viernes, 9 de octubre de 2009

Imitando al maestro o búsqueda de la Súmula, nunca infusa, de excepciones morfológicas


La cantidad novelable podría ser la ventana de enfrente, iluminadísima, la única sin cortinas y con la persiana hasta arriba de las que dan a la plaza, un rectángulo que lanza gestos, cenas, nadas o abrazos, no sólo de sus habitantes; una pareja que desde aquí y con la miopía parece joven, o delgada, sino de los que los visitan y que también nos miran, acodados en el dintel, desde un perplejo, diría Lezama. Sin sospechar que son mirados.

La cantidad novelable, decía Lezama, y tengo la certeza de que el cubano se refería a lo mismo que Musil cuando llamaba a sus novelas ensayos de escenas vivas, sucede cuando todos ellos se quedan fuera del rectángulo que polariza la agora. Entonces la pared, tan amarilla, tan desnuda, tan recta como la de aquella tiza que trastornaba el tiempo en Paradiso, hace que se encojan las otras luces, haya más silencio y las doscientas conversaciones de esta plaza suenen más batidas.

La cantidad novelable es la que cabe en la distancia desde esta ventana a la otra, una cantidad de imagen que chisporrotea.

La Imago exige miradas que recojan su refracción, diría Lezama:

Mi hermana ayer vino a verme y como es hiperestésica se sobresaltó enseguida.

-¿Quién vive enfrente? ¡sin cortinas!¡con esa luz!

Y trató de disimular, pero interrumpió la conversación muchas veces con el rabillo del ojo.

El rabillo del ojo es el lugar en que se anota, dicen Las mil y una noches.

y la imagen es de Ugo Rondinone


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