
pienso en el calor que teje la palabra alrededor de su hueso, el sueño que se llama nosotros
Tristan Tzara
El cuadro es de Peter Pommerer


Marisa y Guillermo se han ido al molino. Me he acordado de aquella nota que encontré en una nevera: no hay nada más placentero que tener una casa para que tus amigos puedan ir a descansar. Ya esta. Ya la tengo. ¡Oh Molino!. Se han llevado cajas vacías para recoger fruta y yo me he quitado un peso raro de encima. Me duele en un sitio indeterminado cuando imagino la fruta pudriéndose. ( recuerdo de Chalatenango dónde siempre estaba o muy verde o muy madura y todos tenían, bueno teníamos, hambre)
Ya dije que Inés se iba y volvía. Y aquí está, como un huracán. Y casi he vuelto, leyéndola, a aquella manifestación de maestros en San Salvador, rodeados de militares apuntando desde el tejado del congreso. Y a las escuelas populares, y he visto a Clara, aquella chica de dieciséis años que dirigía una escuela con sensatez. Los maestros populares van a ser segurito la gente más hermosa que voy a conocer, los mejores conocedores de una clave importante, la de enseñarse en cadena y porque sí.
Leer a Inés me ha devuelto al impacto de los primeros días, hay que aprovechar muchísimo al principio. El pensamiento presocrático es tan importante porque es el del asombro, todos somos presocráticos cuando percibimos y pensamos algo por primera vez.


Me extrañó, pero había un cuervo en un balcón, a las ocho y media de la tarde, en la calle San Miguel, el centro de la ciudad. Se lo dije a Javier que inmediatamente se puso a preguntar, con esa voz, a la señora que estaba en balcón de al lado, que si había visto el cuervo que tenía allí mismo. La señora huyó despavorida. El cuervo no se movió ni un milímetro. Luego le conté que el cuervo era de escayola, pero estaba sobrecogido por la aparición y ese detalle no le interesaba. Claro, de todas maneras, es raro poner en el balcón un cuervo de escayola.
-¿Y tú por qué lo has visto?
-pues porque también soy escritora y veo a los cuervitos
-ya, pero, ¡si no escribes!
Y se puso a contarme que está asustado porque su médico nuevo tiene faltas de ortografía, y él siempre deposita su pedazo humanidad en un solo médico de confianza, como en el XIX.
-¡Y si confunde un adverbio con un verbo!¡que va a ser de mi!
El autor de ese cuervo se llama Thierry De Cordier
Vencredi, music, he estado sacándole información musical gélida e información musical francesa un buen rato a esa chica. ¡Le he dado una paliza!. Siempre está ahí, tenaz esa rubia, cálida sin derretirse nada, es la dama de hielo.
Sonia presenta Electra se quita el luto en Zaragoza.
Hay una contención, una sensualidad que es francesa. Tiene razón Sonia.
Ojala tuviera razón también mi padre.

Nadar cincuenta minutos seguidos cambia la configuración cerebral. Respirar acompasadamente conduce al trance. Sobre todo con el sol del medio día en invierno sacándole sombras, ya casi doradas, al Castellar que parece gritarme: despierta.
Nado casi debajo de un árbol al que por aquí llaman desmayo blanco (a saber cómo se llama). Lo estoy mirando crecer desde hace unos años. En verano me siento debajo. También miro mucho hacia una morera china, ¡me gustan las moreras chinas!, crecí debajo de una; les caen esos flequillos tupidos y parece que te quieren abrigar.
¡Por qué seremos tan crueles con lo agradecido que es el cuerpo!, me pregunto cuando subo paseando, es un rito pensar eso cruzando el puente de la acequia, por el molino, este otro molino al lado del que crecí y que ahora es la biblioteca.
Después de comer sardinas, mejillones y rucula he dejado otra vez de ser atea.
Y por aquello de no cometer actos menudos y perecederos me he puesto a leer a Lezama y me he parado aquí:
de Filosofía del clavel
Ah, que tú escapes en el instante
en el que habías alcanzado tu definición mejor.
Ah, mi amiga, que tú no quieras creer
las preguntas de esa estrella recién cortada,
que va mojando sus puntas en otra estrella enemiga.
Ah, si pudiera ser cierto que la hora del baño,
cuando en una misma agua discursiva
se bañan el inmóvil paisaje y los animales más finos:
antílopes, serpientes de pasos breves, de pasos evaporados,
parecen entre ensueños, sin ansias de levantar
los más extensos caballos y el agua más recordada.
Ah, mi amiga, si en el puro mármol de los adioses
hubieras dejado la estatua que nos podía acompañar,
pues el viento, el viento gracioso,
se extiende como un gato para dejarse definir.
Para terminar me he puesto a escribir esto, quizá sea la meta, por qué no, dejar que llegue este momento, y poder pensar, o sentir, o contar, o lo que sea, solo con los dedos
La imagen es de Graciela Iturbide y se titula Juego de manos.

