calvo se queda el faisán
con los molinos del vino
los titanes se hundirán
Navaja de la tonsura
es el cero en la negrura
del relieve de la mar
Naipes en la arenera
Fija la noche entera
La eternidad
Y a fumar

He vuelto a acordarme, después de treinta y algún año, de aquella pista de autos de choque que durante el invierno metían en un pajar al que había que ir por obligación los domingos por la tarde, después del cine.
Había goteras y ahora me parece que siempre llovía, o por lo menos siguen nítidos en mi memoria los charcos de la pista, que me daban miedo porque imaginaba que nos íbamos a electrocutar. Daba tiempo para imaginarlo todo en aquel pajar animado, allí descubrí el aburrimiento, por eso no me extraña que esta imagen de la eternidad vuelva con tanta contundencia.
Me sigue dando pena casi todo lo que recuerdo de aquellas tardes; toda aquella gente con guantes y bufanda dando vueltas alrededor de la pista para no quedarse helada, las pollitas ateridas esperando que un príncipe azul las invitara a subir en su coche, que la primera certeza de que a un chico le gustabas fuera que te daba más de un golpe, que a mis primas no las dejaran hablar con chicos y a mí sí, y las fichas, gordas, a cinco pesetas, que de tanto uso ya no eran ni amarillas.
Pero ahí no terminaban mis desasosiegos, además me empeñé en que los dueños de los autos de choque sufrían mucho y eran muy pobres, tan pobres que no podían emprender el viaje. Pasé la infancia imaginando que dormían en la diminuta caravana desde la que vendían las fichas y sufría un montón cuando veía a la madre con el pelo desteñido, y la imaginaba desesperada por aquel sedentarismo tan anormal.
En mayo salían del pajar, el día del traslado todo eran ruidos de hierro. Yo aprovechaba el verano para mirar el pajar vacío.
Pasaron los años y seguían aquí. A los diecisiete o dieciocho me resultaban intolerables los ricardin. Todos aquellos decibelios enfrente de casa y la misma canción cien veces. No solo no se habían ido, no solo tenían casa de campo y mercedes, además no me dejaban ni oír el tren.


Walter Benjamin dice que es tiempo de plantar árboles hasta que se muere tu madre.
Contando con que la esperanza de vida en la época de Benjamin era más corta a veces tengo la impresión de llegar tarde. En todo caso me toca elegir, y aunque elegir siempre me pone nerviosa, cuando dudo decido enseguida que todas las propuestas me son indiferentes, en este caso es un placer cada titubeo.
Laurel
Sauce llorón
Castaño
Abedules
Jacaranda
Kiwis
Alcaparra
Algunos pinos
Tamarindos
-¿Y te vas a quedar aquí viendo crecer los arbolitos?
-Creo que sí
-Pues yo creo que yo no
-Ándate pues, alguien se tiene que quedar mirando como crece este tutti-fruti, complementarse es la vaina. En aquel rincón voy a poner árboles de fuego para que leamos con una sombra roja cuando seamos viejas.
- Acuérdate, se murieron los mandarinos y no tenemos lima.
la foto es del Soneto Ecológico, Gonzalo lo cuenta en Articulaciones


Tuve problemas intestinales el miércoles, el jueves por la mañana mi madre llamó temprano y dijo en este orden:
-No te asustes, no quiero decir que te vayas a morir, pero ya se han muerto tres de lo tuyo en Alemania
-¿Y qué es lo mío?
-Pues un atracón de pepino.
Y puede ser grave la hipocondría, pero también es precoz, folclórica, imaginativa, y hay que considerar que el entorno me ayuda. Tres horas después llegó un correo de Ester:
Y le contesté más o menos:
“aquí estoy, ocupadísima esperando una parálisis renal, tengo lo de los pepinos”
Ella a esas horas no tenía ni idea de qué se trataba, así que se quedó patidifusa.
Luego hablé con Inma, le estoy dando clase de lengua a Javi ¡pobres, qué abstractas torturas! No es que sea una profe chivata, pero tenía que contarle a la madre que por la mañana el niño, que tiene diecisiete años, me había dicho que no se quería aprender los acentos porque había oído que los iban a quitar.
Aproveché para contarle mi muerte inminente y la conversación discurrió como sigue:
-¡Porque matarte comiéndote un chuletón! pase ¡pero matarte comiéndote un pepino!
-¿Y cómo te lo comiste?
-Sopa de pepino, con yogourt, pimienta, menta, ajo y cebolla. El pepino rallado, que batido se queda muy líquido
-Te lo pregunto por cambiar de receta, que solo hago gazpacho, precisamente me apetecía gazpacho pero algo en mi cabeza me avisaba: ¡déjalo, Inma! Y concretamente sentí aversión hacia los pepinos. ¡Nunca os vais a creer que adivino el futuro!
-Lo tuyo son chollos de narcoléptica, que no estás ni despierta ni dormida y después todo te cuadra
-Por cierto ¡a mi madre le encantan los pepinos! ¿Se lo digo o no se lo digo?
Yo ya estaba como una rosa al día siguiente, pero hoy parece que me quiere doler la cabeza.
¡Qué belleza de bacterias! no sabía cuál elegir, ni sé:


