
viernes, 13 de noviembre de 2009
De Susi a María Jesús, de Utebo a Suchitoto

martes, 10 de noviembre de 2009
domingo, 8 de noviembre de 2009
Del desamor a la chistorra

viernes, 6 de noviembre de 2009
Los viernes con otra música y algún jardín
domingo, 1 de noviembre de 2009
Sobre lo verosímil: de la guía del Trotamundos a La vida loca

La guía del trotamundos es una de las lecturas más humorísticas que he encontrado leídas in situ, al menos la que cayó en mis manos en un autobús de vuelta de Chalatenango un viernes. Eso iba leyendo cuando llegue a la troncal del norte, esa estación en la que los cobradores te meten a empujones en el primer autobús, vaya a donde vaya, y tienes que subir y bajar de tres o cuatro antes de coger el tuyo. Avisa, avisa, visa, visa. Entre mis pequeñas transgresiones estaba la de sentarme detrás, eso allí es una trasgresión: todo el mundo se apiña en las primeras filas porque los mareros toman el fondo. Habíamos desarrollado una teoría, quizá suicida, creíamos que la vulnerabilidad era proporcional a la cantidad de miedo, el miedo emite un olor que obstaculizaba la comunicación y había que vencerlo desde dentro, detrás de aquellos tatuajes había una persona y en décimas de segundo deberías ser capaz de que te viera o te oyera, y para eso verlo y oirlo.
Aquel día que me cayó un marero en la estación de autobuses, en el último asiento, también funcionó el invento. Funcionó siempre para nosotros, pero no le funcionó siempre a Christian Poveda.
Los atracos en El Salvador no son así nomasito, son con pistola, con machete como mínimo, pero siempre hay un método para que no te roben, no llevar nada. Yo aquel día llevaba unas gafas de sol, un vestido de flores de Marian, en el que no se podía ocultar nada y la guía del trotamundos. Vaya cuadro guiri. Le di el bolso, con nada, el libro y las gafas y le dije:
-Que ondas maje si yo no ando pisto, que vas a creer que porque sea chele. Mirá, mirá, para vos el bolso chavo, enteriiiiiiiito, tres colones ando, gana es lo que traigo de un tamal y una Pilsener pero no hay con que.
-¡No te pueeeeeeeeeeeeeedo creer! Serás huevona vos.
De ahí arrancamos la plática hasta la parada de mi casa en la otra punta de la ciudad, cuando llegamos ya me había contado su vida, era hijo de emigrantes, había crecido en Chicago, allí se había hecho pandillero, "en los estados porque ni modo, no había de otra, todo el mundo necesita tener su gente men, su grupo, y los mismos cheros de allá y ahora aca”. Luego lo deportaron, había llegado hacía tres años a este país, en plena postguerra, y “se había cargado de bichitos que querían comer todos los turnos”, luego me contó sus dudas, sus miedos y sus miserias, ya éramos cheros, ¡pues!, cuando llegamos a Ayutuxtepeque se vino a casa, a
Su historia era la historia de casi todos cuando empezó esta vaina demencial en los noventa, cuando aún era un virus recién inoculado que sonaba a comic: la dieciocho contra los salvachucha. Cuando era redonda la jugada para los Estados Unidos, que incubaban bandas para deportarlas luego; además de librarse de ellos resultaban un arma más poderosa que ninguna de las bombas en las que tanto pisto se habían gastado. Las vidas en El Salvador empezaron a estar de saldo, se pusieron aún más barats, todas, las de los sindicalistas, las de los cooperativistas y las de los políticos de izquierda sobre todo, se engancho una guerra con otra. Mi pequeño comandante tuvo doce atentados o asaltos en un año, uno al mes. ¿Increíble? , créanlo, es absolutamente cierto.
viernes, 30 de octubre de 2009
Avishai Cohen
Gracias sol
jueves, 29 de octubre de 2009
Apología de lo breve
miércoles, 28 de octubre de 2009
La barrera del sonido

La lavadora del tercero ha pasado al programa de centrifugado, es la hora del informativo regional y Pili, la vecina, que es sorda, ha puesto la tele. En la cocina se sofríe algo, va demasiado deprisa, a veces aviso de oído si lo del fuego se quema, lo oigo aunque esté a muchos metros. A Elena, que también es sorda, le pasa lo contrario; es capaz de medir el tiempo con el olfato. Por las noches oigo el clic de la luz de la mesilla de mi vecina, que tiene insomnio, y las cisternas, y a los gemelos de abajo, distingo cual llora, y me desvelo con el despertador del cuarto piso, alguien se levanta a las tres, ¡qué desatinos! Por el día no me pierdo los pitos de los hornos ni de las ollas y los estertores de las neveras, ininterrumpidos, como las siniestras abuelas de los gemelos, tan poco versadas en cantos: oír a las ocho de la mañana, un día tras otro “si te ha pillao la vaca jodete” le destroza el animo a cualquiera. Estoy extrañando al loro de los del primero, ni siquiera sé si se murió, desapareció poco antes de que aparecieran los niñitos.
He de reconocer que no vivo en un edificio ruidoso, todo lo contrario, el problema es mío, y como es una particularidad de la que no había oído hablar a nadie, pues nunca lo había comentado más de la cuenta. Todo el mundo entiende las manías de un sordo, pero no todos están dispuestos a ponerse en la piel del que atraviesa las barreras del sonido.
-Anda, ¡has oído el teléfono antes de que haya sonado!
Me dijo el otro día alguien observador, y no es magia, los teléfonos emiten un gruñidito antes de sonar que seguro que Paloma oye. Empecé a darle importancia al asunto después de hablar con Paloma, y recorde que esto le pasaba a alguien más, me lo contó hace años, a Pilar Adón, que vivía con tapones.
No es que no fuera consciente de que tiene su importancia, ante un asunto tan poco habitual tienes que alertar, por lo menos a los de casa. Durante años utilicé un llavero con un cascabel y les pedí que no hablaran de mí hasta que dejaran de oír el cascabel. Una medida con desiguales resultados porque ellos dejaban de oír el cascabel enseguida y yo tenía que cargar con un sonidito más. También está bien advertirles a los amigos: menudo disgusto el día que oí como me criticaban, poco, dos amigas en un concierto, las pobres no dijeron nada grave, pero ¡cómo iban a imaginar que las estaba oyendo con aquel estruendo!
También oigo la plaza en invierno, con la ventana cerrada, el niño que está sentado en el banco, que tiene unos tres años, dice, grita, exclama:
-TÓnicA, tónIca, tónica, tónica, TóNica
Su madre, de pié. con su amiga, y además apoyada en la palmera, suspira angustiada.
-Lleva toda la mañana diciendo tónica, no tengo ni idea de dónde lo ha sacado pero me está volviendo locaaaaaaaaaaaaaaaaa.
La imagen es de Joan Rabascall
viernes, 23 de octubre de 2009
Viernes y Vainica.
Las Vainica Doble no me parecen una regresión. Siempre son las más modernas. Va por Vos
jueves, 22 de octubre de 2009
Las citas de Musil para Sonia


