
jueves, 19 de mayo de 2011
Planes a corto plazo

martes, 17 de mayo de 2011
Pesadillas agrarias

Siempre me reconfortó el campito, que dice Eva, siempre me han arropado campesinos, jardineros y agrónomos con ese otro sentido del tiempo. Tienen la concentración alegre que da estar asistiendo todos los días a un montón de milagros pequeños, la tranquilidad de tener iniciados diálogos infinitos, la riqueza de conocer cada matita por su nombre.
Ellos dicen que esto es mentira, que es mi imagen idílica, pero todos cultivan sus propias hortalizas. Yo me arrimo para que me cuenten historias pormenorizadas, lentas y hermosas, pero me he equivocado de época: desastres me cuentan. Me obsesiona que tanto progreso haya conseguido sólo una triste proeza: que todos los tomates, todas los pepinos y todas las rosas sean iguales.
Una vez hasta trabajé en El Salvador con Veterinarios sin Fronteras, iba a cubrir un congreso, así que estuve leyendo bibliografía y viajando con ellos meses, aquella vida, aromatizada por memorias de África, es una de las más repulsivas que he aspirado Empezaba la fiebre de la soja, por el día convivíamos con la más indescriptible pobreza, por las noches las criadas escanciaban pernod y los expertos proyectaban la evolución de las cosechas, que miraban sin demasiado interés mientras hablaban de su próximo viaje a África o jugaban a su idilio a la francesa. Ahora que recuerdo aquella mansión, en medio de un paraíso, y aquellas poses cinematográficas, me indigno más, entonces estaba tan indignada por las consecuencias inmediatas de Monsanto que no era prioritario rabiar contra los elegantes agrónomos franceses que cobraban veinte veces más que los salvadoreños por el mismo trabajo e ignoraban, por supuesto, que eran conocidos como “lombrices sin fronteras”
También pateé muchas cooperativas con el pequeño comandante, el hombre que hipnotizaba hasta a las gallinas. A cada desmovilizado le habían dado tres manzanas de tierra, pero al año siguiente tuvieron que vender una para comprar los insumos de las otras dos. David no quería que vendieran, les insistía para que se juntaran. Él nunca dió por perdida una guerra.
Pero sobre todo viaje con Vladimir, a la desembocadura del Lempa.
Luego poco más, lo que leo, los puerros de mis tíos que llegan con barro, la sensación de que alguna certeza me dirige, y por eso lo único que he comprado en mi vida es tierra, y el pánico después de oír al indio megalómano del documental que cultiva kilómetros de rosas.
Parece que la pesadilla de los transgénicos y la monsanto se está quedando chiquita.
lunes, 16 de mayo de 2011
Un monólogo de Ramón Gómez de la Serna

La realidad es mentira. Eso se nota sobre todo cuando la relata un buen novelista de realidades pero aún más cuando es un mal novelista.
¿Quizás el único goce de la realidad está en vivir en el más oscuro reducto como la carcoma de la madera y del hierro?
Yo no he querido quedar ni me importa “no quedar”. Yo he querido gulusmear la vida bien de cerca, desde un deseo de evidencia y de bohemia.
En mis muchos libros, si hay algo importante son las señales de esa realidad imponderable que he encontrado a través de la vida.
¿Cuál es el asa fehaciente de la realidad?¿Ese momento en que la gallina se baja sus bombachas y pone el huevo?¿Ese goce de coronas cuando las flores han muerto?¿Esa maleta nueva en que los punzones de las hebillas aún entran con dificultad?¿Ese vibrar de cristales en que el cristalino del ojo entra en la inquietud?¿El disparo de esos cañoncitos en el balcón que hacen su salva cuando el rayo del sol meridional enciende la pólvora con su lupa?¿El pío-pío de esos pájaros de alero que cuidan las cornisas? ¿El pisar el pedregullo del jardín y tomar chocolate con migas?¿Ese espacio abandonado ingratamente por todos en la plataforma del tren?¿El olor a coche frío de la vuelta de los entierros?¿Ese cristal hecho como los alambres de niebla y detrás de cuya trama se ve la más directa sombra?¿Aquellas máquinas para hacer cigarrillos que estaban entre las trompetillas para sordos y máquinas de recortarse las uñas?¿Ese babeo de la máquina del tren a la sombra del andén?¿Quizá el ver al partir de viaje esas luces que corren a través de las ventanillas del tren parado y sin luz en la vía paralela a la nuestra?
Estoy en el diálogo perpetuo conmigo mismo buscando esa señar de lo real absoluto:
-Quizá lo que sea revelador es un conjunto de cosas, casualidades y proezas…Tarde de frío…pasar cerca del cuartel de los electrotécnicos…ver una tapia con cristalitos rotos en la cresta.
-¡Tampoco!¡Tampoco! No nos engañemos, lo que palpita en la autonomía de lo que sucede no es eso…Vivir, haber vivido no es eso.
-¿Será la mayor cercioración al haber visto una enredadera seca, como inutilizadas todas la líneas de sus hojas?
-No. Tampoco.
-¿Cuándo soñamos con un tenedor matamos a un escorpión?
-Tampoco
¿Cuándo vimos orugas y comimos moras del árbol?
-Tampoco
¿Cuándo pasamos por la calle de piedras levantadas a la hora de la risa del sol y todo eso visto con hambre de ir a almorzar?
-Quizá, quizá…¿Pero te acuerdas si te tocabas un lápiz en el bolsillo?
-No me acuerdo, pero sí de que acababa de tragarme la hora de pan candeal del reloj del Municipio.
Ese monólogo dialogado conmigo mismo será interminable hasta el fin de la vida.
No encuentro la señal, no la encuentro.
miércoles, 11 de mayo de 2011
martes, 10 de mayo de 2011
Expedición a un cementerio y el libre albedrío

Quizá lo más importante es decidir qué se va a contar, por eso me bloquea que los motivos se impongan. Escribir es también crearse una buena neurosis, pero elegida.
Temía la persecución desde que mi madre dijo:
-Vamos a llevar a tu tía Aurora al cementerio de T (1)
Supe enseguida que una expedición a tal lugar, un día de tanto aire ¡y con esas tres! no iba a caer en saco roto.
Y estos días me hubiera apetecido hablar de las chicas: de las sobrinas, las hijas de los amigos, las amigas y la hijastra, ese montón de mujeres jovencísimas y comprometidas que no paran de hacer y de cambiar el mundo: Inés, Amanda, Ester, Sara, Nerea, Taida. Se me cae la baba cuando pasan por casa a pensar en voz alta y me involucran en sus proyectos. O del escaparate que estoy pensando para la Pantera Rosa ¡creo que estoy cociendo un brebaje textual! o del libro que estoy leyendo “Literatura y periodismo” de Albert Chillón, o de las noches de juerga que terminaban cantando "ay abeja reina", o del ataque paralizante seguido de un subidón de tensión con trombo después de ver Inside Job, leer las cifras de los diez hombres más ricos del planeta, y concluir otra vez que este es el más absurdo de los mundos posibles, o de las sesión de cine árabe con mi hermana, o de una tarde de whiskies (bebida que no entiendo) con el maestro. Incluso aquella historia que me contó Blanca del artista que no pudo montar la exposición porque la consideraron una instalación eléctrica y tenía que pagar varios epígrafes como industrial, hubiera podido contar. Hasta me hubiera gustado hablar de la plaza ¡cómo gritan en esa plaza!
Mas no.
La expedición del viernes con las Aina me ruge ¡qué me cuentes!
(1)No seré yo quién vuelva a identificar una localidad, son aún más susceptibles que los individuos,
lunes, 9 de mayo de 2011
viernes, 6 de mayo de 2011
La pluma
miércoles, 4 de mayo de 2011
En la perspectiva de la atención
jueves, 28 de abril de 2011
Brindis por Fina García Marruz, y por Origenes, y por la imago

Fue Fina García Marruz la que me mostró la alegría, la risa y el humor que había en Lezama y luego, gracias a ella, pude ir disfrutando de la del resto del grupo. Orígenes ha sido siempre para mi un centro imantado por “su ingravidez de papalote en lo azul”, que diría ella, a quién siempre merece la pena ceder la palabra, así que transcribo un par de párrafos donde explicaba lo de Lezama y la ironía:
“Cuando le preguntaron qué era para él la poesía, contesto: “un caracol nocturno en un rectángulo de agua” Enseguida empezó a ironizar sobre su intempestiva declaración: desde luego, un caracol nocturno no se diferencia “gran cosa” de uno diurno, y lo del rectángulo de agua era “algo tan ilusorio como una aporía eleática” Los que lo conocimos más de cerca sabemos lo habitual que era decir algo en serio y burlarse después ligeramente de la rotundidad de cualquier definición, como si recordase lo de nuestro Varela, que la idea que no puede definirse es la exacta(…)”
“Por eso, maestro, nos permitimos contradecirlo. Usted sabía mejor que nadie que no era lo mismo un caracol diurno que su nocturno caracol haciendo su espiral en lo oscuro”
Coloquio Internacional sobre la obra de Lezama Lima Poesía
Editorial Espiral pag 243.1984
Yo creo que tenían algo de irme a pasar el verano con los abuelos en Cuba aquellas inmersiones en el tiempo, "no aquel que se agota en el acontecer inmediato, sino aquel que parece avanzar en sentido contrario” diría ella. Pasé años y años paseando por el malecón, y nunca he pisado La Habana, de contradicciones también se vive. En lugar de aterrizar en el Trocadero 162 para comulgar con pitahaya, terminé en Ayutuxtepeque 44, claro que en San Salvador me esperaban un tendal de lezamianos para devolverme la razón, la razón poética, claro. Y allí también había colibríes, ceibas y pitahayas.
Me fui a la cama anoche más contenta que unas castañuelas, a veces para algo sirven los premios. Hay que leer a esa mujer, su poesía es una enorme visagra entre la de Lezama y la de José Martí, y estuvo siempre cerca de otro grande, Cintio Vitier.
Amigo, he recibido hoy todas sus cartas.
No ya como respuesta de un poema ofrecido
como cuando buscaba entre mi noche
las palabras de la confirmación. Recojo su "Recuérdemé",
"ya que usted, esencialmente, nos obliga a responder",
palabras que le convienen a usted más que a mí misma.
Su "usted" como la cara del trompetero negro al mediodía,
fina merienda, Cuba. Familiar, solemne.
Maestro, cómo es posible. Dispénseme. Estuvo, ya no está.
Todo rocío se evapora, es decir, vuelve. Su altivez siento.
"Dispénseme esa simetría de mis caprichos".
En mi barrio alguien pregona "Florero, flores!" mientras le escribo.
Mientras usted me escribía, "En la casa de al lado, pobres,
caen abiertas las latas de salmón rosado de Alaska".
Y ese alguien que se acerca, "pobre", a la lata, "la voltea,
observa como los gatos, viaja" se vuelve el mensajero
de estos días remotos que se acercan,
descifrando la hora en que no sabemos qué esperamos
alguna cosa enorme que no acaba de llegar,
una constelación, un viaje. Ah, su casa,
Lezama, que fue la casa de la poesía,
hoy vive ya sólo en nuestra imaginación,
le aseguro que bien guardada, bien cuidada.
Todos los cerrajeros resultarían toscos
para velar por la barca de los sabios chinos,
su sillón mariscal, el retrato de su padre.
miércoles, 27 de abril de 2011
La ciudad, las calles, las librerías
De un texto de Ester saltó la idea de que en las calles siguen flotando todas las personas y todos los minutos de absoluto que transcurrieron por allí, y se superponen, y se interrumpen, y nos van redefiniendo. Quizá por eso paseo poco por las zonas superpobladas de memoria, y a veces las esquivo, aunque tenga que dar un rodeo: otra norma higiénica es mezclar adecuadamente los tres tiempos, no es recomendable dejarse invadir por los pasados.
La primera cotidianeidad de una calle en una ciudad que yo conocí fue la de San Vicente de Paul. Allí estudié el bachillerato desde segundo después de fugarme de un instituto de pueblo, quizá porque quería ser cosmopolita. Desde la ventana de clase se veía un bar con una sola mesa y una tienda de bordados, dos puertas más allá estaba, y sigue estando, la bodega a la que fuimos después de que Marina me dijera, sin conocerme de nada, por las escaleras, que me invitaba a su cumpleaños y nos íbamos a beber una botella de vino de cada color. Su padre era el director del instituto y nuestro profesor de literatura y ella siempre hacía ruido en clase con un montón de pulseras, como no, de colores, que nunca le he podido quitar. Después, cuando vivía al otro lado del río, la ciudad desembocaba en aquella calle. Años más tarde volví a recalar por allí en una mala temporada que tizno de impotencia y malestar cada acera y cada comercio, quizá porque nuestra relación no podía quedar así ahora es la calle donde está La pantera rosa.
De librería en librería no me queda otro remedio que frecuentar lugares remotos. Miguel Baquero presentó su libro en Las Fuentes, y allí si que no había vuelto en muchos años. De épocas muy largas quedan a veces muy pocos recuerdos, o quizá es que unos pocos se han apoderado de los demás; pasé por la casa en la que vivimos y se impuso la memoria de aquel verano tórrido eligiendo libros y libros, con Roberto y Antonio, en aquel cuarto piso sin ascensor, sepultados por catálogos.
Por la mañana abrí con Inés la Pantera Rosa, y me puso a mirar editoriales y me pidió que hiciera listas de libros imprescindibles y que le ayudara con los pedidos, iluminada por la luz de San Vicente de Paul pensé que era como volver a casa y que estuviera llena de futuro.