jueves, 2 de febrero de 2012

Cómo no, Wislawa Szymborska.




Por la mañana he estado leyendo Instante con mi padre en la consulta del dentista, creo que nunca habíamos leído juntos ni un poema. Luego nos hemos ido a tomar vermout, hemos brindado por la Szymborska y le he contado por qué querría ser como ella cuando sea mayor. Me ha gustado reencontrarla durante todo el día en tantos sitios.


APUNTE


Vida: única manera
de cubrirse de hojas,
tomar aliento en la arena,
alzar el vuelo con alas

ser perro
o acariciar su cálido pelaje;

distinguir el dolor
de todo lo que no lo es;

tener lugar en los hechos
meterse en las vistas,
buscar el menor de los errores

Excepcional ocasión
para recordar por un momento
sobre qué se habló
con la lámpara apagada;

y para una vez al menos
tropezar con una piedra,
mojarse con alguna lluvia,
perder la llave en la hierba;

y dirigir la mirada tras una chispa en el viento;

y sin cesar no saber
algo importante.

El poema es deInstante, ed Ignitur. La traducción de Gerardo Beltrán.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Agriculturas a lo divino


Puede resultar hasta dañino pensar en frutas a mitad de invierno. En mi memoria las frutas en invierno no eran más que naranjas y las manzanas pedorras del instituto, que sólo servían para simbolizar la eternidad y desatar batallas en la plaza después de la comida. Pero llegaron aires molineros cargados de emanaciones de la casa y me puse a pensar en frutas, “el árbol frutal forma parte de la casa... no es la marca de la ausencia…recordé.

Y lo busqué y releí:

En la exquisitez de sus agriculturas a lo divino, San Francisco de Sales nos toca con su sabiduría, cuando nos recuerda que si en la lasca lunada de una almendra, grabamos un nombre y lo ajustamos de nuevo a su nuez, todo el fruto repetirá el secreto allí impreso.

Un poco más abajo encontré lo que buscaba:

Los cronistas de aguacate llaman pera, sorprendidos de esa mezcla de almendra y de pera, de aceite y de misteriosa linfa. Don Juan Montalvo, le llama con desdén carne de perro vegetal y la rehúsa en sus banquetes. Qué horror. Deslumbra tanto como la piña, aunque su carne es muy a lo humano. Gran asimiladora de la lluvia, la piña se le adelanta por su absorción del rocío del amanecer. Pero hay un rocío de la medianoche, casi lluvia de caladillo, que parece irle derechamente a la entraña del aguacate. Esta natural retorta de almendras, regala todos los días de medio año, el puré cotidiano de lo maravilloso incorporado.

Como esos combates entre divinidades lunares y solares, tan frecuentes en la India, el mango guarda en su corteza como la diversidad de una paleta crepuscular, o unas valvas moluscoidales de amanecer. Medialuna morada, espirales amarillos, crecientes verdeantes, guardan el ofrecimiento de una pulpa solar acompasada. El yodo que decanta, prez de los capilares, está en las muscíneas de los comienzos. Yodo de algas, de estrellas de mar, de holoturias que chillan los bandazos de la marea. Cuando nos enteramos que dio cuatro frutos el primer árbol de mango sembrado, que fueron vendidos a onza cada uno, precisamos la magia equivalente de aquella contratación, un oro de pulpa, que era cambiado por un oro de fiducia. El precio del sabor de este fruto, guarda siempre como la nostalgia de aquella onza. Nuestro gusto paga siempre una onza por este asombro de germen solar.

En un trópico que no es el nuestro, el de Pablo y Virginia, el crecimiento de un árbol es la marca de una ausencia. En el nuestro, el árbol frutal forma parte de la casa, más que del bosque. Forma plena la de la fruta, es la primera lección de clásica alegría. Es un envío de lo irreal, de una naturaleza que se muestra sabia, con un orden de caridad, indescifrable, que nos obliga a ensancharnos. Nos dan esas frutas por la incorporación, una plenitud más misteriosa que la imagen en el camino del espejo. Si tapásemos todos los espejos, por donde transita la muerte, las frutas de nuestro trópico, al volver a los comienzos, alcanzarían la plenitud de su diálogo en ese tiempo mitológico. Son un eco, no descifrable, de la dicha total interpretada. Preludian el árbol que acoge la transparencia del ángel, las conversaciones del hylamhylam con el colibrí.

Corona de las frutas. José Lezama Lima


martes, 31 de enero de 2012

Pour le jour et pour la nuit


OHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH Molino.

La gran Ruthi ha abierto un facebook molinero, os agradeceremos que nos mandéis las fotos de aquella navidad, o aquel verano.

Merci

domingo, 29 de enero de 2012

Inútil derramamiento de líneas en desigual batalla



Anoche Chejov mató a mi ebook. Estábamos a punto de irnos a la cama los tres y se tiró sobre él con todos sus cuentos, casi un kilo. Aterrizó de canto sobre mil y pico documentos, ciento cincuenta gramos, un par de megas. A la pantalla le apareció un triángulo, como una tripa por la que se desangraba en un millón de nerviosas rayas de colores que intentaban unirse sin conseguirlo. El libro ni se inmutó.

Son brutos estos rusos.

Imagen Alfredo Jaar

viernes, 27 de enero de 2012

Otro poema marroquí




Paraguas azul abierto

Ven, vamos a llover juntos
bajo este paraguas

Ahmed Barakat

miércoles, 25 de enero de 2012

Sobre adivinación y conocimiento.


Informe

- Dispense, amigo, ¿Cuánto tiempo se necesita para ir de Corbigny a Saint-Réverien?

El picapedrero levanta la cabeza, y apoyándose sobre su maza, me observa a través de la rejilla de sus gafas, sin contestar.

Repito la pregunta. No responde.

”Es un sordomudo’, pienso yo, y prosigo mi camino. Apenas he andado un centenar de pasos cuando oigo la voz del picapedrero. Me llama y agita su maza. Vuelvo y me dice:
-Necesitará usted dos horas.
- ¿ Por qué no me lo ha dicho usted antes?
- Caballero -me explica el picapedrero-, me pregunta usted cuánto tiempo se necesita para ir de Corbigny a Saint-Révérien. Tiene usted una mala manera de preguntar. Se necesita lo que se necesita. Eso depende del paso. ¿Conozco yo su paso? Por eso le he dejado marchar. Le he visto andar un rato. Después he calculado, y ahora ya lo sé, y puedo contestarle: Necesitará usted dos horas.

Jules Renard

Adivino

En Sumatra, alguien quiere doctorarse de adivino. El brujo examinador le pregunta si será reprobado o si pasará. El candidato responde que será reprobado.

JL Borges


Imagen Meret Oppenheim

martes, 24 de enero de 2012

De música y locomoción



Habían pasado casi diez años desde que aquello ocurrió, pensaba de camino al concesionario de automóviles, y ya entonces se sintió muy mayor. La primera vez fue en el asiento de detrás del conductor. Ella estaba despistada mirando al tendido, aunque ahora sabe por que fábrica del polígono pasaba el autobús en ese momento, pero lo recuerda porque hay minutos que vuelven a por su rescate y te tironean hasta que los reconstruyes enteritos, hasta que les sitúas la última minucia.
-Él se quitó el auricular de la oreja izquierda y lo introdujo en la mía. Fue una doble violación del territorio: me estaban invadiendo la música y una mano. Arqueé el lomo como un gato y como si saltara dije: Wagner, El holandés errante. Y nada más. Él sonrío pero sin mirarme, fue una sonrisa dirigida a la espalda del conductor que yo veía reflejada en la mampara de seguridad y que debió ser muy larga, porque enseguida llegamos.
Y aquello le había parecido simple y hermoso. El ímpetu de un joven que poseído por Wagner no había podido evitar el impulso de compartirlo, pensó. Y se sintió muy mayor. Fuera del autobús llovía y todo junto le recordó los cuentos melómanos de Julio Cortázar. Se prometió releerlos. Siguieron coincidiendo en el autobús de las ocho de la mañana pero hasta muchos días después no se volvieron a sentar juntos.
-Aquellos días lo espié con malicia, me hubiera sabido malo que compartiera el altavocito con cualquiera, quería sentirme elegida, o que fuera un acto único, no sé. Además no siempre que nos tocaba compartir asiento lo hacíamos. Aquel día por ejemplo no hubo ningún contacto, el juego empezó una semana después; tres días seguidos en asientos contiguos: Paganini, Moto Perpetuo op.11, las suites para chelo de Bach y Dvorak, sin duda, pero no recordé la pieza. Claro que me he equivocado muchas veces. Y nada, no pasaba nada, negaba con la cabeza y también sonreía. Varias veces, nos vimos fuera del autobús varias veces, siempre en el auditorio, y actuamos como si el otro fuera invisible. Él elegía para la mañana siguiente algo del concierto que habíamos escuchado, pero nada más. No, hablar nunca. Durante diez años la mano la música y la sonrisa. No todos los días, ni siquiera siempre que había un sitio vacío, en diez años te atraviesan muchos ánimos.
Me llamaba desde la cafetería de enfrente del concesionario, se acaba de comprar un coche, nunca lo había contado pero quiere que ahora, que va a dejar de coger el autobús de las ocho, alguien lo sepa.
La imagen es de Chema Madoz.

jueves, 19 de enero de 2012

Punzadillas de nostalgia guanaca




Dos veces o tres veces al año Vladimir y yo chateamos durante horas. Cuando estoy en el molino el poeta agricolari, que es un oráculo, me enseña cosas imprescindibles:

-Es bueno hacerle un cerco a cada árbol, pero tiene que medir al menos el doble que la copa porque hasta allí le llegan las raíces.

Dijo en julio, y fue lo más útil que oí en todo el verano.

Ayer le mandé el mapa de mis plantitas y me cuenteó asegurando que era un jardín lezamiano.



Conocí a los Salarrue en una fiesta, luego, cuando bajábamos andando desde el cerro con la ciudad iluminada a lo lejos, y hablaba el Tibu, y respondía Manuel, y apostillaba Vladi, supe que escucharlos era la única finalidad de mi viaje. Aquella noche San Sangrador y los poetas se lanzaron chispas en una batalla feroz, hermosa, implacable, diabólica, y en lugar de descender, por mucho que caminásemos, seguíamos subiendo.


Por entonces la niña y yo, cansadas de la insistencia, convinimos un guión para responder a los interrogatorios.

¿Y tú que haces aquí?
-Vivo aquí

-¿Y tú?
-Yo he venido para oíros hablar.

Desconcertarían, pero eran las respuestas más exactas.



La casa de Ayutuxtepeque 44 tenía encima un cementerio y cerquita la cárcel, era un paraíso situado en el averno, y para llegar había que bajar muchísimas escaleras que siempre supimos simbólicas. Quizá por eso hacíamos tiempo y ánimo con una Pilsener en la Tiendita el Calvario. Nuestra casa era la penúltima del pasaje, y el pasaje era una jungla bien densa. En la puerta teníamos un teléfono camuflado entre jazmines al que se nos podían llamar, pero nunca hubo manera de hablar más de un minuto porque le había salido una ciudad de hormigas carnívoras en la pata. Y luego estaba la verja, que dividía a los invitados entre los que exclamaban:

-Cómo puedes estar tan tranquila con esta verja cerrada, si hubiera un terremoto cabal que se atoraría y no podrías salir

Y los que decían

-Pero qué valor tenes. ¡Cómo vas a creer que podes estar con la puerta abierta! Te van a caer los mareros y vos me dirás.

martes, 17 de enero de 2012

Los ojos de Argos




Los libros de mi madre solían ser de papel de cebolla y, con frecuencia, te encontrabas escondido entre sus páginas uno de aquellos ocelos azules y verdes mirándote intensamente, pidiéndote cuentas por haberle interrumpido la lectura.





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jueves, 12 de enero de 2012

Reminiscencias; de la niña Rina y de un bote de mermelada, y del puerto.


-Claro, ¡cómo se va a llamar siendo hija vuestra!

-¡Qué no!¡que Amanda no se llama Amanda por Víctor Jara! Se llama Amanda como mi madre

-¡Pero tu madre se llama Rina!

-Lo que ocurre es que mi madre tenía una hermana gemela que murió y se llamaba Rina, al hacer el acta de defunción mis abuelos, con el sofocón, se equivocaron de papeles y la mataron a ella. Como Amanda Aguirre estaba oficialmente muerta no tuvo otro remedio que llamarse a partir de entonces Rina Aguirre.

-O la cólera de Dios. ¿Y a qué edad fue el cambio de nombre?

-A los seis o siete años.

-Toma, de lo que se entera una a estas alturas


Rina es una india chelita y sabia. Podría haberse disfrazado de señora, porque era la mujer del práctico de un puerto, pero ella procede de mucho antes de que hubiera puertos y nunca ha querido ponerse zapatos o aprender a leer.

El día que nos conocimos llegó a Ayutuxtepeque con una cesta enorme de fruta en la cabeza. Salimos a desayunar al patio, que era un paraíso colgado en mitad de una montaña, yo arrimé una mesa pequeña al limonero, preparé tostadas, café, huevos revueltos, plátanos fritos con crema, tamales y quesadillas. Ella se sentó enseguida, parecía complacida, sonrió un poco, pero poco. Había olvidado la mermelada, volví a buscarla y al ponerla en la mesa se escapó rodando. Las dos miramos como bajaba el bote por la ladera dando saltitos durante una eternidad, las dos fruncimos el ceño cuando se vio venir el encuentro del coche con la mermelada, y las dos dimos un paso atrás cuando tropezaron. Apenas hablamos y apenas comimos después del mal presagio.

La niña Rina lee otras señales. Prueba no superada. A los pocos días se lo conté a Marisa, que dieciocho años después sigue ejerciendo maravillosamente de nuera porque la entiende y sabe hablarle, y no tira botes de mermelada, y renuncié oficialmente al relevo.


La palabra puerto siempre me había parecido literaria, pero no perteneció a mi campo semántico hasta que llegué allí; puerto, muelle, atracar, práctico, estibador y hasta bauprés se volvieron términos familiares. Además de buenos narradores los chicos del puerto, Carlos y el Chele, son ciudadanos del mundo. “Recoged los perros, que ha llegado un barco chino” era en su pueblo una broma habitual.

Amanda ha pasado las navidades en Acajutla y nosotros al teléfono, su retorno nos ha despertado a los tres unas ganas enormes de recordar.

Y de encontrar al Chele, quizá escribiendo aquí Miguel Angel Orellana y Acajutla juntos algún buscador nos lo devuelva.