miércoles, 17 de enero de 2018

Mirta Rosenberg





Vas a verme
me ves
y no sé lo que verás.
Sea lo que sea,
más allá de lo que veas
siempre estoy yo además.

Sentarse y dejar entrar.






EL ARTE

El arte sería tocarte, un invento,
insignificante si el olvido lo demora. Lo siento
porque es ahora estallido de la rosa
presurosa del instante,
extraviada en el jardín

y devuelta por el sinfín
de las horas transcurridas: una... dos... tres...
Si te toco, ¿cómo es? Hay lo mucho de lo poco, digo
el beso, el exceso del miraje y... ¿puede ser, ahora sigo,
el encaje de tu aliento

en el reloj del oleaje? Atravieso
los celajes, el fervor, las profecías (¿el amor?
¿no será la porfía de la "máquina del dolor"?)
y llego acá: "El arte sería tocarte". Silencio. No
confundo confetti con maná

pero igual estoy perdida
entre viejas cartografías de la ruta de la seda
y la pasión como centro. ¡Ah corazón, me decía,
explícate como yo, que estoy adentro de un cuerpo
y sin embargo con vida!

jueves, 11 de enero de 2018

Vencredi de nuevo.



Estaba pensando en el montón de años que llevo acompañándome. 

Los ritos son para transgredirlos pero no se puede estar transgrediendo siempre, vaya sosada.
 Los viernes una canción y los sábados un poema, como siempre.
¿Va?



¿Cómo puede ser pitagórica una racionalista?









He leído mucho a Jung. Al final de sus memorias cuenta que cree en la reencarnación, pero no tiene  pruebas y, como es un maje científico, no quiere más que contar su experiencia, sin generar escuelas. Deduce de la visita en sueños de su padre, que le pregunta que si se ha descubierto algo para hacer menos absurdo y doloroso el matrimonio, que va a morir su madre y se van a reunir. Cuidado, lo escribió a los ochenta años y no era nada pendejo. También cuenta que tuvo en el año 44 un sueño deslumbrante, todos aquellos que le precedieron en preocupaciones, a partir de quienes investigó, le visitaron en sueños para preguntarle si había logrado algún dato nuevo. Jung cree que nos reencarnamos, pero que seguimos siendo igual de tontos.

He vuelto a leer a Jung porque he vuelto a soñar, tuve un sueño magnífico. Un ave de millones de colores llegó a mi mano y empezó a poner huevos, puso ocho, eran enormes, yo ya no podía con más pero vi que venían un montón de huevos pequeñitos detrás. Subí los huevos a su nido y se rompió el espacio-tiempo. De pronto eran indistingibles los recién nacidos de la madre.  Y todos eran bellos. 

Me sigue persiguiendo el número 44. Hace muchos años que me persigue. 4 y 4 son 8, el número perfecto, y hay días en los que las fijaciones consuelan. ¿Cómo puede ser pitagórica una racionalista? Se preguntaba siempre Valentina.

sábado, 30 de diciembre de 2017

Hoy no estoy triste pero me ha ganado la tarde Carlos Edmundo de Ory.






Triste estoy como un cajón vacío
El mutuo sueño de mis ojos rueda
Me acuesto en los valles a ver el tiempo
Agrando con mi cansancio el espacio

El sol todavía me persigue ¡oh dioses!
Sigo ciego y en mis manos mis manos pongo
Deseo conducirme a espaldas de la vida
como un cuerpo que al alma sus horas disminuye

Ven triste ve tú ven y ve solo
Sopla allá en el portal del infinito
La alborada metódica de la existencia sale
No encuentro puro territorio en nada

Un plagado único dolor perdido acude
a la desierta esfera blanca de los misterios
La sed santa la fe secreta roza el ánimo
¡Me asisten seres de fatales alas!

Ni voluntad ni empleo en el celeste fin
Sólo brillos comparten las altas apetencias
Triste sigo lo mismo que el hórreo
abandonado en la tormenta alada

Ven triste ve tú ven y ve solo.


domingo, 24 de diciembre de 2017

Obvio







Todos los animales saben lo que necesitan, excepto el hombre.

Plinio el Viejo

sábado, 23 de diciembre de 2017

La Madre





Vi de nuevo el rostro de mi madre.
Era una noche que parecía haber escindido
la noche del sueño.
La noche avanzaba o se detenía,
cuchilla que cercena o soplo huracanado,
pero el sueño no caminaba hacia su noche.
Sentía que todo pesaba hacia arriba,
allí hablabas, susurrabas casi,
para los oídos de un cangrejito,
ya sé, lo sé porque vi su sonrisa
que quería llegar
regalándome ese animalito,
para verlo caminar con gracias
o profundizarlo en una harina caliente.
La mazorca madura como un diente de niño,
en una gaveta con hormigas plateadas.
El símil de la gaveta como una culebra,
la del tamaño de un brazo, la que viruta
la lengua en su extension doblada, la de los relojes
viejos, la temible
y risible parlante.
Recorría los filos de la puerta,
para empezar a sentir, tapándome los ojos,
aunque lentamente me inmovilizaba,
que la parte restante pesaba más,
con la ligereza del peso de la lluvia
o las persianas del arpa.
En el patio asistían
la luna completa y los otros meteoros convidados.
Propicio era y mágico el itinerario de su costumbre.
Miraba la puerta,
pero el resto del cuerpo permanecía en lo restado,
como alguien que comienza a hablar,
que vuelve a reírse, pero como se pasea entre la puerta
y lo otro restante,
parece que se ha ido, pero entonces vuelve.
Lo restante es Dios tal vez,
menos yo tal vez,
tal vez el raspado solar
y en él a horcajadas el yo tal vez.
A mi lado el otro cuerpo,
al respirar, mantenía la visión
pegada a la roca de la vaciedad esférica.
Se fue reduciendo
a un metal volante con los bordes
asaltados por la brevedad de las llamas,
a la evaporación de una pequeña
taza de café matinal,
a un cabello.
José Lezama Lima

lunes, 18 de diciembre de 2017

Colina de Filopapo








Nunca estuvimos aquí.
La colina no te conoce.
Tu paso no quedó marcado
en ninguna pequeña subida
ni en las suaves bajadas
suena la risa de tu premura.
Tampoco estás inscrito
en las verdes palabras de amor:
en las hojas carnosas de los cactos.
Llenas están de pequeñas cuchilladas de nombres
que no llegan a profundidad
y cierran fácilmente,
Elsi – Dimitris
y flecha.
Y más nombres que pasaron
con una pena duradera.
En la mayoría
el guión de unión entre ellos
ya se ha encorado, se ha borrado.
Y se desconectó el entonces.
Soplan juramentos detrás de las matas
y piedras resbalan.
Amores que suben,
amores que deslizan.
La tarde siente
una apatía fragante
y todo lo que es tristeza
parece sosiego de follaje.
Los cuerpos de los perfumes
con pesadez abren y cierran sus alas,
con pesadez ignoran:
ninguno huele a desaparición.
¿Dónde estás?
Algo apena a las adelfas amargas
más que su nombre.
¿Dónde estás?
Pero nunca estuvimos aquí.
La colina no te conoce.
Pues me ahorro las asociaciones.
Y así puedo quedar
a la altura de una neutralidad contempladora
para gozar sin molestias
ese ocaso canalla.

Kiki Dimoula
Traducción Vicky Rouska

viernes, 15 de diciembre de 2017

Sueños y despertadores. Recuerdos y pesadillas.





Ahora tengo el despertador muy lejos. En la isla Reunión. En el  Océano Índico, al lado de Madagascar. Me despierta Isabel, estamos trabajando juntas. Isabel apareció en el 94, en San Salvador. Recuerdo con muchísima nitidez las tardes con Nora, Isabel y Blanca, la casa de Nora, un templo del buen periodismo con asientos de balancín, donde oí decir por primera vez “correo electrónico”.

Para tener salud mental es necesario mantener una relación de intimidad al menos con dos personas. Eso que leí en el periódico se ha convertido en un mandato. Antes de empezar el tajo Isabel me cuenta los sueños, y son tan potentes que buscamos fotos para ver si los paisajes se parecen. El otro día llegué a verla a su isla, fui con un niño que estaba enfermo pero no era una enfermedad evidente, nos preocupamos mucho por él y lo dejamos en un lugar para que lo sanaran. Estábamos de compras en San Denís, había alguien más, sería la Blanch de Vero, entramos en un comercio y salimos por la otra puerta  ¿A dónde? Al molino. Es hermoso que te vengan a la memoria los sueños de otro. De tanto oír los de Isabel yo también he empezado a soñar clarito. Vi a mi madre subida en una escalera con un pañuelo en la cabeza, pintando. Otro día mi padre hacía malabarismos conduciendo para sacarme de un camino intransitable. Ya decía Italo Calvino que los sueños son el mayor riesgo literario. Quizá porque son patrimonio de la oralidad, porque sólo pueden volver en voz alta.

Tantos años después y las mismas preocupaciones, antes de entrarle al tajo hay que hablar de lo Urgente…

-Y mira (….)

Honduras, La Ley de seguridad en México, los Mapuches, Argentina, El Salvador, Colombia, la vida no da para más. Este planeta es muy grande, nos pasamos unos cuantos artículos y nos sentimos pequeñitas.

Y pensar que creímos que esa postguerra salvadoreña era lo peor que podíamos vivir. Nadie podía imaginar entonces que en el laboratorio yankie estaban fabricando otra guerra, la de las maras, y que no les iban a dar una  tregua para respirar.

-Y mira (…)

Isabel con su acento guanaquito mezclado con palabras francesas que me abre otras espuertas del decir.

Y concluimos que sí, que vivimos en una época bien chida, mejor dicho enchida, de esperanza, en San Salvador, en Chalatenango, en Sisiguayo, en La Libertad. Y yo recuerdo que me pareció al principio una broma, una viñeta de comic ese nombre, Salvatrucha.


Están explorando diferentes técnicas de exterminio en cada país de América Latina. Todo es mucho peor que en los ochenta, y sobre todo mucho más difícil de imaginar. Esa es una de las armas más potentes, que la suma de atrocidades sea tan inabarcable, tan difícil de narrar, como una pesadilla, como el peor de los sueños.

A pesar de que en Reunión hace mucho calor Isabel no puede ir a nadar, la rodean tiburones. Me cuenta. Luego nos ponemos a escribir preguntas sobre la salud el dinero y el amor. 

martes, 12 de diciembre de 2017

Esperanza





Matt Wisniewski

Como quiero ser libre
me río de las nobles elegancias,
me remango la blusa,
La pasta de la poesía fermenta...
Qué tristeza
no poder cocer catedrales...
La altura de las formas:
diana de mis esfuerzos.
Hija de tu tiempo:
¿No tiene tu espíritu su propia corteza?
Antes de morir he de cocer
una catedral.


Edith Södergran


viernes, 8 de diciembre de 2017

De vuelta a la ribera.





Los jóvenes son tontos para recordarnos lo tontos que fuimos, el disfrute que nos proporcionaba cualquier obviedad.

Los viejos son obvios ininterrumpidamente, y sin embargo nada desvelan.

Los de mediana edad estamos perplejos entre esas dos insistencias.



P.d, El I-ching recomendó que siguiera a un sabio y me fui con Max Aub a jugar a la gallina ciega.
Nada nos unía salvo el trayecto México-España, pero el espacio, la dirección, acercan. Y las coincidencias también existen.