sábado, 23 de agosto de 2014

Hay golpes tan duros




Desde que mi madre murió  el lunes la casa se ha convertido en un lugar imantado por la presencia de su ausencia: el pisto y el gazpacho que dejó hechos, uno de sus pantalones a media pantorrilla y una camiseta muy alegres en la tabla de planchar, nuestra absoluta ignorancia sobre como funcionaba la vitrocerámica y la impresión de que hasta la escoba y el recogedor necesitan ser tratados con delicadeza. Los tres estamos así, cumpliendo cada ritual, lentificando cada gesto,  bregando con el dolor más hondo desde la serenidad, la fuerza y la dulzura que nos enseñó. No siempre nos sale, pero vamos bien.

Esta tarde hemos necesitado refuerzos y ha venido Ana a pasear al perro con Matías y conmigo, luego hemos ido a tomar una cerveza a casa de Elisa y hemos vuelto mejor.Nos reconforta mucho hablar de ella.
Con ella yo todavía no he podido, pero prontito, nunca ha faltado en mis monólogos por lejos que estuviesemos, no va a fallar precisamente ahora.

El domingo dejaremos sus cenizas en el cementerio viejo a las 12. Y yo leeré este poema, de Lezama, de quién sino:

Una sonrisa que no termina.
Una sonrisa que sabe terminar admirablemente.
La sonrisa se agranda como la noche
y los ojos se reducen a una pequeña piedra
escondida. Calidad de un mineral
que se guarda en un paño de aceite
milenario. Saber reírse y dar la mano.
Las pausas y los hallazgos de la risa
transcurren con la sencillez de una silla pompeyana
La mano ofrece la brevedad del rocío
y el rocío queda como la arena tibia del recuerdo.
Ofrecera así siempre la sencillez compleja de la risa
ý el acuoso laberinto de su mano en el sueño.

P.d Gracias por vuestra fuerza y vuestra compañía en cualquiera de sus modalidades. Han sido imprescindibles.

2 comentarios:

eva rueda dijo...

Lo siento muchísimo Marta.
Un abrazo muy muy fuerte.
Eva

Marta Sanuy dijo...

Muchas gracias Eva.