
viernes, 20 de noviembre de 2009
Hoy pincha la + Bella

miércoles, 18 de noviembre de 2009
De Juanita Banana al yo vicario
¡Ay!
¡Cuándo yo tenga Alzheimer nadie va a recordar lo que nos pasó! ¡Vaya vejez que nos espera! Tengo una banda de desmemoriados biográficos alrededor, y cuando se acuerdan de algo lo tienen desordenado, manejan otros recuerdos y muchos datos importantes, y claro, la cabeza es un recipiente limitado. Es extraño contarle a los demás su propia vida, pero también es divertido; primero ponen cara de laguna y luego miran a lo lejos.
Por cierto. Que éste sitio no tiene ningún tipo de aspiración literaria, que nadie se inquiete. Sólo tiene pretensiones prácticas, entre otras los ejercicios nemotécnicos, pero ese es otro tema para otro día: el de los escritores profesionales y esta marabunta de gente inepta a la que nos ha dado por escribir. Hoy no tengo ganas de hacer bilis. Pero ¡oigo y leo cada cosa! Prefiero ponerme el Juanita Banana y montarme una buena percusión tecleando lo que pasó aquellas navidades de hace ocho años, es como ordenar fotos, ¡nomasito!
La primera foto es la del plano invisible de
Esas navidades fueron las primeras del molino, bajando la cuesta Blanca dijo:
-¡Mira
Y Carlos contestó
-Es un Izote
Sé exactamente en qué curva dijeron eso porque se me tragó allí mismo uno de esos agujeros del tiempo de los que nunca hablamos, uno de esos momentos a los que sabemos que vamos a volver toda nuestra vida, y lo sabemos, además, mientras están sucediendo. Los minutos de absoluto. Debajo de
El molino era entonces una ruina de molino, me agota sólo pensar que lo tengo que describir, es como tener que volver a poner las baldosas. Nos arremolinábamos frente a la chimenea grande en cuanto caía el sol, hasta dormíamos allí, y por el día albañilería. La primera noche, después de cenar, Carlos sacó aquella cinta del pleistoceno y con ella llegó Juanita Banana a nuestras vidas para quedarse, el segundo momento de absoluto en pocas horas. ¡Y lo que es tener un himno!, ya no volvió a ser lo mismo el esfuerzo, mover sacos, hacer cemento y subir placas de pladur. Además el canto no era continúo, era inesperado, alguien decía lo de lalaralalalala, o daba pie con el momento álgido; cuando el padre quema las seis toneladas de bananas y se va a la ciudad, y compra una guitarra y se encuentra con su Juanita. ¡Se montaban unas polifonías! Nos dio para muchas fotos aquella euforia coral, pero creo que la mejor es la del día que tuvimos un trabajo terapéutico, lijar puertas al sol, y ensayamos en serio.
Fueron llegando las navidades, las meras meras, y vino a visitarnos la familia de Blanch de Vero con alguien nuevo, el compañero de Lucia, un inglés. Entonces sólo sabíamos de Brian que era un vegetariano riguroso y que había tenido problemas por su activismo en defensa de los animales en su país. Tercera foto, aunque aquí sale un video corto. Ellos bajan del coche, vienen hacia nosotras a cámara lenta, se aproximan, la sonrisa se va convirtiendo en un rictus, desconcierto, bajamos la mirada, pensamos rápido, nos desconcertamos nosotras también, aún más que ellos, Blanca sonríe y me susurra
- ¿como saludamos ahora? ¡sin manos!
Yo llevaba dos conejos y Blanca sus pellejos, nos los acababa de matar José debajo de un árbol para la cena.
La cuarta es la que prefiero. Esa la grabamos de verdad pero al mes siguiente les robaron a estos otros la cámara en El Congo. Vieron a cenar en noche vieja Miriam, una alumna mía y Jesús, su marido, que es el gallego-andaluz más gracioso de la tierra.
Inauguramos el año con una caimada a la luz de las llamas, Jesús tuvo la delicadeza de traer la traducción al castellano que Blanca y yo íbamos leyendo. De pronto Martín y Rene se pusieron a traducir al holandés el conjuro, creo que estaban por el “vientre inútil de la mujer soltera” cuando se iluminaron con la luz de la hoguera sus gafas ¡cómo si acabaran de ser inventadas! como si fueran el último artilugio en Europa que aquellos peregrinos acababan de importar. Duró muchas horas aquella conversación-traducción, y fue, no digo más, mi viaje más largo en el tiempo.
P. D. Volviendo a los escritores profesionales, yo les diría que tener un yo vicario, pues tampoco es una garantía, lo verdaderamente recomendable sería no tener ninguno, ningún yo, digo. Y volviendo a Juanita Banana, que sirva de homenaje a Luis Aguile.
martes, 17 de noviembre de 2009
La incertidumbre
lunes, 16 de noviembre de 2009
Bailando hasta el apagón
Cuando una canción decide perseguirte, ya se sabe, has perdido la cabeza, estás a su servicio, no la has elegido, te ha elegido y va a asaltarte hasta en sueños. Me gustaría leer algo interesante sobre este tema tan común.
Las persecuciones, inexplicables, algunas horrorosas, otras divertidas, todas agotadoras, no siempre son individuales. No es que pretenda meterme en un jardín, interesante por otro lado, hoy no voy preguntarme cómo afecta el ritmo de los himnos y los salmos a la conducta. Es suficiente con recordar aquellas navidades: terminamos ocho o diez personas cantando por todos los rincones, día y noche, el Juanita Banana.
De perdidos al río. Ya van cuatro o cinco días, ¡me canso!, veamos si es verdad que las obsesiones se ahogan en sus propios excesos y termino pillándoles manía a los Vetusta. Y si no lo consigo con esto me pongo el Juanita Banana, me cago en diez.
(luego están las otras condenas implícitas, la de no poder quitarme del todo de barroca ni de popi)
viernes, 13 de noviembre de 2009
De Susi a María Jesús, de Utebo a Suchitoto

martes, 10 de noviembre de 2009
domingo, 8 de noviembre de 2009
Del desamor a la chistorra

viernes, 6 de noviembre de 2009
Los viernes con otra música y algún jardín
domingo, 1 de noviembre de 2009
Sobre lo verosímil: de la guía del Trotamundos a La vida loca

La guía del trotamundos es una de las lecturas más humorísticas que he encontrado leídas in situ, al menos la que cayó en mis manos en un autobús de vuelta de Chalatenango un viernes. Eso iba leyendo cuando llegue a la troncal del norte, esa estación en la que los cobradores te meten a empujones en el primer autobús, vaya a donde vaya, y tienes que subir y bajar de tres o cuatro antes de coger el tuyo. Avisa, avisa, visa, visa. Entre mis pequeñas transgresiones estaba la de sentarme detrás, eso allí es una trasgresión: todo el mundo se apiña en las primeras filas porque los mareros toman el fondo. Habíamos desarrollado una teoría, quizá suicida, creíamos que la vulnerabilidad era proporcional a la cantidad de miedo, el miedo emite un olor que obstaculizaba la comunicación y había que vencerlo desde dentro, detrás de aquellos tatuajes había una persona y en décimas de segundo deberías ser capaz de que te viera o te oyera, y para eso verlo y oirlo.
Aquel día que me cayó un marero en la estación de autobuses, en el último asiento, también funcionó el invento. Funcionó siempre para nosotros, pero no le funcionó siempre a Christian Poveda.
Los atracos en El Salvador no son así nomasito, son con pistola, con machete como mínimo, pero siempre hay un método para que no te roben, no llevar nada. Yo aquel día llevaba unas gafas de sol, un vestido de flores de Marian, en el que no se podía ocultar nada y la guía del trotamundos. Vaya cuadro guiri. Le di el bolso, con nada, el libro y las gafas y le dije:
-Que ondas maje si yo no ando pisto, que vas a creer que porque sea chele. Mirá, mirá, para vos el bolso chavo, enteriiiiiiiito, tres colones ando, gana es lo que traigo de un tamal y una Pilsener pero no hay con que.
-¡No te pueeeeeeeeeeeeeedo creer! Serás huevona vos.
De ahí arrancamos la plática hasta la parada de mi casa en la otra punta de la ciudad, cuando llegamos ya me había contado su vida, era hijo de emigrantes, había crecido en Chicago, allí se había hecho pandillero, "en los estados porque ni modo, no había de otra, todo el mundo necesita tener su gente men, su grupo, y los mismos cheros de allá y ahora aca”. Luego lo deportaron, había llegado hacía tres años a este país, en plena postguerra, y “se había cargado de bichitos que querían comer todos los turnos”, luego me contó sus dudas, sus miedos y sus miserias, ya éramos cheros, ¡pues!, cuando llegamos a Ayutuxtepeque se vino a casa, a
Su historia era la historia de casi todos cuando empezó esta vaina demencial en los noventa, cuando aún era un virus recién inoculado que sonaba a comic: la dieciocho contra los salvachucha. Cuando era redonda la jugada para los Estados Unidos, que incubaban bandas para deportarlas luego; además de librarse de ellos resultaban un arma más poderosa que ninguna de las bombas en las que tanto pisto se habían gastado. Las vidas en El Salvador empezaron a estar de saldo, se pusieron aún más barats, todas, las de los sindicalistas, las de los cooperativistas y las de los políticos de izquierda sobre todo, se engancho una guerra con otra. Mi pequeño comandante tuvo doce atentados o asaltos en un año, uno al mes. ¿Increíble? , créanlo, es absolutamente cierto.
viernes, 30 de octubre de 2009
Avishai Cohen
Gracias sol

