lunes, 25 de junio de 2007

Redes




Entre mis fantasías está la de organizar una quedada con los espectadores que ven Redes. Ahora ya lo ponen a las 3 de la mañana, pero seguro que unos pocos aguantamos. Claro, se puede grabar, pero no da tanto morbo como verlo en directo:

-Papa ¿viste redes ayer?, rectificó ¿has visto redes hoy?
-si
-¿Y qué?
-Pues nada, lo que ya sabemos pero con más avances, estuvieron hablando de la sinapsis. Por lo visto saben exactamente que pasa y porque pasa químicamente lo que pasa, y hasta donde pasa, por ejemplo los obsesivos compulsivos trabajan en una zona cercana al hipotálamo, parece que te pones a trabajar con una zona del cerebro, eso es tanto físico como actitudinal, y ya ni se te ocurre utilizar otra.
-ahhhhhhh
-Tambien contaron el caso de un pianista, le faltaba una conexión con el dedo índice, su dedo no aparecía en el electro, estaban los demás pero el índice no, y no podía utilizar ese dedo. ¿Qué fue antes el huevo o la gallina?, ¿de dónde desapareció el dedo antes?. Después de mucho esfuerzo logró domesticar el dedo, y el dedo reapareció en el escaner, parece que la voluntad y las terapias conductistas funcionan, pero era una lucecita débil lo que aparecía por mucho que el otro se esforzará, la memoria de su dedo se había perdido, tremenda la historia, un dedo que ha desaparecido pero que sigue ahí...

Dice Matías todo serio, no en vano, a pesar de no tener formación científica, conoce perfectamente los síntomas de una mala sinapsis o de una carencia de serotonina.

Ver Redes en directo tiene otras ventajas añadidas, mi imaginación se dispara cuando veo los gráficos de actividad eléctrica de un cerebro, pero entonces pasa el camión de la basura, que da dos vueltas a la plaza, como los buenos toreros, y me quedo sin el texto.

El grifo de la serotonina se queda abierto durante la noche y eso tiene efectos euforizantes estupendos para la depresión, hay depresiones severas que se tratan provocando insomnios severos. Redes es, sin lugar a dudas, un programa de interés público y está bien que lo pongan tan tarde. Si alguien a esas horas sigue teniendo ganas de averiguar lo que le pasa es imprescindible que la cruda descripción científica lo pille de buen humor.

Hace poco un amigo nos contaba un congreso al que había asistido, tiene buena memoria así que fue resumiendo ponencia por ponencia las que le habían parecido interesantes:

-Entonces le toco a Punset y habló y habló pero ninguno entendimos nada.

Dijo.

A mi me apetece ver el espectáculo, que imagino impresionante, cuando los literatos y los de la tendencia biologista del comportamiento se vean las caras. Hace años que me froto las manos, van a salir de ese encuentro un buen montón de historias y de preguntas. No hay más que leer a Oliver Saks.


el dibujo es de Picabia.

jueves, 21 de junio de 2007

¿Y las ínfulas gracianescas?¿y el color?







Vienen raudas dos ideas para intentar justificarme, esto de tanto escribir por escribir no me deja muy buen cuerpo:

-Un amigo me dijo que el año que se divorcio escribió más de doscientos cuentos. Catorce de ellos náufragos y buenísimos.

-A Carlos, que siempre me preguntaba por qué no escribía, le contestaba tambien siempre lo mismo: porque te lo cuento.

La mujer sin atributos tampoco habla con exactitud, dice más de lo que esta dispuesta a tomar bajo su responsabilidad




















Leo todos los días a mis alumnos y a otros, que han publicado en tapa dura pero no escriben ni mejor ni peor que ellos. Voy a cócteles y cenas de famosos y luego salgo con mis compañeros gasolineros, que dicen siempre mucho más que nuestros autores.
Recuerdo que me quedé varada cuatro días en Miami: comía con ejecutivos y tomaba café con una nicaragüense, Tania, a la que conocí porque me limpiaba la habitación. Puede ser que el continuo sube y baja me haya aturdido. En todo caso he llegado a tener algunos conceptos claros.

-Cuanto más especiales nos sentimos, más vulgares somos. (Es directamente proporcional, matemático, y la trampa siempre campa)
-Soy clasista, de clase baja, por supuesto, esto es una gran tomadura de pelo.
-Ser voyeur no es un mérito. Es una estrategia de supervivencia.
´
Sigo estando en el mismo punto en el que estaba,
lo decía el camarada Ulrich. Pero es que últimamente tengo mucho miedo de la autocensura, del silencio, y además echo de menos a Haro Tecglen.

La imagen es de Gilbert Garcin, un gran jubilado francés.

miércoles, 20 de junio de 2007

Culpable de culpabilidad




Generalmente escribir aquí me sienta bien, me permite zambullirme en cualquier cosa.

Pero con frecuencia lo que me apetece es anotar lo que se me ha puesto delante y me parece urgente, al modo de los diarios de Musil que ayer estuve ojeando:

-¿Sólo mi madre y yo estamos horrorizadas con lo que están haciendo en Palestina?, ¿nadie se acuerda de lo que pasó en Argelia?. Estos días he visto a mucha gente y nadie ha mencionado el tema. Nada parece ir con nadie, todo se despacha con frases generales que permiten que el horror se perpetúe ("¡qué vienen los musulmanes!" es ya el título de un tema para las fiestas. Pero también esta el mercado de los solidarios que viajan a la Mucata, y es chachi, y sobre todo es rentable). ¡Qué mala leche se me pone!.

-Acabo de leer Viajes por el Scriptorium, he encontrado El país de las últimas cosas y voy a releerlo, me gustó mucho, ¿se podrá calcular el deterioro?¿hay tanta paja como me parece en este?¿es todo paja?. Ya me contó Irene que se había aburrido un montón reseñándolo.

-Noche sublime, he vuelto a ver "Fresas Salvajes", ¡qué guión!. Una de las sensaciones más placenteras es estar leyendo y tener ya ganas de releer, eso también me pasa con algunas películas, sé que están llenas de sentidos con los que tendré que reencontrarme. Esa escena en que vuelve de anciano a examinarse y no solo lo suspenden, sino que lo condenan: Culpable de culpabilidad, es el cargo.

martes, 19 de junio de 2007

Rafael Cid o los sanadores que escriben.




Hace tiempo que me apetece hablar de Rafa, o pensar con los dedos en Rafa, ahora tengo una coartada, enlazar su blog: Camino hacia la nada. Rafa es mi médico de cabecera. Pertenece a una reputada saga, la de los de médicos que escriben. No hay una línea nítida entre ver, hablar, vivir, leer, pensar, pasear, sentir o tomar café para Rafa, todo lo teje, y te va describiendo el dibujo con asombro. Y el asombro, que duda cabe, es buen abono para el sentido.

Acostumbrado a empatizar con tantos no necesita malabarismos para salir de sí. A veces te da noticias impresionantes: un buen día logra ver a su mujer, o a sus hijos, o al propio Rafael Cid, o su oficio desde otra esquina, y como si diera una nueva puntada que cambia hasta la urdimbre, lo cuenta, con la misma energía que si si hubiera ido a otro continente y tuviera que resumir muchas impresiones en un telegrama, siempre tengo la impresión de que viaja y viaja continuamente..

Rafa fue médico de un pueblo en Teruel durante muchos años, fui a comer y conocí a Marian, su mujer, cercana, alegre, inteligente, y a sus hijos, adolescentes inquietos pero melómanos, acababan de irse a vivir a Zaragoza los cuatro, estaban negociando pros y contras, unos alababan la corte, otros la aldea, y a ratos se cambiaban los papeles. Me sentí en el paraíso en aquella casa con jardines y terrazas que llegaban a un río, mientras sonaba un poco, bajito, un violín.

Rafa también es un internatura perdido desde hace muchos años. Sabe todos los secretos sobre formatos de vídeo, bases de datos, buscadores, intranets, y tiene todos los programas. A veces le dejó notas extrañas en admisión, en lugar de “necesito tepazepan” recuerdo que puse un día “S.O.S. necesito urgente Dreamweawer 5.0, hazme una perdida cuando salgas”. Otro día se vino a casa con todas las armas, era un domingo a las doce de la noche y Blanca y yo nos estábamos volviendo locas con el formato de unas entrevistas.

Cuando voy a su consulta, hace tiempo con el ánimo por el suelo, ahora con algún dolorcillo menudo, primero le da la vuelta a mi cabeza, para eliminar la posibilidad de una hipocondría, y luego le presta mucha, mucha atención al trocito que me duele, pero poco rato, siempre me ve sana.

-¿Rafa tengo fiebre?; tener tanto calor no es normal.
-Bueno pero tampoco es fiebre, tienes unos grados de más, eso es todo, te acostumbras y listo

Y luego me habla de un poema de Borges, o de la brevedad, o del gesto de un paciente, o de una abstracción, o de la vejez, y lanza tres, cuatro imágenes muy concretas, justo las que necesitaba para salir en perfectas condiciones de la consulta. Con tiempo para pensar por dónde seguir la conversación luego, cuando salga a las tres y media o las cuatro y él se tome el vermut y yo un café.

Y con esto empiezo una galería de retratos que me apetece escribir, los de los amigos que me llevan a pasear entre olivos, los que después de comer me llevan a buscar trilobites.

lunes, 18 de junio de 2007

Un homenaje a Clarisse, que intentó aprehender a Mosburguer



Desde que le vi la cara al monstruo, ahora ya lo llamamos familiarmente Mister Hide, han pasado muchas cosas. Se me disputaron la urgencia y la parálisis. Durante años las otras caras se difuminaban sin previo aviso, y se me cristalizaron las sensaciones, en lugar de cosquillas tenía agujetas.

Su cara desfigurada, irreconocible, ni siquiera la de otro, más bien la cara de nadie, era imborrable. Después de verla sólo pude rezar: "no es posible, no es posible, no es posible...", y de la incredulidad pase al espanto, pero confieso que me asomé para volver a ver esa cara una y otra vez, nunca fui capaz de cerrar los ojos. Me arrastraba aquella voz, que además era la mía, diciendo siempre lo mismo: "no es posible, no es posible, no es posible".

-Lo que se teme se provoca y uno se vuelve loco cuando ya no puede comunicarse.

Explicaba al día siguiente el doctor Jekyll, y yo creía a pies juntillas su diagnóstico.

jueves, 14 de junio de 2007

El miedo, los patos, los pavos y el marisco




El día que más miedo he pasado en mi vida tuve miedo a posteriori. Fue el 31 de diciembre de 1985. Yo tenía un R-7 y veníamos de la pescadería. Íbamos en el coche mi madre, mi tía Aurora y yo, y aparqué un momento porque algo había que pasar a recoger en la tienda del tío Marino.

En aquella época cenábamos todos juntos y yo me lo pasaba muy bien, desde pequeña me gustó cocinar y además, ¿quién no disfruta de la abundancia cuando es inusual y desenfrenada?. Recuerdo que las ensaladas se preparaban en baldes gigantes, y había pozales llenos de caldos, y de pronto llegaba la tía Emma y decía:

-¿Cuántos pavos hay?, catorce, con catorce pavos no tenemos ni para empezar, ¿no conocéis a mis hijos?.
.
Mi madre tiene ocho hermanos, con los consortes 16, a una media de dos hijos otros 16, y ya llevamos 32, pero los Peña son cuatro, además estaban los amigos, creo que aquel año había venido Franco, ese amigo italiano tan feliniano, que tenía un hijo tan guapo y tan sinvergüenza, Miguel, y su mujer, tan graciosa, tan hermosa y tan triste como la Cabiria nos parecía Adriana, y estaban los abuelos y los vecinos, y los doscientos mil amigos que entre todos invitábamos a tomar café.

Un día, cansados de recibir, esta cuadrilla tuvo una idea brillante para rentabilizar tantas capacidades sociales: cogieron en traspaso el bar de debajo de casa, así las cosas cuando yo tenía 21 o 22 mi madre se volvió tabernera, y ahora me rio, pero entonces estuve traumatizada unos días. Nos turnábamos diez detrás de la barra: Arsenia, Matías, Emma, Jacinto, yo, David, Javi, Mapi, Miguel y Elena en orden de edad. ¡Qué fauna!. De esa época me viene la manía de llamar a mis padres por el nombre de pila, supongo. Matías nos hacía unos horarios bien estrictos. A los seis nos habian criado juntos, arriba judías, abajo macarrones, gritaban, un poco a la italiana, nuestras madres por la escalera: ¡qué cruz!, ahora que me doy cuenta, no me relajaré nunca del todo, yo era la mayor. Y mi padre y la tía Emma eran los intelectuales, los que jugaban al ajedrez y conocían los nombres de todos los ministros, y mi abuela Raimunda venía todas las tardes para hacer arroz con leche y zurcir los calcetines.

Total, que con catorce pavos no llegaba. ¿O fue aquella la noche vieja en la que se nos escaparon los patos?. Habría por lo menos una docena. Los dejamos en el corral de Emma y detrás de la casa hay humedales. Pasamos la tarde metidos por las acequias buscando la cena y solo rescatamos tres.

Ahora ya no, no sé por qué no, tengo que intentarlo, saldré este fin de semana que son fiestas, quizá, pero entonces lo más divertido del mundo era salir con mis primos, los amigos nos esperaban como agua de mayo. No sé si fue aquella noche, pero es memorable el día en que Sandra se subió a un mostrador en un bar de Garrapinillos y se quitó un calcetín, es el striptis más rentable al que he asistido, bebimos gratis todos durante toda la noche. Y es que esa Sandra, ¡pues no se caso en noche vieja la pendeja de Sandra!.

A lo que iba, aparqué mal, en el lado que no debía, y le pregunté a Aurora si bajaba o no, y dijo primero que no, pero luego bajo, lo vi a través del escaparate de la mercería, cuando sacaba el pié Aurora el coche voló por los aires y la avenida se cubrio con un manto de almejas, cigalas, mejillones, gambas, percebes, sepias, calamares

miércoles, 13 de junio de 2007

Feria del Libro 2007

Tatiana y la mujer sin atributos conversan sobre el miedo e intentan clasificarlo.





La intimidad es mucho más que la confesión de unas cuantas anécdotas biográficas, de eso no cabe duda, y mi intimidad con Tatiana es enorme; desde hace unas semanas abordamos cualquier tema, por cósmico que sea, sin prolegómenos. Unos cinco o seis años nos ha costado volver a vernos físicamente a Tatiana y a mi desde que nos conocimos en Ámsterdam, y las dos sabíamos, perteneciendo a la misma extraña familia, que no iba a ser en balde la espera.

Paseábamos el domingo desde el retiro hasta esa comida, que no en vano Ababol pondera, y hablamos de un gran tema: el miedo.

Tatiana, capaz de enamorarse sin cálculos y sin quitarse el chaleco antibalas en Irak, también tiene miedos. Sobre todo, me dice, tiene miedo de los miedos, claro, y lo que más creo que teme es el miedo de los otros, el que los paraliza, ella también tiene de ese y lo entiende aunque lo combate:

-El que impide transformarse.

Entonces nos ponemos a clasificar:

-Se llama insomnio al miedo a no dormir
-El miedo al fracaso siempre nos hace fracasar, de eso no hay duda
-El miedo a perder a quien tenemos más cerca nos convierte en "esclavos azules",
-El miedo a perder bienes y estabilidad nos ata a dinteles, sofas y cazuelas...
-Y esta el miedo a irse, y el miedo a quedarse.
-Y el terrible miedo al otro, ese que empieza con un hongo llamado desconfianza.

Después nos reímos porque llamo a Blanca, que esta en train de comerse unos percebes, y me cuenta que nuestro gran Rene se ha traído una Zodiac para el Molino, y después nos cuenta Tati que ya ha mandado los planos para el barco.

-Rene siempre hace lo que dice que va a hacer

Y concluimos, solo con una mirada, que no debemos asustarnos, tenemos muchos antídotos contra el miedo.

Luego, ya en el restaurante chino le digo:

-¡Que nombre tan bonito tienes Tatiana!. Me encanta tener amigos con nombres rusos, cuando os nombro la conversación parece aromatizada por Chejov y Dostoyevski, ¿te he contado que tengo una amigo que se llama Vladimir Baisa?.

También tuve un gran amigo chino-nicaragüense que se llama Arturo Chou, recuerdo cuando nos traen los rollitos de primavera y comienza el mano a mano Nacho-Joaquín. Y se nos va el miedo con la buena suerte.

Más coincidencias, durante la tarde también se hablo del miedo: Cronicas de Tedia

lunes, 11 de junio de 2007

La lectura y sus alternativas






Dame la mano
¿Qué mano?

J.E Cirlot


No sé dónde tenía la cabeza en aquel momento, las manos las tenía aupando tres cervezas y la mirada en aquella mujer oronda, luminosa y sonriente que no se parecía en nada al resto de los visitantes de la feria del libro. Estaba a punto de pensar que se había escapado de uno de los ejemplares que vendían en la caseta de enfrente, solo a punto, cuando la obedecí antes de entenderla:

-Espera, deja eso, dame la mano.

Y yo se la extendí lista para un apretón. Cuando me quise dar cuenta, aun en el aire, le había dado la vuelta y se puso a leer. Nada que objetar, para leer habíamos ido todos allí, y hace tiempo que está claro que no importa el soporte.

Además a mi siempre me han gustado los gitanos, no tuve fuerzas para interrumpirla:

-No hables de toros ni de gitanos

Me advertía Roberto antes de las cenas con nuestros amigos finos.

La lectura se dividió en cuatro vaticinios precedidos por una evidencia. Era exacta, yo ya la conocía y no me sorprendió demasiado que ella también. Entre las adivinaciones había una en presente que también demostraba que no era pequeña la diana, no me afectaba mucho, acertó incluso con el nombre de la protagonista, pero se excedía, lo hizo compuesto y fue una osadía fallida, era un nombre simple. Siguió una certeza por su parte, casi infalible, sobre un deseo que para mi todavía no ha tomado forma y para ella ya tenía desenlace. Luego me dijo que tendría una hija hermosísima, y yo pensé: esta mujer es mala calculando edades, y terminó, como todas, diciendo que sería muy feliz: no me extraña, con este rictus sonriente termino por ser sospechosa.

Me pidió cinco euros, y eso sí me sorprendió, debería haber adivinado que a mi lo que de verdad me gusta es regatear. Me mantuve firme, seguí el protocolo sutil del regateo (lo cuenta muy bien Elias Canetti) y le di dos cincuenta. No se quedo insatisfecha,me regalo medio ramo de romero que todavía llevo en el bolso. Recogí las tres cervezas y nos despedimos.

No sé de qué hablaban Carmen y Tatiana porque volví a tener uno de mis ataques probabilísticos:

-Imagínate -me decía a la oreja alguien que seguro que es una mujer sin atributos-que en lugar de libreros en las casetas hubiese gitanas, y en lugar de venir a buscar lectura viniésemos a que nos leyeran. También habría entonces gitanas con más éxito, esas preverían lo que el público prefiere: riquezas, familias felices, niñas hermosas, curaciones, éxitos. Se arruinarían las más profesionales, las verdaderamente intuitivas, porque a todos nos gusta el realismo sucio pero lejos del propio pellejo. Y también existirían los equivalentes al erudito, que se harían leer las manos en todas las casetas, tomarían notas, dibujarían estadísticas, y anotarían digresiones sobre todas sus biografías probables, quizá hasta decidieran su vida por el futuro que más les habían repetido.

Ya me había ido del todo a esa nueva modalidad de industria lectora, hasta estaba preguntándome si habría precio único y cuales serían los porcentajes: ¿sustituirían a los distribuidores los patriarcas con bastón?¿pellizcarían también el 40% de lo que dieran de sí aquellas líneas? ¿Habría premio a la mano del año?¿Se diseñarían logotipos para los anillos del poder? ¿Las manos premiadas reaccionarían con una displicencia calculada hacia cualquier otra mano?¿Temblarían las manos de editas y de inéditas?.

En esos galimatías sobre manos estaba cuando reapareció la lectora que hablaba calo. Yo seguía sin saber qué hablaban Tatiana y Madam Gusanillo, pero me desperté: ambas quisieron romero, sonrieron y escondieron las manos.

¡Ahora que digo romero!. Se acerca la fecha, el viernes, como todos los años, llegará a casa un ramo de lavanda gigante, ¡se tiene de pié!, ese olor todo lo penetra en mi vida hasta el fin del verano, es un ramo tan grande que parece una escultura, es siempre igual desde hace, ¡buf!, ¿cuántos años?