
De El arte de narrar, Juan José Saer, editorial Visor

De El arte de narrar, Juan José Saer, editorial Visor
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No sé si íbamos a jugar al almacén de mármol o sólo a escondernos. No había vallas, ningún gigante hubiera podido robar tantas toneladas, y a nadie le molestaba que un par de adolescentes pasaran el atardecer entre piedras más altas que ellos, vagando cada uno por su lado.
Había mármol negro, rosa, blanco, verdoso y con aguas amarillas, había granito y unas montañas de lascas azules que fingían desprenderse como un hojaldre de papel. A mi me gustaban más las piedras de mármol rojo, llevaban tantos años apoyadas en la orilla de la acequia que aquel rincón parecía una Pompeya provisional rodeada de juncos.
Era una explanada grande, desordenada, ruidosa: los bloques chillaban como si les dolieran las vetas cuando les hundían la sierra, se quejaban como si no quisieran volverse suelos, balaustradas y mosaicos. Y se disgregaban llenando el aire de polvo y el suelo de escalla y ripio.
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Actuamos como si pudiéramos conjurar lo imprevisto haciendo listas en las que siempre se olvida incluir a las pesadillas que, despechadas, aprovechan para desarrollarse los nutrientes que encuentran en la enumeración de la que fueron excluidas. Así se van convirtiendo en una plaga; sin antídoto
La de esta madrugada no se diluía ni con agua helada, ni con paseos por el largo pasillo, ni con cigarrillos adobados, se obstinaba en ser reconstruida para ser recordada, era una de esas pesadillas que se dan importancia.
¡Lo que no puede pretender es que la cuente!
La imagen es de Antoni Miralda-en-Venta-2009020905235857.jpg)

que se abaten sobre la cabeza
Dice Tania Montenegro en uno de los textos del libro "Aquí, junto al agua" de Rafael Trobat.
Es rico encontrarse por aquí a las muchachas. Cuándo ha saltado esta mañana LaTania en la pantalla la nostalgia se me ha convertido en ferocidad y, al chile, me he puesto a preparar un ceviche. He picado la cebolla, el tomate y el cilantro menudísimo, picar menudo se parece a dormir, como si entre el cuchillo y la atención pudieran poner en marcha otra sinapsis: primero ha pasado por delante una sandía.
Y luego muchos tamales, barcos varados, cazuelas de casamiento, lanchas heladas, la jaula de la guardería con Tania, Mara y Jessica durmiendo dentro, el terror que le producian a la Ñata las cucarachas, los autobuses abarrotados; el día que me dormí en los brazos de una negra con rulos que me tapó con su manta blanca, camino a Blufields. La pasadera de gente en la casa, los cafetines delante de la universidad, las expediciones para comprar los cigarros de cuatro en cuatro.
La foto estaba en mi armario, se quedaría dentro de un libro en algún traslado, de Mara no es porque es la que está detrás, quizá sea de Rafa, del autor de este libro recomendabilísimo.

Reconforta, resta urgencia, estar por allí mientras muda el paisaje, notar que desde antesdeayer han enrojecido y huelen hasta el camino los melocotones, espiar como se va volviendo una flor calabaza y encontrarnos, los últimos días, con muchos más horizontes, ¿amarillos? ¿dorados? ¿cubistas? ¿dodecafónicos?: acaban de segar el trigo.
Ya no fiamos el desayuno a los caprichos de esos higos dulces que vienen a la mano –sabrán mejor mañana- decíamos, y por culpa de ese abracadabra al día siguiente habían desaparecido. Emma puso ayer en marcha el otro plan: pegamos dos cañas y una lata con esparadrapo y pescamos los mejores higos de las alturas.
Nos fumamos el primer cigarro en el espigón, llegamos pasando agachadas por debajo del tamariz, que en estas fechas es una puntilla polvorienta. Ayer tocaba reírse, por fin, de la inmortalidad borrajas. Al tío Manolo, que tiene ochenta, le cayó encima una paca de paja de trescientos kilos la semana pasada y, después de tanto susto, resulta que no le rompió ni una costilla.
Está creciendo el maíz, que aquí se llama panizo, y para llegar a los bancos de la orilla atravesamos un laberinto verde, una muralla que crece con bigote. Dice la tía Emma que el panizo tiene bigotes- y es que pasó la infancia disfrazada con pelo de pinochera-explica mi madre, que representa la facción cosmopolita y racionalista del equipo.