jueves, 25 de febrero de 2010

¿Por qué son caros los libros en Kiev?


Es el título del primer trabajo impreso por Nikolai Leskov, un autor no tan conocido como sus coetáneos Dostoyevski, Gógol o Tolstoi, que fue profundamente admirado por Gorki y a quien Chejov consideraba un maestro.

Walter Benjamin, en su ensayo “El narrador”, convierte a Nikolai Leskov en el paradigma de éste, entre otras razones porque el ruso pensaba que la literatura no era un arte liberal. Gran admirador de Heródoto, se consideraba artesano, como él, y escribía en consecuencia. El narrador, se sostiene en este ensayo, está a punto de desaparecer porque está desapareciendo el valor de la experiencia, que es la que lo nutre. Después de la guerra mundial Benjamin exclama:

¿No se advirtió que la gente volvía enmudecida del campo de batalla? No más rica sino más pobre en experiencia comunicable.

El proceso de desaparición del narrador ha sido lento: han hecho falta muchos siglos para que fuera relevado por el novelista, en gran medida su contrario:

Destaca la novela frente a las demás formas de literatura en prosa -fábula, leyenda y novela corta, incluso- en no proceder de la tradición oral ni integrarse en ella. Pero sobre todo destaca frente al narrar. El narrador toma lo que narra de la experiencia: de la suya propia o de la referida. Y la convierte a su vez en experiencia de aquellos que escuchan su historia. El novelista se ha segregado. La cámara de nacimiento de la novela es el individuo en su soledad, que ya no puede expresarse de manera ejemplar sobre sus aspiraciones (…). Escribir una novela es llevar al ápice lo inconmensurable de la representación de la vida humana.

Pero el narrador ha sido desplazado por otros enemigos, sobre todo por la prensa, que nos instruye sobre las novedades del orbe en lugar de contárnoslas y lograr emocionarnos:

Y sin embargo somos pobres en historias dignas de nota. Esto se debe a que ya no nos alcanza ningún suceso que no se imponga con explicaciones. En otras palabras: ya casi nada de lo que acontece redunda en beneficio de la narración, y casi todo en beneficio de la información. Y es que ya la mitad del arte de narrar estriba en mantener una historia libre de explicaciones al paso que se relata.

Dan ganas de copiar muchos más párrafos de este libro, que además tiene efectos secundarios; abre el apetito de leer a Leskov, quien, después de ese estupendo título que le he robado, escribió cuentos sobre oficios, sobre el alcoholismo, sobre la clase obrera y también sátiras sobre reyes y relaciones internacionales. Lo que fue viendo, contó.


Lecturas relacionadas

Walter Benjamin. El narrador. Ediciones Metales Pesados.

Nikolai Leskov:

Lady Macbeth de Mtsensk. Traducción de Silvia Serra y Augusto Vidal. Madrid: Ediciones Internacionales Universitarias.

Lady Macbeth de Mtsensk y otros relatos. Traducción de Fernando Otero Macías. Barcelona: Alba.

La pulga de acero. Traducción de Sara Gutiérrez. Madrid: Impedimenta.

El pavo real. Traducción de Jorge Segovia y Violetta Beck. Vigo: Maldoror.

El peregrino encantado. Madrid: Alba, 2009.

Enlaces

La tormenta en el vaso: Reseña de La pulga de Acero
http://latormentaenunvaso.blogspot.com/2008/02/la-pulga-de-acero-nikoli-leskov.html

Editorial Impedimenta
http://www.impedimenta.es/ficha_pulga_acero.htm

Imagen: Nikolai Leskov, retrato de Walentin Serow, 1894.

2 comentarios:

Jesús Alonso dijo...

Cuantos buenos narradores se han perdido al convertirse en novelistas. ¿Por qué lo hacen? ¿Por dinero?

Marta Sanuy dijo...

No sólo.

Me temo que no es una opción personal y consciente sino una pérdida colectiva y mucho más grave. "la pérdida del valor de la experiencia" dice Benjamín.

Pero el asunto tiene intringulis, para mi que el prestigio de novelista, mucho más laminero que el dinero para muchos, aún, los sitúa en un lugar, la torre de cristal, en el que no hay nada que narrar.

sigo indagando que está apasionante.