Estaba tan ensimismada viendo mirar que no me daba cuenta de que estaba “barriendo el paseo con la chaqueta”, me ha dicho la intrépida ciudadana bilbaína que ha osado interrumpirme hoy, mientras buscaba la estación de tren, por la tarde.
Ensimisma ver a tantos eligiendo entre garbanzos iguales, creyéndose escondidos en alguno de esos colores inflamados de luz de escaparate, buscándose con desesperación, soñando con la exacta apariencia que su otro les ha usurpado y necesitan recuperar, con poco dinero y para poco rato.
La desolación, casi la peor tristeza, suele atropellarme en alguna calle comercial, todos los años, todas las navidades.
Siempre acumulo un par de días de retraso. Pero es porque le hago caso a mi padre, que es un oráculo, y me tomo mucho más tiempo del que necesito.
Lo primero es descansar y luego cansarse.
Mientras tanto llegaron las mandalas de Antonio Gómez, y actualizamos las articulaciones, y hablé mucho de membrillos, hipérico, rosaledas y aromáticas con un jardinero.
Ayer, que anduve culebroneando entre libros todo el día, me acordé de cuándo Inés abrió el armario del pasillo y exclamó: ¡qué libros más viejos tienes! y un rato después puso cara de salir de un túnel. Abrí la cueva buscando libros de los que exclamar ante mis alumnas ¡in-du-da-ble-men-te! como me enseñó a decir Joselín, desde los talones. Y también buscando algún reencuentro porque siguiendo mis migraciones anuales me voy muchos días, con toooooodas las Lolas-Moras, al Cantábrico en invierno, y hace falta un a qué agarrase cuando se viaja sola.
No iba buscando pájaros, pero los encontré, hay pájaros, además de los sapos y culebrones que denuncia mi madre, en el armario.
Reclinas la cara en la melancolía...
Reclinas la cara en la melancolía y ni siquiera oyes el ruiseñor. ¿O es la totovía? Soportas mal el aire, dividido entre la fidelidad que debes a la tierra de tu madre y al casi blanco azul donde el ave se pierde. La música, digámoslo así, fue siempre tu herida, mas también sobre las dunas fue la exaltación No oigas el ruiseñor. O la totovía. Dentro de ti es donde toda la música es ave.
Eugénio de Andrade
Versión de Aníbal Núñez
p.d En Historias Inflamablescuenta Inés un homenaje a José Emilio Pacheco más apetecible que nuestros premios y fastos, que a mi me agotan. En el homenaje de Mexico el año pasado lo que pasó fue que:
“Como este año era el primero- señala Francisco Vargas- no había recursos y apenas recibimos apoyos institucionales, que solo respondieron dos días antes. Tenemos suerte porque hoy a la una de la noche habrá luna llena, así que el momento va a ser mágico”.
Tengo un pájaro, un pico de coral, lo heredé, yo nunca adquiero responsabilidades con seres vivos indefensos, no me siento capaz porque siempre me he sentido indefensa. Pero me sentó bien quedarme con el pichi, ya hace siete años que siempre está a mi lado. Alguna vez conté por aquí su historia. Es un pájaro alegre, sociable, de costumbres regulares, vivaracho, poco más grande que un colibrí. Me hace gracia que suene de fondo el pichi en todo lo que grabo. Se baña a las once y siempre contesta cuando le pías.
Se escapó la otra tarde, a veces se escapa, y se quedó encajado entre el enorme mueble y la pared, cada mucho rato le oía aletear; no sé si me producía más angustia el aleteo o el silencio, lo intentamos sacar con un palo de escoba, con una regla muy larga, pero nada, lo logré rescatar a las dos de la mañana. Desde entonces está asustado, anoche no se dormía, pío como un loco hasta las tantas, hoy ya son las doce y aún no se ha bañado. Le pongo música, siempre ha sido un pájaro melómano, la del blog de Nuria le sienta muy bien, tiene buena mano Nuria , aunque su especialiad sean los peces. Me siento como la enfermera de un ser que abulta como mi dedo gordo, sólo se me ocurría hablarle, entonces me puse a indagar sobre pájaros, acabo de darle zanahoria, imagino que le alegrará la jaula, aunque no quite el miedo, ni los barrotes, sin barrotes su destino serían unas fauces.
Hacía pocos días Miguel Casado me había recordado en su libro "La experiencia de lo extranjero" al pájaro de Francis Ponge:
Creí poder escribir mil páginas sobre cualquier cosa, y resulta que con menos de cinco ya estoy sin aliento, y me desvío hacia el inventario. No, me doy cuenta de que de mí (y del pájaro) puedo ingenuamente sacar otra cosa. Pero en el fondo lo que importa ¿no es captar el nudo? Cuando haya escrito varias páginas, al releerlas percibiré el lugar donde se encuentra ese nudo, donde está lo esencial, la cualidad de pájaro. Creo que lo he captado ya. Dos cosas: el pequeño saco de plumas y el fulminante despegue caprichoso (el asombroso despegue). Al lado de esto, también la cabecita, el cráneo triturable, las patas de alambre, el mecanismo de desplegamiento-desplazamiento, la extravagancia de las curvas del vuelo. ¿Y qué más? No, no va a ser fácil. Voy a recaer quizás en mis errores a propósito de la gamba. Valdría más entonces dejarlo en estas notas, que me disgustan menos que un opus fallido.
Varias veces he tenido también la idea -es necesario que la anote- de hacer hablar al pájaro, de describirlo en primera persona. Tendré que probar esa salida, tantear ese procedimiento.
Y, ¡cómo no!, también recordé un estupendo libro de Óscar Solsona, "La superficie del pájaro"que algunos días dejo abierto y que se puede leer entero en la red, allí dice por ejemplo:
continua el vuelo sobrevolando calles edificios otras plumas
campos del hombre
por miles de kilómetros o en un centímetro
maquinarias hasta lo intacto hasta llegar a nuestro intacto acariciando la superficie pájaro muchas veces pronunciar pájaro y no temer la forma del texto
y también:
la superficie del pájaro es un oráculo cotidiano al alcance de unos pocos de todos
de quien puede de quien quiere
La imagen es también de Francis Ponge
p.d A mi me entusiasma ése francés y me encantó que a Miguel Casado también.
Sigo teniéndole manía al adjetivo surrealista, se ha convertido en una de esas palabritas con significado cero, de las que valen para un roto y para un descosido. Es la que más me recuerda, quizá, como el lenguaje balbucea a través de nosotros, totalmente reducido a sonidos, sin intentar decir nada. Puede ser mala leche, pero me parece un síntoma de pereza acordada a la chita callando, ¿han observado para cuantas conversaciones sirve de cierre, punto y aparte, aquí no hay nada más que decir ni analizar, la palabra surrealista? ¡Vaya pesadilla!
Poco más a simple vista esta semana.
Bueno, hubo un temblor a simple vista. Estaba chateando por primera vez en diez años con Vladimir, un amigo salvadoreño, cuando tembló en Chalatenango. 6.0. Que ya es. Cinco minutos después lo estaban diciendo en el informativo de las nueve aquí. Desde su cámara se veían las ventanas de la oficina, hacía viento y ya estuve inquieta toda la conversación, pocas veces tiembla sólo una vez, yo lo sé, y cada vez que se movía la silla le preguntaba. Cuando me decía que era el aire tenía la impresión de que me quería engañar. Todo muy realista.
Y claro, el premio de Ferlosio, que recomendó para los no muy duchos empezar su último libro por la página 89 cuando yo iba por la 75 y me alegré de haberlo oído tan tarde.
Ya me gustaría que la pregunta de hoy fuera mía, pero es de Jules Renard.
La recordé leyendo la última novela de Luis Landero, Retrato de un hombre inmaduro, cuando dice:
Mi voz era serena y mi dicción muy castellana. No sé, me expresaba con tanto esmero que notaba como el habla se iba manchando de escritura
La historia de la literatura podría ser también la de las elásticas distancias entre el lenguaje que se dice y el que se escribe, ya que comparten tantos territorios: ambos narran, los dos informan y organizan...
A las buenas preguntas enseguida les salen un montón de hijuelos: ¿Son o no son lo mismo nuestras historias y las de las novelas y los cuentos que leemos?
En el magnifico libro Las Semanas en el Jardín decía Rafael Sánchez Ferlosio
Hay que advertir, en este punto, que el sistema gramatical de la narración -sistema mucho más cuajado y especializado de cuanto a primera vista pudiera parecer- no es, en modo alguno, y cualesquiera que puedan ser su origen y consagración, patrimonio exclusivo de los literatos, sino que pertenece enteramente a los dipositivos funcionales de la lengua común: a todo hablante le es dado ponerse en la singular actitud del narrador, de manera que acierte sin vacilación alguna con los mecanismos gramaticales específicos que le corresponden-otra cosa será que, además de esto, tenga el don de usarlos con gracia y el arte que no a todos son concedidos por igual en este mundo
P.D. Borges quería quitarle importancia a Ramón Gómez de la Serna diciendo que sólo le había puesto el nombre a las gregerías, que inventarlas las había inventado Jules Renard.
Imagen Atsuko Arai, que ya la puse aquí el primer día pero es que ésto es para otro sitio y hay cosas con las que vale repetir
Hoy la música la pone Mercedes Comendador, la + bella, cómplice medular de esa radio única que sigue creciendo despacio pero fresca, sana y polimórfica.
Ha estado toda la semana regalándome proyectos, entusiasmos y joyas para la inteligencia, para la emoción y para las orejas. Bueno como siempre.
Por si a alguien se le pasó vuelvo a recomendar sus 38 Toneladas , un documental de peso.
¡Cuándo yo tenga Alzheimer nadie va a recordar lo que nos pasó! ¡Vaya vejez que nos espera! Tengo una banda de desmemoriados biográficos alrededor, y cuando se acuerdan de algo lo tienen desordenado, manejan otros recuerdos y muchos datos importantes, y claro, la cabeza es un recipiente limitado. Es extraño contarle a los demás su propia vida, pero también es divertido; primero ponen cara de laguna y luego miran a lo lejos.
Por cierto. Que éste sitio no tiene ningún tipo de aspiración literaria, que nadie se inquiete. Sólo tiene pretensiones prácticas, entre otras los ejercicios nemotécnicos, pero ese es otro tema para otro día: el de los escritores profesionales y esta marabunta de gente inepta a la que nos ha dado por escribir. Hoy no tengo ganas de hacer bilis. Pero ¡oigo y leo cada cosa! Prefiero ponerme el Juanita Banana y montarme una buena percusión tecleando lo que pasó aquellas navidades de hace ocho años, es como ordenar fotos, ¡nomasito!
La primera foto es la del plano invisible de la Yuca o Izote
Esas navidades fueron las primeras del molino, bajando la cuesta Blanca dijo:
-¡Mira la Yuca!
Y Carlos contestó
-Es un Izote
Sé exactamente en qué curva dijeron eso porque se me tragó allí mismo uno de esos agujeros del tiempo de los que nunca hablamos, uno de esos momentos a los que sabemos que vamos a volver toda nuestra vida, y lo sabemos, además, mientras están sucediendo. Los minutos de absoluto. Debajo de la Yuca estaba Biwe, debería decir está porque en mi cabeza no se ha movido. Y ya que me pongo confieso que luego, cuando íbamos los mismos en el mismo carro, sentados en los mismos lugares, y coincidía que Biwe estaba otra vez bajo la Yuca, yo aprovechaba y me ponía Buñueliana. Siempre intento volver a ver la Yuca o Izote como aquel día, pero ese plano se ha esfumado.
El molino era entonces una ruina de molino, me agota sólo pensar que lo tengo que describir, es como tener que volver a poner las baldosas. Nos arremolinábamos frente a la chimenea grande en cuanto caía el sol, hasta dormíamos allí, y por el día albañilería. La primera noche, después de cenar, Carlos sacó aquella cinta del pleistoceno y con ella llegó Juanita Banana a nuestras vidas para quedarse, el segundo momento de absoluto en pocas horas. ¡Y lo que es tener un himno!, ya no volvió a ser lo mismo el esfuerzo, mover sacos, hacer cemento y subir placas de pladur. Además el canto no era continúo, era inesperado, alguien decía lo de lalaralalalala, o daba pie con el momento álgido; cuando el padre quema las seis toneladas de bananas y se va a la ciudad, y compra una guitarra y se encuentra con su Juanita. ¡Se montaban unas polifonías! Nos dio para muchas fotos aquella euforia coral, pero creo que la mejor es la del día que tuvimos un trabajo terapéutico, lijar puertas al sol, y ensayamos en serio.
Fueron llegando las navidades, las meras meras, y vino a visitarnos la familia de Blanch de Vero con alguien nuevo, el compañero de Lucia, un inglés. Entonces sólo sabíamos de Brian que era un vegetariano riguroso y que había tenido problemas por su activismo en defensa de los animales en su país. Tercera foto, aunque aquí sale un video corto. Ellos bajan del coche, vienen hacia nosotras a cámara lenta, se aproximan, la sonrisa se va convirtiendo en un rictus, desconcierto, bajamos la mirada, pensamos rápido, nos desconcertamos nosotras también, aún más que ellos, Blanca sonríe y me susurra
-¿como saludamos ahora? ¡sin manos!
Yo llevaba dos conejos y Blanca sus pellejos, nos los acababa de matar José debajo de un árbol para la cena.
La cuarta es la que prefiero. Esa la grabamos de verdad pero al mes siguiente les robaron a estos otros la cámara en El Congo. Vieron a cenar en noche vieja Miriam, una alumna mía y Jesús, su marido, que es el gallego-andaluz más gracioso de la tierra.
Inauguramos el año con una caimada a la luz de las llamas, Jesús tuvo la delicadeza de traer la traducción al castellano que Blanca y yo íbamos leyendo. De pronto Martín y Rene se pusieron a traducir al holandés el conjuro, creo que estaban por el “vientre inútil de la mujer soltera” cuando se iluminaron con la luz de la hoguera sus gafas ¡cómo si acabaran de ser inventadas! como si fueran el último artilugio en Europa que aquellos peregrinos acababan de importar. Duró muchas horas aquella conversación-traducción, y fue, no digo más, mi viaje más largo en el tiempo.
P. D. Volviendo a los escritores profesionales, yo les diría que tener un yo vicario, pues tampoco es una garantía, lo verdaderamente recomendable sería no tener ninguno, ningún yo, digo. Y volviendo a Juanita Banana, que sirva de homenaje a Luis Aguile.
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