




Y mi mama, mama gata, siempre que acontece algo, más o menos importante, primero lo narra, luego lo aclara, nombra sus precedentes, y después monta otro rollo muy, muy largo, que empieza in illo tempore. Cuando menos esperas hace avanzar, o retroceder, la historia. Ella enuncia y enuncia y enuncia, y después sigue, ya más sobria, bueno igual, pero más despacio, y al final, como quién pone título, termina aseverando. Sin titubear. Y si el caso lo merece concluye con un rotundo:
-¡qué joder!
para apropiarse de lo que ha dicho
A mi madre siempre hay algún detalle que le pertenece más después de contarlo, y ese lo pronuncia con mucha intensidad.
Todos los que la rodeamos estamos atentos, la importancia del caso, después de minutos y minutos de suspense, pende de si dice o no dice al final:
-¡qué joder !
A mí me hacía falta decir: ¡qué joder! como lo dice mi madre, del todo, pero no encontraba la coartada. Antonio hablando del libro de Javier ha sido el motivo para reconquistar esa exclamación, pellizcos de certeza rebozados en años.
Siempre he estado inmejorablemente escoltada. Y siempre lo he sabido.
-¡qué joder!
P.D la reseña de Antonio Ezpeleta sobre
Y esos ojitos son de Antoni Tapies.
Cálculos renales: ¡Cuánto sufrí para poder arrojar la primera piedra!
Agustín Monsreal
La foto es mía, una de las cinco o seis que tengo y que son de la misma serie (es muy importante elegir modelos que no se muevan cuando estas empezando)

En otro cuaderno escribí, por lo menos tres veces:
La gente tenemos muchos destinos, puede absorbernos cualquiera.
Y ahora no sé si era mía la frase... será, no puse comillas y la fecha me cuadra.
Un poco más abajo anoté una cita de Las Mil y una Noches:
La verdad no cabe en un solo sueño y necesita de entrelazarse con los muchos sueños para revelarse
la imagen es de Juan Usle

Se celebraba la última cena.
-Todos te aman, ¡oh Maestro! -dijo uno de los discípulos.
Sé de alguien que me tiene envidia y, en la primera oportunidad que se le presente, me venderá por treinta dineros.
-Ya sabemos a quien te refieres -exclamaron los discípulos-. También a nosotros nos habló mal de ti. Pero es el único. Y para probártelo, diremos a coro su nombre.
Los discípulos se miraron, sonrientes, contaron hasta tres y gritaron el nombre del traidor.
El estrépito hizo vacilar los muros de la ciudad. Porque los discípulos eran muchos y cada uno había gritado un nombre diferente.

La hipocondría
La hipocondría es la moneda suelta que le sobra al miedo ¿quién decía eso?bueno la cuestión es que yo esta semana llevaba muchísima calderilla. ¡Vaya semanita que le he dado al pobre Rafa! ¿Es bueno para un hipocondríaco ser amigo de su médico? Yo creo que no, se me acaba el ataque antes, pero luego me siento un poco ridícula, cuando recobro la cordura y me doy cuenta de que no se puede terminar un correo diciendo:
-Y dime cuanto antes que no me voy a morir
Cuando me lo encontré al día siguiente en la máquina de café del centro de salud no sabía cómo mirarlo. Menos mal que me salva rapidito, en cuanto me cuenta una buena historia insistiendo en el “no me mires así, que es mía” me doy definitivamente por curada.
La hipocondría debe ser hereditaria, tengo un primo que dice
-Parece que me quiere doler la cabeza
Aunque no sea hereditaria crea sólidos vínculos, que se lo digan al experto Ezpeleta:
-¿Cómo te ha ido la semana?
-He invertido tres días en un cáncer de colón que me subía ya por los riñones
-¡Toma!, y sin adelgazar, ni perder el apetito, ni dejar de comer, ni nada
Edificios multibiográficos
Conocí a unos hermanos que inventaban vecinos. Me acordé de ellos esta semana. Siempre tenían, y a tiempo, un vecino para todo. Que ibas a viajar en tren, un vecino ferroviario jubilado que iba un fin de semana a Oviedo y otro a Tarragona, que era año de sequía -un zahorí, vecino nuestro, que con solo dos palitos encuentra cascadas en cualquier parte- En cuanto alguien decía, por ejemplo, porcelana, ellos se sacaban de la manga la historia de un vecino asesinado por el polvo del caolín, y si se hablaba de música contaban la extraña historia saxofonista del segundo. Por supuesto, sus vecinos habían padecido todas las enfermedades imaginables.
Lo raro es que vivían en un edificio bien pequeño, eran cuatro familias contándolos a ellos.
Mis vecinos misteriosos.
Son una pareja con dos niñas, normales con anomalías, como todos.
Conozco sus intimidades pero sólo un par de veces les he visto la cara a la madre y a la hija pequeña, no tengo ni idea de quiénes pueden ser el padre y la otra niña, pertenecen al otro portal, no deja de parecerme extraño, inquietante, conocer tanto su voz y sus costumbres y no poder imaginarme siquiera si tienen un aspecto saludable.


Algunos días me levanto con la sensación de tener una gran responsabilidad, con el peso de algún asunto indescifrable, y paso la mañana desasosegada, comprobando una y otra vez que no se me ha olvidado nada, convenciéndome de que ese enorme encargo, esa tarea tan importante, no existe.