jueves, 5 de junio de 2014

Cuando hace falta me acuerdo de aquel día



 
Hollie Chastain


Vivíamos en la calle La Habana y después de comer alquilé un montón de películas en las que no pude concentrarme. Siempre hacía eso, acabo de volver a hacerlo, empecé cuando los vídeos eran una novedad tecnológica y sólo tenía el tío Marino. Aquella tarde reuní fuerzas para ir a urgencias. Me costó tanto que cuando veo desiertos recuerdo el descampado que me separaba del centro de salud. La noche anterior me había partido una ceja con la gafa atravesando un cristal y tenía la impresión de llevar muchos gatos agazapados en el estómago.

Cuál sería mi sorpresa cuando encontré a Elena haciendo una suplencia. Cuando éramos pequeñas Elena, Ana y Ana Bel eran de ciudad y venían a pasar los fines de semana al pueblo. Nunca he conocido ciudades tan deslumbrantes como las que imaginaba a través de aquellas tres chicas tan distintas a nosotras. Aquel día que nos encontramos en el Insalud del barrio de Jesús ya habían pasado muchos años, Elena estaba estudiando psiquiatría y yo era una librera recién casada.

Y alguien me lo hubiera contado después, seguro,cuando se popularizó la palabra depresión, aunque hubiera sido mucho mejor que me lo hubieran contado antes, lamento que no mejoraran mi infancia con unas dosis de serotonina. La cuestión es que todavía hoy considero que fue el día más importante de mi vida.

Desculpabilizarse es lo primero, me dijo la Benedí, y para eso quizá te sirva saber que tu caso es hereditario. Empezó a describir a esos parientes míos que se sientan a meditar en lo alto de las escaleras y a los que ella conocía bien, y sí, durante muchos años sólo la tía Carmen entendió aquel dolor insoportable. Luego tienes que asimilar otra cosa, siguió diciendo, es hereditario y es crónico, pero hay una buena noticia: no la vas a padecer porque vas a aprender a identificarla y le vas a parar los píes a tiempo.

Y gracias a Elena descubrí algo que casi nadie toma en cuenta, que la cabeza es un órgano más y que enferma, como todos. También aprendí a no identificarme con mis alteraciones químicas, eso es lo más difícil. Gracias a los inhibidores de la recaptación de la serotonina a tiempo mi vida no ha sido un absoluto desastre.

Nada me pone tan mala leche como la superficialidad de las bromas sobre el Prozac, bueno sí, la identificación de la locura con el genio.

Acabo de pararle los píes otra vez, después de treinta capítulos de a dos metros bajo tierra. (“No me puedo quedar a cenar, tengo que seguir con la serie” le dije el otro día a M Jesús, ¡seré pava!) después de llorar litros y litros durante semanas volveré a convertirme en una chica motivan, o como se llame ahora la vaina. Julio se me ha llevado a un concurso de microbreves a la radio esta tarde, luego he tenido clase y más tarde me ha llegado de algún sitio una caricia invisible. Mañana iré a ver a Rafa, mi médico, que me intentará disuadir pero me hará la receta. Y quizá hoy duerma.

P.D. Lo cuento tambien porque a todos nos ronda y creo que es más terrible para los que vivís desprevenidos. Ah, y  porque me gustaría muchísimo volver a ver a Elena para volver a darle las gracias.

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