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-Claro, ¡cómo se va a llamar siendo hija vuestra!
-¡Qué no!¡que Amanda no se llama Amanda por Víctor Jara! Se llama Amanda como mi madre
-¡Pero tu madre se llama Rina!
-Lo que ocurre es que mi madre tenía una hermana gemela que murió y se llamaba Rina, al hacer el acta de defunción mis abuelos, con el sofocón, se equivocaron de papeles y la mataron a ella. Como Amanda Aguirre estaba oficialmente muerta no tuvo otro remedio que llamarse a partir de entonces Rina Aguirre.
-O la cólera de Dios. ¿Y a qué edad fue el cambio de nombre?
-A los seis o siete años.
-Toma, de lo que se entera una a estas alturas
Rina es una india chelita y sabia. Podría haberse disfrazado de señora, porque era la mujer del práctico de un puerto, pero ella procede de mucho antes de que hubiera puertos y nunca ha querido ponerse zapatos o aprender a leer.
El día que nos conocimos llegó a Ayutuxtepeque con una cesta enorme de fruta en la cabeza. Salimos a desayunar al patio, que era un paraíso colgado en mitad de una montaña, yo arrimé una mesa pequeña al limonero, preparé tostadas, café, huevos revueltos, plátanos fritos con crema, tamales y quesadillas. Ella se sentó enseguida, parecía complacida, sonrió un poco, pero poco. Había olvidado la mermelada, volví a buscarla y al ponerla en la mesa se escapó rodando. Las dos miramos como bajaba el bote por la ladera dando saltitos durante una eternidad, las dos fruncimos el ceño cuando se vio venir el encuentro del coche con la mermelada, y las dos dimos un paso atrás cuando tropezaron. Apenas hablamos y apenas comimos después del mal presagio.
La niña Rina lee otras señales. Prueba no superada. A los pocos días se lo conté a Marisa, que dieciocho años después sigue ejerciendo maravillosamente de nuera porque la entiende y sabe hablarle, y no tira botes de mermelada, y renuncié oficialmente al relevo.
La palabra puerto siempre me había parecido literaria, pero no perteneció a mi campo semántico hasta que llegué allí; puerto, muelle, atracar, práctico, estibador y hasta bauprés se volvieron términos familiares. Además de buenos narradores los chicos del puerto, Carlos y el Chele, son ciudadanos del mundo. “Recoged los perros, que ha llegado un barco chino” era en su pueblo una broma habitual.
Amanda ha pasado las navidades en Acajutla y nosotros al teléfono, su retorno nos ha despertado a los tres unas ganas enormes de recordar.
Y de encontrar al Chele, quizá escribiendo aquí Miguel Angel Orellana y Acajutla juntos algún buscador nos lo devuelva.

Aunque son trabajos delicuescentes y casi siempre sin consecuencias, paso días buscando al narrador, la historia importa poco si el encuentra la distancia y el tono adecuados. Es una actividad parecida al ensayo musical, en ambas se repiten, se comparan y se comprueban los sonidos muchas veces. Una vez que lo he encontrado no tiene tanta importancia escribir o no, lo que importa es tener la certeza de que el recuerdo, la historia o la anécdota, y con ellas la realidad entera, se han reajustado.
La finalidad es que el texto emita el crujido de las vértebras cuando se encajan.
Encontrar al narrador es mucho más difícil que elegir entre la primera o la tercera persona.
Pero dice Canetti:
La dificultad de escribir apuntes-si éstos han de ser precisos y escrupulosos-radica en que son personales y nosotros queremos precisamente huir de lo personal; tememos fijarlo por miedo a que luego no pueda metamorfosearse. En realidad todo se sigue metamorfoseando de muchas maneras, basta con que, una vez escrito, lo dejemos en paz. Es la relectura la que traza las calles del espíritu. Permaneceremos libres si tenemos la fuerza de releernos raras veces. Con todo, el temor al apunte personal puede superarse. Basta con hablar de sí mismo en tercera persona; él queda expuesto a cualquier confusión y sólo resulta reconocible por el propio escritor. Con ello se corre el riesgo de que esos apuntes caigan más tarde en manos de gente que no pueda diferenciar entre las distintas terceras personas y así, mediante falsas interpretaciones, arrojen una luz perversa e inmerecida sobre el autor. Quien esté interesado en la verdad e inmediatez de lo que va escribiendo, quien ame el pensamiento o la observación en cuanto tales, asumirá este peligro y reservará la primera persona para ciertas ocasiones solemnes en las que el hombre no puede ser sino yo.
Sin embargo la tercera persona de Canetti no confunde, cuando escribe sobre sí mismo en tercera persona es como un niño que se tapa los ojos y dice que no está.


Esta noche he estado tomando café con leche con Rafael Sánchez Ferlosio. Al principio me he sentido fatal porque no tenía nada que decirle, cualquier exceso de admiración es dañino. Pero un poco antes de despertar he logrado relajarme y hemos pasado un buen rato en silencio. Cuando nos estábamos despidiendo él ha dicho: pecunia non olet.
Vaya placer levantarse, estirar la mano y encontrar bien subrayado Non Olet, un lucidísimo libro sobre el dinero que es exactamente el que tengo que releer. Vaya placer el subconsciente cuando se comporta, cuando se expresa sin tantos vericuetos.
Mientras me tomaba un café solo, sobre todo para quitarme el sabor del café con leche, bebida que detesto, he contado doce minis papa noel para uso individual subiendo por los balcones. Ya no estaba Ferlosio para ayudarme a interpretar ese delatador icono.
Creo que hoy es día de balance, acaba un año horrible. El año del descubrimiento del dolor, lo podría subtitular. No sé cómo nos cambia el dolor, no sé cómo me ha cambiado a mí, estoy en train de averiguarlo. En todo caso no pienso hacer balance con una cabeza solo, los balances anuales no son aquí sino en el cauce del río seco y con mi ser humano favorito.
Me gusta esa categoría, la de los “seres humanos favoritos”, Max Aub decía que preferir es levantar a uno del polvo que a todos nos forma.
Para el año que viene se me ocurre un deseo: que prefiráis y seáis preferidos.
la imagen es de Sempere, por poner algo rojo, que este blog vira sin que me de cuenta hacia el blanco y negro y los colores fríos.



Empecé el periódico por la primera página aunque sé que eso altera todas mis sinapsis, enseguida me volvió a obsesionar una idea que me persigue desde siempre y que titulo “las patologías del dinero” y me puse a interpretar cada noticia como un informe devastador sobre la salud mental del planeta. Cuando hago eso termino muy mal.
Hoy he comido con Albereto y le he contado todas mis infantiles fantasías: nada de mandar a la cárcel a los corruptos, son enfermos graves. Sólo podrían reconocer la profundidad de su dolencia y curarse viviendo en el otro lado. A los de Gürtell, a los Urdangarin, a los ludopatas de las finanzas hay que aplicarles una terapia más seria: yo los mandaría a vivir en un piso de sindicatos y les daría trescientos euros al mes. Agua de su propio chocolate. Los 758 que según las estadísticas poseen el 80% de las grandes empresas mundiales también merecen urgentemente un tratamiento psiquiátrico, los recibe cualquier ludópata de tragaperras. Bueno, esas simplezas que repito siempre para desahogarme.
El otro día me encontré con un párrafo en La literatura del mal de Bataille que también me ha estado obsesionando:
“He aquí lo que tendremos que demostrar a este respecto. Lo mismo que algunos insectos, en condiciones determinadas, se dirigen juntos a un foco de luz, nosotros nos dirigimos todos a la parte opuesta de una región donde domina la muerte. El resorte de la actividad humana es, por lo general, el deseo de alcanzar el punto más alejado posible del terreno fúnebre (que se caracteriza por lo podrido, lo sucio, lo impuro): por todas partes borramos las huellas, los signos, lo símbolos de la muerte, a costa de incesantes esfuerzos. Llegamos a borrar incluso, si es posible, las huellas y los signos de esos esfuerzos. Nuestro deseo de elevarnos no es más que un síntoma, entre cientos, de esa fuerza que nos dirige hacia las antípodas de la muerte. El horror que experimentan los ricos ante los obreros, el pánico que sienten los pequeño burgueses ante la idea de caer en la condición obrera procede del hecho de que a sus ojos los pobres están más cerca que ellos de la guadaña de la muerte. Y a veces esos caminos turbios de la suciedad, de la impotencia, del lodazal, que se deslizan hacia la muerte, son objeto de la aversión aún más que la misma muerte”
Pero la revelación, la convicción de que tengo muchos, muchos, muchos cuentos sin escribir con el dinero como protagonista, la tuve en el lavabo.
Eché agua hirviendo en la preciosa poza de cristal de Nacho para hacerme vahos, a ver si podía respirar, y el cristal se rajó de punta a punta. Después del minuto de “no es posible”, como si fueran conejitos recién vomitados empezaron a salirme los títulos de esos cuentos. El arreglo me va a costar lo mismo que un ordenador, que el viaje pendiente a París y que diez cuotas de mantenimiento molinero… menos mal que pude recordar la convicción de los diez minutos anteriores: no hay relación sana posible con el dinero, ese instrumento maléfico, la única aspiración es pensar lo menos posible en él, ardua tarea porque es omnipresente. Como no hay escapatoria me he propuesto retratarlo en muchas las posturas. A ver si así lo neutralizo un poco, o, por lo menos, hago un diagnóstico más exacto de quien menos se lo espere.
Podemos empezar es la última frase de Paradiso.