reímos, él estaba muy dramático porque su mujer se había roto una pierna, pero entonces empezó una tertulia de diez o doce crónicos que se reían a carcajadas y se puso a odiarlos a ellos. Eran una verdadera pandilla, todos estaban muy mal pero ya hacía mucho que los diagnosticaron, se habían acostumbrado a pasar la noche allí, midiéndose la tensión y las plaquetas, y se notaba que para ellos era una fiesta coincidir. Al lado del señor enfadado una mujer rubia pasaba las cuentas de un rosario.

-Pero como hay gente que reza aún el rosario, dijo Emna, aunque a mi más me valdría rezar el rosario que fumar pensando en el cáncer de pulmón. Los seres humanos no hacemos más que tonterías. Anda líame uno de esos tuyos que no me he traído el tabaco.

Y nos encontramos en la calle con la gitana a la que le acaban de dar el alta, que me pidió que le liase otro cigarro, fue la noche del Van Nelle, y nos contó que aquella misma mañana se había tomado un frasco de tranquimazin.

-Esta tontería no la hago más, total para pegarme aquí desde las nueve de la mañana que es lo único que he sacado, esta bueno este tabaco, qué ganas de fumar tenía.

Pero entonces llegó un coche lleno de gitanos a buscarla y tiró el cigarro. Curioso, no le dio miedo tomarse el tranquimazin y le daba miedo que la vieran fumando.

Pasaron muchas más cosas en esas cuatro horas, ni siquiera he mencionado al rumano borracho acompañado por trece o catorce paisanos, pero lo dejo aquí para no meterme en un relato eterno, y es que amanecía casi cuando volvíamos a casa, fumando las tres.

martes, 28 de agosto de 2007

El tiempo, o el septimo sentido





Al fondo de la calle había una estación de ferrocarril clausurada y en la televisión ponían Ciudadano Kane. Hacia mucho calor y durante los anuncios me asomé al balcón. Sé que fue entonces. Pero me sigo preguntando:

¿Qué se debe hacer con esas revelaciones graves cuando estan a medio plantear?

Umbral





Complicado hablar de Umbral, lejos de mis vocaciónes escribir necrológicas, pero yo siempre hablaba bien de él porque había escrito "Mortal y Rosa"; le recomiendo a todo el mundo que lo lea, ahí va un fragmento:

EL METRO, ya sabes, la noche rápida y fulgente, las filtraciones, los escapes, la vida, fracasado es el que a los cuarenta años viaja en Metro, recuerda, el que tiene una moneda la cambia, el que tiene una moneda la cambia, te lo decías en la conciencia, lo repetían las ruedas del Metro el traqueteo, farallones de sombra, paredes humanas, el descenso al Metro, qué inmersión en la catacumba rauda de los tiempos.

Volver al Metro. Cuando una ciudad tiene acacias, soles provincianos, cerveza, cuando una ciudad ignora el intestino férreo que le corre por el alma, el hombre de la calle, dicen, el hombre de debajo de la calle, y dabas la peseta, entonces el Metro valía una peseta, y te daban un billetito, un cartoncito, algo, consérvese a disposición de cualquier empleado de la compañía, consérvese a disposición de cualquier empleado de la compañía, era cuando entrabas en el Metro batiendo fuerte las puertas de hierro, inmenso útero latiente de multitud, de olores, de vendedoras, de carteles, y la mirada negra del empleado, bajo la gorra metropolitana y descosida, dando suelta al gas, al pitido, abriendo y cerrando las compuertas como una guillotina horizontal para el monstruo humano de mil cabezas.

Amor en el Metro, toda la charcutería de las manos aferradas a la alta barra despintada, prohibido subir y bajar en marcha, antes de entrar dejen salir, prohibido vender en los coches, y el bajorrelieve de los rostros, la arcilla de la vida repartida en caras, muecas, cansancios, risas, estupefacciones y bocas. Macerados de profundidad, herméticos de velocidad, obstinadamente desconocidos, mayoría silenciosa de allá arriba, nocturnidad de aquí abajo, cada cabeza con su aureola de olor, de sufrimiento, de pelo, el alma como una colonia pobre, el cuerpo como un saco muy usado, y las flores profundas de la axila, y el orín secreto de los años.

Viajar en Metro con un papel en el bolsillo, con el recado de la vida, con la carta de recomendación o la factura del mueble, y el aluvión de las madres, los funcionarios, la juventud y los mendigos. Todo un panel de ciudad, todo un mural de caras en el vagón, humanidad al temple, color bombilla, y la catástrofe rauda del Metro, su torpeza de hierros contra hierros, hasta la sonrisa inesperada de la muchacha pobre, el sol de las profundidades en un pelo de mujer o el agua quieta y cómplice de las miradas, entre tú y yo.

Viene de todo al Metro, ya sabes, de modo que cuidado con los hombres de mirada verde que miran al hombre, como leíste una vez, y sálvate en esa cara obrera, en ese zarzal de pecas, en la niña planchadora, recadera, oficiala, aprendiza, en la muchacha sin empleo fijo que tiene el perfil estremecido por los reflejos subterráneos y los ojos llenos de anuncios. Te acercabas a ella cuando se removía la humanidad del Metro, y vuestro silencio comunicante sonaba ya más que todas las conversaciones del vagón a ése que le den por donde le gusta, te prometo que me quedan cinco duros, macho, estoy volcado, éste siempre corto de pasta, usted verá, doña Águeda, qué hacemos con él si en el Seguro no le dan la baja y el corazón lo tiene cada día más hinchado.

Un bloque de silencio entre tú y yo, una barra de silencio en torno de la cual saltaban las conversaciones intermitentes y desdentadas del Metro, hasta la estación final, o aquélla adonde tú te bajabas, con un giro leve del perfil, que no sé si era una invitación o una despedida, pero yo me iba detrás y salíamos a una plaza con jubilados, a un barrio grande y poblado, con muchos camiones escorados y muchos toneles de vino desguazados en mitad de la calle. Era tu barrio, y qué difícil romper el acero de silencio que se había forjado entre nosotros, después de haberte visto subir las escaleras del Metro con prisa de gacela obrera, y tus piernas de andar y bailar, y un paraíso suburbial, con huertos y talleres. Pero no es verdad que me dieras la mano áspera y niña y me salvases para siempre entre tus soles y tus girasoles de barrio, sino que estoy aquí para siempre, otra vez en el Metro, siempre en el Metro, como no es verdad que otra vida pase a través de mí, otro tiempo más claro, el que tiene una moneda la cambia, el que tiene una moneda la cambia, la vida sólo es el sueño alto y soleado de los que vamos en el Metro, de los que imaginan un allá arriba con niños y buen tiempo.

El hombre del Metro sueña una ciudad de sol y ocio a la que nunca sale, la ciudad de las estatuas y los bares es una pesadilla del hombre de allá abajo, del viajero hundido, del que va en el Metro, tú, yo, asiento reservado para caballeros mutilados, todos caballeros mutilados, las madres terribles con la bolsa de la compra abultada, como otro embarazo, y la chica leyendo un libro gordo, y el de los recados silbando en el Metro y el sembrado de cabezas que tengo debajo de mí, una calva con mapas, una pelambrera con brillos, los cuatro pelos sobre un cráneo blanco y lechoso, la huella de las tenacillas en un pelo gris de mujer, como una ceniza en olas tenues de resignación, y el maíz violento de un pelo de muchacha, cebada adolescente que perfuma e ilumina. No, la ciudad no existe, la ciudad es una locura, una invención, una esperanza, una mentira. La sueñan desde allá abajo los que van en Metro, ánimas del purgatorio en túnel, justos en multitud, limbo húmedo, catacumba veloz. No existimos, no tomamos café, no hacemos el amor. Sólo nos sueña, desde lo profundo, un hombre silencioso que va en Metro"

Citas que confluyen




En menos de una semana he anotado todas estas citas "saludablemente indigestas" que diría Sender, se habrán reunido por algo:

"No ha vivido mal aquel cuyo nacimiento y cuya muerte han pasado desapercibidos"
Horacio

"Creéme, el hombre que ha sabido esconderse ha sabido vivir"
Ovidio

"Antes loco con todos que cuerdo a solas. Es el mayor saber a veces no saber, o afectar no saber. Hase de vivir con otros, y los ignorantes son los más. Para vivir a solas: Ha de tener o mucho de Dios o todo de bestia. Mas yo modelaría el aforismo, diciendo: antes cuerdo con los más que loco a solas. Algunos quieren ser singulares en las quimeras"
Baltasar Gracian.

"La verdadera distinción consiste en evitar la distinción. Es decir, la diferenciación. Es verdad que solo los tontos quieren ser únicos y llamar la atención"
Ramón J. Sender

miércoles, 22 de agosto de 2007

Conversaciones con Sonia




Parece que esto lleva camino de convertirse en el juego del verano, Sonia es especialista en lanzarme guantes, en preguntar y preguntar hasta que yo también me interrogo. El lunes fueron las arañas. Hoy nos tocan las páginas que se caen de los libros, los diccionarios y un armario vacío. No hay normas, ella escribe una entrada y yo me dejo inspirar. A las dos nos viene bien hacernos compañía, hablamos un rato a media mañana casi todos los días, tan pronto nos consultamos por el nombre de un autor como por un dolorcillo del alma o por un personaje de los que tenemos a medias. Trabajar en casa y aquí delante es duro sin buenos interlocutores.

Mi imagen favorita de hoy es ese armario vació que tiene Sonia en su estudio. Se nota que es previsora de otro modo: “nunca se sabe cuando se va a necesitar un armario vacío”, eso si es una declaración inesperada. Enseguida nos hace pensar en lo innecesarios que son los armarios llenos, en las cosas que ya no se podrán guardar en ellos, por ejemplo un melón.

A mi no me produce una mala sensación que se vayan cayendo las hojas de los libros. Me gusta leer algo que se va deshaciendo por tanto uso, son tan recomendables esos libros muy leídos, pienso, como comprar en el puesto del mercado en el que hay más gente. Me viene a la memoria un ejemplar de “Oscuro como la tumba dónde yace mi amigo”, de Bruguera, primero se le desprendieron las tapas y luego iba descosiéndose poco a poco, desanudándose las hojas por delante y por detrás. Intentaba yo sujetar todo aquello de autobús en autobús, cercada por la destrucción leía con mucho cuidado las páginas centrales, mientras avanzaba imparable hacía mi el hilo, el que antes lo había sujetado todo. Tuve también un ejemplar de "Paradiso" de Bruguera, me lo había regalado un amigo y había puesto en la dedicatoria: “No lo llamo porque él viene”. Pues bien, se fueron cayendo las hojas, incluida la dedicatoria, y ya nunca más he visto a quien me lo regaló, no lo he llamado tampoco, que una presta oído a los mensajes y los obedece.

Lo de que se caigan las horas, la piel, el pelo; envejecer es algo que paradójicamente temen más los más jóvenes. Poco a poco te das cuenta de que no es tan malo, de que no pasa nada, de que los años te compensan y tienes arrugas y también tienes otro bienestar, es algo que de joven yo no podía ni imaginarme, espero que eso nos pase a todos.

Oye, estupendo que no puedas terminar los cipreses Sonia, para mi que hay lecturas dañinas.