domingo, 31 de enero de 2016

Después de tres días en la cama




con todos los virus del mundo y muchísimos sueños automovilísticos: cuando no se rompe el coche lo pierdo, he llegado a la conclusión de que no hizo tan mal Onetti. Gran tema el de los “tumbaos”, sobre todo en esta época en que son posibles las visitas virtuales. Es otra plenitud esa impresión de cama-barco con todo a mano, y si además se arrima Inés desde Chile para trabajar...

Hoy, cuando me he levantado, por fin, la casa me parecía enorme, y no digamos el mundo. Menos mal que lo primero que he leído es un artículo sobre inteligencia colectiva, ¡tengo que recuperar la mía porque empieza la fiesta! 

Durante los últimos veinte años hemos estado observando la niña Blanch y yo como se aproximaban nuestros continentes, el literario y el periodístico, y ya han chocado. Me muero de ganas de ver para tener qué escribir.

P. D. Si me hubieran preguntado a los veinte en qué quería y con quién trabajar y cómo a los cincuenta, no hubiese tenido suficiente imaginación para desear esto y a estos.

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